
El 21 de noviembre de 1973 quedó marcado como uno de los días más tristes del deporte internacional. No fue la primera ni la última vez que la política se involucró en un campo de juego para empantanar situaciones aberrantes con la cortina que puede aportar la pasión por la pelota. Tal vez los casos más recordados fueron los que aplicó Benito Mussolini en el Mundial de 1934, Adolf Hitler en los Juegos Olímpicos de 1936 o la Dictadura Militar Argentina en la Copa del Mundo de 1978. Sin embargo, el insólito hecho que ocurrió en Chile quedó impregnado por la ridícula iniciativa que impulsó Augusto Pinochet en el repechaje que debían jugar la selección andina y la Unión Soviética.
Como La Roja solo había integrado el Grupo 3 de la eliminatoria de la Conmebol con Perú (por el retiro de Venezuela) y la escuadra europea había quedado como líder de la Zona 9 de la UEFA ante Francia e Irlanda, los aspirantes a participar de la edición organizada por Alemania en 1974 debían dirimir su clasificación con una repesca a doble partido.
Como la FIFA no contempló el Golpe de Estado que se vivió en la región sudamericana el 11 de septiembre de 1973, la entidad mantuvo las fechas de los compromisos; y para el primer encuentro (organizado para el 26 de ese mes) el líder militar Augusto Pinochet decretó la prohibición para todos los habitantes a salir de su país. Los únicos que viajaron a Moscú fueron los jugadores, dado que el dictador intentó brindar una buena imagen internacional en tierras en donde era considerado un enemigo, ya que el gobierno de la Unión Soviética era aliado de Salvador Allende, el presidente al que había derrocado, y no reconocía a las Fuerzas Armadas de Chile como nuevo gobierno de facto.
Con las relaciones diplomáticas destruidas, el duelo se disputó bajo un clima tenso: las autoridades soviéticas no permitieron el ingreso al estadio Central Lenin a periodistas y fotógrafos. Tampoco estaba permitido el uso de cámaras de foto y video; y los rumores que se instalaron sobre las posibles detenciones de futbolistas chilenos a cambio de la libertad de presos políticos generaron que el choque corriera el riesgo de la suspensión. Sin embargo, 60.000 personas fueron testigos del 0 a 0 que arrojó el encuentro.
“Recuerdo que en Moscú se me acercó un estudiante chileno de la Universidad Lumumba, que era hijo de un militante comunista. Le dije que se olvidara de volver a Chile, porque cualquier tinte rojo iba a ser un peligro para su integridad”, recordó tiempo más tarde Leonardo Véliz, delantero de aquel elenco que visitó las tierras socialistas.
Otro protagonista de ese episodio fue el capitán Francisco Valdés, quien en su regreso debió intervenir ante el propio Pinochet para rescatar de un centro de detención clandestino a su colega Hugo Lepe, primer presidente del Sindicato de Futbolistas Profesionales considerado como un “activista peligroso”.
Para la revancha, en cambio, la Unión Soviética se negó a viajar a un lugar en donde se cometían crímenes de Estado, se violaban los derechos humanos. Los reclamos para llevar el partido a un escenario neutral fueron ignorados por la FIFA; sobre todo por el polémico informe que realizó una Comisión Investigadora de la entidad en el estadio Nacional de Santiago, en el que se confirmó que “se podía jugar”, a pesar de ser uno de los principales centros clandestinos de detención y tortura a presos políticos.
Como lo explicó en más de una ocasión Gregorio Mena Barrales, ex gobernador de Puente Alto que sufrió el cautiverio en el recinto deportivo, “los enviados de la FIFA sólo recorrieron el campo de juego y no advirtieron la presencia de los más de 7.000 detenidos en las celdas improvisadas”.
Así, el día que debió disputarse la revancha de la repesca, los reclusos fueron enviados a otro centro en el desierto de Atacama y los jugadores se vieron obligados a salir a la cancha para simular uno de los actos más tristes de la historia: con 15.000 espectadores en las tribunas (algunas teorías aseguran que eran familiares de los desaparecidos que buscaban a sus seres queridos), los futbolistas iniciaron el insólito partido sin sus rivales.
Los 30 segundos que duró el monólogo arrojó la muestra que tuvo el poder político para utilizar al deporte a su favor. El único gol lo marcó el capitán Francisco Valdés y Chile celebró su boleto mundialista, aunque su estadía en la Copa del Mundo duró poco: la derrota con Alemania Federal (1-0) y los empates con Alemania Democrática (1-1) y Australia (0-0) provocaron la eliminación en la primera fase del elenco andino.
Años más tarde, algunos miembros del combinado soviético que no se presentó en Santiago, manifestaron que es posible que su gobierno “no quería perder ante un país con una ideología política diferente” y que en su lugar obtuvieron “una victoria moral ante los ojos del mundo”. Lo llamativo fue que la Unión Soviética nunca había rechazado un compromiso oficial, sin importar la doctrina del país rival. Además, a partir de ese momento la URSS inició su declive futbolístico al no 1978, ni a las ediciones de la Eurocopa de 1976 y 1980.
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