Es la tarde en la que hubo dos velatorios simultáneos en la Argentina. Uno, el de Diego Armando Maradona, el futbolista más amado por estas tierras. El otro, el de un país que se desangra en violencia y que no puede siquiera despedir a un ídolo en paz. Y, en el medio, una organización fallida, un operativo policial que se desmadra y muchos barras, como siempre, sacando tajada de una situación que debía ser una fiesta popular para decirle a Diego gracias por todo con alegría, y terminó en un bochorno.
Vale subrayar que el operativo fue coordinado por Nación y Ciudad de Buenos Aires. Sí, igual que el del Superclásico por la segunda final de la Copa Libertadores 2018, que derivó en la agresión al micro de Boca y en la suspensión del duelo, que terminó mudándose a Madrid.
La tensión había comenzado por la madrugada, cuando La Doce copó la Plaza de Mayo para hacer su show que tuvo su punto culminante cuando Rafael Di Zeo y tres acólitos ingresaron a la ceremonia íntima, autorizados por la familia. Cierto, Di Zeo era amigo de Maradona en uno de esos tantos claroscuros del ídolo, y el Diez hasta fue a su casamiento e hizo el trencito en el carnaval carioca aún cuando el jefe de la barra ya tenía una condena a cuatro años y medio de prisión a la que por entonces le faltaba la confirmación de Casación. La imagen de Di Zeo fue fuerte, porque tiene prohibido, por ejemplo, ingresar a los estadios y espera juicio en dos causas diferentes, una por su presunta participación en dos crímenes en la interna de la barra. Si el Gobierno hubiese querido, no entraba y en todo caso tendría un lugar en el cementerio privado al lado de la familia de Maradona. Pero esto es Argentina.
Y tan Argentina es que al mediodía comenzaron a llegar los barras. De San Miguel, de Los Andes, de Almirante Brown, la Guardia Imperial de Racing y muy organizada, la de Gimnasia Esgrima de La Plata. Las de los equipos del ascenso tuvieron participación en las situaciones que se vivieron dentro de la Casa de Gobierno, en el Patio de las Palmeras. De hecho, varios entraron por un costado de la explanada, gracias a manos amigas para los que trabajan en sus municipios. La facción Los Dengues, de Almirante, que lidera el puntero Jesús Carrizo, fue la más organizada. Salió en micros desde La Matanza y tuvo vía libre para entrar a la despedida. Enterada de la convocatoria y de que sus adversarios en el dominio de la tribuna habían tomado protagonismo en la despedida, la Banda Mostro, otra escisión de la barra de la Fragata, también llegó al Patio con una bandera con la leyenda “los traidores pagarán su culpa”. No se cruzaron de milagro.

La de Los Andes hizo valer su histórica amistad con Diego que viene desde los mundiales 86 y 90 como jugador, y 2010 como técnico. Porque en realidad, es el núcleo de la facción Lomas de Zamora de la barra brava de Boca, que estaba muy fuerte en la época del Abuelo, lo vuelve a estar ahora con Di Zeo y que viajó en el avión con el plantel y cuerpo técnico al torneo ecuménico en Sudáfrica.
Afuera, mientras, todo se desmadraba tras la decisión de la familia de cortar a las 16 la vigilia para ir al cementerio. La Policía tomó la orden 13.30 de cortar el vallado en 9 de Julio y Avenida de Mayo y, en sólo siete minutos, la gente entendió lo que ocurría y empezaron los focos de conflicto por todos lados. Mientras, la barra de Gimnasia tenía el beneplácito de ingresar por Hipólito Yrigoyen, como si para ellos no existiera esa restricción, lo que enfureció aún más a la gente que esperaba su lugar. Y la barra, ante cada queja, respondía a lo barra: con violencia. En ese momento todo ya estaba fuera de control, los barras habían copado el patio de las palmeras y la imagen de tristeza por Diego ya pasaba a serlo por un país entero que no podía despedir a un ídolo. Porque no sólo nos arruinaron la fiesta del fútbol en la cancha, sino también ahora la posibilidad de decirle a Diego, chau hermano, te queremos mucho.

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