
Aparentaba ser un partido más. Uno de los 34 compromisos que afrontó Boca en su camino al título de 1965. Sin embargo, el encuentro que enfrentó al Xeneize y a Estudiantes en La Plata marcó un hito que nunca se volvió a repetir: fue la primera y única vez que Carlos Salvador Bilardo y César Luis Menotti midieron sus fuerzas dentro de una cancha en su rol de futbolistas.
Se cumplen 55 años de aquel cruce que en su momento pasó desapercibido. Durante esos días nadie se imaginaba que la Argentina se iba a dividir a través del tiempo en una grieta conformada entre Bilardistas y Menottistas, aunque su discrepancia filosófica y su visión de juego ya se percibía dentro del césped.
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“Pasó mucho tiempo, pero en ese momento ya se veía que tenían estilos muy diferentes”, recordó en diálogo con Infobae Ángel Clemente Rojas, uno de los autores de los tantos boquenses para el empate que concluyó 2 a 2. “Eran muy distintos. El Flaco era más pensante, tenía una gran técnica, pero corría poco. Carlos, en cambio, no tenía tanto talento con la pelota, pero estaba en todos los detalles”, explicó Marcos Conigliaro, otro de los goleadores de aquella jornada.
La obsesión del Narigón marcó una distancia muy lejana con la estética que pregonaba Menotti. Según Rojitas, “el Flaco le pegaba muy bien a la pelota y tenía una gran visión de juego”, mientras que Bilardo “era más duro, porque hablaba mucho y te sacaba del partido”. “Carlos era uno de esos vivos que uno siempre quiere tener en su equipo”, argumentó el ídolo del Xeneize. En este sentido, el ex delantero de Estudiantes aclaró que su compañero “era como un técnico más dentro de la cancha, pero daba tantas indicaciones que a veces te rompía mucho las pelotas”.
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Esos métodos constantes que revolucionaron al fútbol argentino también comenzaron a visibilizarse en la Copa Libertadores de 1968, cuando el Pincha visitó a Racing en la primera semifinal disputada en el Cilindro. Un partido que Conigliaro nunca pudo retirar de su memoria: “Me acuerdo que ese día Carlos no paraba de hablarle a Pachamé. Le indicaba todo el tiempo los errores y lo que tenía que hacer; hasta que llegó un momento que Pacha no aguantó más y le dijo que lo dejara tranquilo porque iba a terminar todo mal”.
“Largala antes”. “Te comen la espalda”. “Seguí la marca”. “Probá de lejos”... eran los constantes pedidos de Bilardo hacia su compañero. “Carlos, no me hables más. Dejame jugar. Si seguís así, te voy a cagar a trompadas”, fue un extracto de la discusión que escuchó Conigliaro. “Como Bilardo siguió quemándole la cabeza, Pacha se cansó y le dio una piña en medio de la cancha. El árbitro no tuvo más remedio que expulsarlo, y como nos quedamos con 10, terminamos perdiendo 2 a 0”, continuó en su relato el ex delantero.
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Lo llamativo sucedió después. Los tantos de Maschio y Perfumo le habían dado a la Academia la posibilidad de acceder a la final, pero la intervención de Zubeldía cambió el destino de lo que hubiera significado la eliminación pincharrata. “Cuando terminó el partido fuimos a buscar a Pachamé al vestuario, pero nos dijeron que ya se había ido solo, caminando, hasta La Plata; pero seguro que lo levantó alguno”, concluyó la leyenda del León.
Ese episodio representó un fiel reflejo de lo que era Bilardo en una cancha. Incluso su trabajo permanente sirvió para que en la revancha Estudiantes revierta la historia, le ganara a Racing 3 a 0 y se encaminara hacia su primer título continental frente al Palmeiras.
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Las diferencias entre el Doctor y el Flaco se ampliaron con el tiempo. “El mayor conflicto entre ellos fue por la Selección. Es curioso porque se peleaban por tener distintos estilos y los dos consiguieron ganar un Mundial con la Argentina”, reflexionó Rojitas.

El duelo continuó cuando ambos se dedicaron a la dirección técnica. En el Metropolitano del ‘73, que le valió la consagración al Huracán de Menotti, igualaron 3 a 3 en Parque Patricios, mientras que en la revancha, disputada en La Plata, el Globo se impuso 1 a 0 gracias a un extraordinario tiro libre de Carlos Babington. Durante esa época la enemistad tampoco estaba latente, dado que aún no había comenzado el ciclo del Flaco en el combinado nacional.
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Tras la gloria del ‘78 y la euforia del ‘86, el país quedó dividido por la grieta que separa a los Menottistas de los Bilardistas. Dos filosofías opuestas que se aplicaron durante décadas en cualquier orden de la vida.
En el Apertura del ‘96 volvieron a verse las caras en la Bombonera. Fue la última vez que se cruzaron dentro de una cancha y Menotti volvió a quedarse con la batalla. En esa oportunidad estaba al frente de Independiente y derrotó a su enemigo gracias al tanto de Panchito Guerrero. “Yo lo quiero mucho al Flaco, pero hay que reconocer que fue mejor entrenador que jugador”, analizó Rojitas.
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“La rivalidad entre ellos le dio de comer muchos años al periodismo”, resumió Conigliaro. Son miradas opuestas. Para uno el fin justifica los medios. El otro le da mayor importancia a los métodos, sin priorizar el resultado. Ambos escribieron la historia dorada de la Argentina por caminos claramente distintos. Y aún hoy la grieta sigue visible. “Yo no quiero saber nada de lo que tenga que ver con el Bilardismo. A mí me gusta el buen juego. Por eso, cada vez que voy a Rosario me la paso horas hablando de fútbol con el Flaco”, concluyó Rojitas.
“No puedo creer que todavía haya gente que critique a Bilardo, que fue campeón del mundo como jugador y como técnico”, respondió la leyenda de Estudiantes.
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Ya lo había dicho el propio Diego Maradona, quien fue dirigido por ambos y vivió de cerca las discrepancias entre uno y otro: “A Carlos le gustaban Los Wawancó, y a Menotti Mercedes Sosa. Bilardo prefiere líbero y stoppers, y el Flaco marca en zona. Pero a los dos les importa el jugador, los caños y el sombrero. Tienen muchas cosas en común, aunque no se note”.
“Fue una lástima que la sabiduría de ambos nunca se haya podido unificar o compartir para mejorar al fútbol argentino”, resolvió Conigliaro. Naturalmente, el paréntesis del Coco Basile con las dos conquistas en la Copa América no fue suficiente para una Selección que hace más de tres décadas que no gana un Mundial.
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