
Es frecuente la afirmación de que la dictadura utilizó el Mundial 1978 como cortina para disimular sus crímenes. Sin embargo, ese campeonato tuvo lugar a dos años del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, cuando el grueso de la represión ya se había desarrollado. La mayor parte de las detenciones ilegales y asesinatos tuvieron lugar en esos dos primeros años.
El Mundial no fue la distracción ideal para un régimen en apuros. Más bien fue un acontecimiento que le sirvió a la Junta Militar para mostrar hasta qué punto había logrado cumplir sus siniestros objetivos con éxito, y hasta hacer gala de un cierto consenso.
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El problema fue que el campeonato atrajo la atención de la prensa y la opinión pública internacional y permitió que se ampliaran denuncias contra el régimen que hasta entonces habían tenido poco eco.

Pero en lo interno, la dictadura había impuesto una censura de prensa total y para la represión había optado por el método de la clandestinidad: clandestinidad de los arrestos y clandestinidad de los centros de tortura y detención.
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Por otra parte, la Junta Militar no estaba aislada, ni en lo interno ni en lo externo.
Recordemos el ya emblemático documento del escritor y miembro de Montoneros Rodolfo Walsh, fechado en noviembre de 1976, que describe la situación política en términos muy realistas: "No es cierto que haya fracasado el aperturismo (de la dictadura). Ejemplos: el PC no participa en los conflictos, mientras negocia con el gobierno a través del Partido Intransigente y le paga viajes a Lázara y García Costa para que viajen al Congreso de la Internacional Socialista a defender a Videla; la UCR no rompe a pesar de todos los agravios, incluidos Solari Irigoyen y Amaya [N.de la R: en referencia a dos dirigentes radicales detenidos; el segundo murió en prisión]; la reacción de la Iglesia es tibia comparada con todo lo que han hecho…".
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En otro párrafo del mismo documento, Walsh menciona los esfuerzos de la dictadura por "no enajenarse a los partidos y a la burocracia sindical" y afirma que "logran resultados"; por ejemplo, "la burocracia sindical los ayuda a pasar la prueba de la OIT", y "(Enrique) Osella Muñoz [PJ] y (Enrique) Vanoli [UCR] se niegan a declarar por los derechos humanos en EEUU". También recuerda que "los radicales tienen varios embajadores".
Esta situación se replicaba en el exterior. Hasta el momento del Mundial, las denuncias por las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura argentina encontraban escaso eco en el mundo. Una de las principales barreras la representaba la alianza que tenía la dictadura argentina con Moscú y por extensión con todo el bloque de países soviéticos y con los partidos comunistas de todos los países con algunas honrosas excepciones como el PC italiano. Esto no era un detalle menor, considerando el ascendiente que la red de partidos comunistas de Occidente tenía en los organismos internacionales de derechos humanos y afines. Es sabido que muchas de esas ONG eran pantallas del sistema soviético.
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Como tales, fueron muy poco permeables a admitir lo que estaba pasando en la Argentina. A diferencia de lo que había sucedido con la dictadura chilena de Augusto Pinochet condenada en todos esos foros desde su instauración, la Junta Militar argentina, pese a que declaraba estar luchando contra el "marxismo apátrida" gozaba de la complicidad del comunismo internacional.
En el exterior, el Mundial fue la oportunidad que aprovecharon, por un lado, los exiliados argentinos, y por otro, partidos de izquierda no comunista, para potenciar las denuncias que ya venían realizando.
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Las estrategias no fueron las mismas. Mientras algunas fuerzas políticas europeas organizaron una gran campaña de boicot, los exiliados argentinos consideraron que sería antipático aparecer queriendo empañar una fiesta cara a los argentinos. Y, a la vista de la masividad que tuvieron los festejos en aquel junio de 1978, no les faltaba razón. Los pocos afectados por la problemática de la represión no tenían posibilidad de hacerse oír.

Mientras en el exterior el Mundial de Fútbol sirvió de amplificador de las denuncias que se venían realizando con poco impacto desde hacía dos años, internamente la Junta Militar logró evitar fisuras en el cerco informativo; eran otros tiempos en materia de tecnología de la información.
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La campaña de boicot al Mundial no arrojó ninguna respuesta concreta de la dictadura -no hubo liberación de presos, ni aparición de secuestrados, ni nada por el estilo- pero en el mundo se instaló definitivamente la imagen de una Junta Militar que torturaba y asesinaba a opositores de modo masivo.
"No al fútbol en medio de los campos de concentración", fue una de las consignas lanzadas por el COBA, (Comité de Boicot al Mundial de Fútbol en Argentina), un organismo creado esencialmente por iniciativa de François Gèze, un joven ingeniero francés, que había residido un tiempo en la Argentina.
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Su conocimiento y afecto por el país lo movió a ver "qué se podía hacer" en oportunidad del Mundial, para contrarrestar la propaganda de la dictadura, que decía, por ejemplo: "Mostramos al mundo cómo somos los argentinos".
Todavía la opinión pública europea ignoraba mayormente la situación argentina. Sin embargo, como dijo François Gèze a Infobae en una entrevista anterior, el nivel de información sobre el terrorismo de Estado era "bastante bueno" gracias al trabajo de los militantes exiliados que recibían y difundían las denuncias que desde Argentina enviaban los familiares y algunos abogados; sólo faltaba darles mayor difusión.
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"Decidimos armar una campaña para decir que Francia no tenía que ir a Buenos Aires para el Mundial", contó Gèze. Del COBA participaban unas 40 personas pero pronto se crearon 200 comités más en toda Francia.

A la movida se sumaron personalidades del ámbito de la cultura, como Yves Montand, por ejemplo. El Partido Socialista francés apoyó desde el comienzo las denuncias de las violaciones a los derechos humanos en Argentina. Algunos de sus principales referentes, entre ellos, el entonces futuro presidente François Mitterrand, eran asiduos participantes de las marchas que se realizaban frente a la Embajada argentina en París, cuyo titular era un civil, radical.
Es sabido que la campaña de boicot no logró disuadir a ningún país de participar del Mundial de Fútbol de 1978; sí tuvo un fuerte impacto en la opinión pública europea, y francesa en especial.
Un año más tarde, en 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) visitó Argentina para recibir in situ las denuncias de los familiares de las víctimas de la represión.

La Junta, que aspiraba a mostrar al mundo la imagen de un país ordenado, unido y en paz, se vio obligada a responder a lo que llamó "campaña antiargentina". Llegó incluso a contratar a la agencia de relaciones públicas y comunicación Burson Marsteller.
La campaña del boicot marcó un antes y un después en la imagen de la dictadura en el exterior y rompió el relativo aislamiento de los exiliados argentinos.
Pero en la Argentina, el grueso de la dirigencia, política y sectorial, se mantuvo prescindente, cuando no activamente oficialista. El aislamiento definitivo del régimen militar respecto de la sociedad se verificaría recién con la derrota de Malvinas.
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