
Franco Armani camina perdido por el medio del campo de juego del Estadio Atanasio Girardot de Medellín. Una multitud bulliciosa grita, se abraza y llora. En su pecho brilla una medalla que testifica el título en la Copa Libertadores que acaba de lograr. Las imágenes del presente se ven borrosas y los flashes del pasado lo dominan. Las inferiores en Estudiantes de La Plata, el revés sufrido jugando para Ferro, la explosión en Deportivo Merlo y el esfuerzo para transformarse en una pieza angular de Atlético Nacional cuentan la historia del hombre que está a un paso de firmar con River.
Con 31 años, Armani goza con el mote de ser uno de los mejores arqueros de la región. Pocos saben que para construir ese prestigio debió pelear de frente con la decepción varias veces. Llegó a las divisiones menores del Pincha platense pero no tuvo lugar y emigró a préstamo a Ferro para sumar minutos en el 2006.
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Ese pibe de 20 años nacido en Casilda que se había hecho arquero por la obligación de jugar en la infancia con su hermano Leandro –goleador que en el 2008 tuvo su momento de fama con la camiseta de Newell's–, veía desde el banco de suplentes cómo los tres palos eran defendidos por otros jugadores. El objetivo de tomar rodaje no llegaba. Tampoco el sueldo: los pagos se retrasaban, los pocos pesos que recibía no alcanzaban y debía hacer malabares para sobrevivir.
Por entonces optaba por seguir viviendo en la pensión de Estudiantes para ahorrar dinero y viajaba junto a tres compañeros en un auto para que la poca plata alcance. Para entonces, apenas había jugado una vez como profesional y en La Plata no había demasiado interés por su situación.
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Para el final de la temporada, Felipe de la Riva había asumido en la B Metropolitana en Deportivo Merlo. Decidió llamarlo y transformarlo en una pieza fundamental: obtuvo el ascenso a la segunda categoría del fútbol argentino y luego sostuvo la permanencia la temporada siguiente en la promoción. Armani empezaba a mostrar sus dotes. El club reconoció su nivel y le compró un humilde auto para que pudiera trasladarse desde el departamento en La Plata hasta Merlo.

Un 21 de enero del 2010 el destino golpeó su puerta en forma de casualidad. Empezaba el –siempre difícil– camino al éxito. Atlético Nacional de Colombia estaba de pretemporada en Buenos Aires y enfrentó en el Hindú Club a Deportivo Merlo en un amistoso. Aquel 1-1 lo tuvo a Armani como figura y a los directivos colombianos anotando su apellido en un listado.
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Seis meses más tarde el club cafetero lo contrató casi en silencio. Con 23 años tomó su bolso y entrenó a la sombra de otros futbolistas que había en su puesto, especialmente de su compatriota Gastón Pezzuti, dueño absoluto del arco e ídolo de la hinchada.
"Digamos que estuve de vacaciones. Hacía turismo y de noche me la pasaba llorando… jugué un solo partido a fin de año y fuimos a definición por penales, y no atajé ni uno", le contó a El Gráfico hace un año, repasando paso a paso su historia.
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El recuerdo era sobre el duelo ante Itagüi por las semifinales de la Copa Colombia que definió el pasaje a semifinales del torneo. Nacional había logrado una remontada histórica con una victoria 5-1, pero quedó afuera en la tanda de penales.
Durante dos años alternó entre la suplencia y la titularidad. Su rendimiento no era el mejor y un llamado desde Merlo para volver lo tentaba. Estaba a punto de aceptar. El 18 de julio del 2012 Pezzutti se lesionó y Armani ingresó ante Junior en la final de la Superliga. Atajó buena parte del partido con una rotura ligamentaria en la rodilla. Se ganó el amor de la hinchada y un nuevo reto para su vida.
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"Yo creo que ahí empezó todo. Si me hubiera ido a Merlo, no creo que mi vida deportiva hubiese sido mejor. Las cosas pasan por algo. Dios me puso esa lesión para decirme 'no te vayas de Nacional, que vienen cosas muy buenas para vos'. Fue el camino", le explicó al mencionado medio aquella eventualidad.
Los meses de recuperación lo devastaron. Armani no tenía fuerzas para seguir adelante. Buscaba excusas para no ir a realizar los trabajos médicos. Pedía ir a la tarde al club en vez de a la mañana para seguir metido en la cama. Para colmo, llegaba y se desplomaba a dormir en la camilla. Sentía que su rodilla no iba a volver a ser la de antes. Que su carrera no iba a despegar jamás. Decidió acercarse a Dios.
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A partir de ese momento comenzó la curva ascendente que lo depositó en este presente. Se adueñó de la titularidad en Atlético Nacional y se transformó en el futbolista con más títulos en la historia del club. Entre sus 13 galardones se destaca la Copa Libertadores 2016, recordada por una triple atajada ante Rosario Central en la serie de cuartos de final.
En Colombia es una especie de deidad y hasta José Pekerman analiza nacionalizarlo para citarlo a la selección de cara al Mundial de Rusia 2018. Por el momento, él solo tiene una obsesión: vestir la camiseta del club del que es hincha.
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