
Yo no estaba predestinado a nadar. Ni a pelear y competir con los mejores del mundo. Intervinieron el azar y la casualidad.
Antes de empezar a nadar, probé algún tiempo con el básquetbol, porque mi papá era dirigente de la Federación de Básquetbol de la Provincia de Córdoba. Jugué tan solo unos meses en la Asociación Española (hoy desaparecida como institución deportiva) y dejé. La casualidad hizo que mis padres, Isabel y Raúl, decidieran comprar una casa que estaba frente al río San Antonio, en Villa Carlos Paz, Córdoba. Y que mis abuelos tuvieran una casa con pileta en Morteros. Así empezó mi nexo con la natación.
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Mis padres creían que mi hermana Laura y yo teníamos que aprender a nadar sí o sí para no exponernos a riesgos. Yo tenía cinco años. Hoy, que soy padre, considero necesario estimular a nuestros hijos para que practiquen deportes. A lo largo de mi vida, he tratado de transmitirles los beneficios de la natación a los demás. Conozco gente que la ha pasado mal por no poder flotar siquiera. Es imprescindible aprender a nadar para evitar cualquier episodio trágico. Pero no es solo cuestión de supervivencia. La natación es un deporte maravilloso que nos puede ayudar en todos los aspectos de la vida.
No porque el deporte nos convierta automáticamente en mejores personas, pero sí porque nos transmite valores fundamentales como el respeto, el orden y la perseverancia. Y lo mejor de la natación es que no hay edad para empezar. Mucha gente se inicia de grande porque le recomiendan la natación por algún inconveniente físico. También hay quienes lo hacen simplemente como terapia. Pueden nadar las personas mayores, los bebés y las embarazadas. Nadar nos regala la tranquilidad de meternos en una pileta, sentirnos protegidos y jugar como si fuéramos niños.
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A veces me preguntan por qué nadar nos hace sentir tan bien. Sumergirse en el agua y dejar la mente en remojo por un rato es lo mejor que podemos hacer cuando estamos llenos de preocupaciones. Y es mucho más que una sensación. Los científicos dicen que nadar segrega endorfinas, las famosas hormonas del placer, que después de algunos minutos de esfuerzo provocan una sensación natural de felicidad. Por eso es un entorno tan propicio para renovar energías.
La iniciación en el agua siempre va de la mano del profesor, nadie es autodidacta. Lo ideal es que aprender sea lo más natural posible y que tenga que ver con lo lúdico. Si se trata de un niño, tiene que sentirse atraído por ir a la pileta. En el caso de los adolescentes, es importante que el entrenador pueda conectar con ellos a través de un mensaje apropiado para cada uno. Los chicos hoy suelen estar muy dispersos y es fundamental el trabajo y la sensibilidad del profesor para entenderlos. Del otro lado, el que aprende también tiene que dejarse guiar, dejarse enseñar, prestar atención. Ser humilde es fundamental para aprender y desarrollarse. Porque, para practicar cualquier deporte, hay que tener la voluntad de esforzarse.
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No todo es color de rosa en la natación. Es un deporte que se aprende y se perfecciona en el largo plazo. Tiene mucho que ver con la paciencia, algo que resulta muy difícil en tiempos de redes sociales y vidas aceleradas. Los procesos de formación y desarrollo de los deportistas llevan años. Para el que quiere competir a nivel profesional, el ojo del público y los medios de comunicación muchas veces zumban en los oídos y generan presión extra.
Hay que estar preparado para hacer frente a todo, y por eso la ayuda profesional siempre es bienvenida. En mi caso, gracias a la colaboración incondicional de mi madre, psicóloga, pude sortear momentos críticos en los que me costó encontrar el rumbo y no abandonar a mitad de camino. Mis padres nunca me presionaron para competir o ganar. Al contrario, siempre me ayudaron y cumplieron roles excepcionales para contenerme.
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La natación es parte de mi vida desde que soy pequeño. De chico llegaba a la escuela con el pelo con olor a cloro y mis compañeros me decían que no estaba bien, que no era normal lo que hacía. Me levantaba temprano, iba a nadar y después cursaba. Por la natación perdí muchos momentos cruciales que vive cualquier joven. Muchas veces no salía con mis amigos porque finalizaba las jornadas extenuado, muerto de cansancio. Y pasó lo obvio: me terminé alejando de mis compañeros de colegio. Mis amigos, la gente con la cual compartía salidas, eran de la pileta.
Fueron decisiones que tomé y de las que no me arrepiento. Mi hermana Laura, por ejemplo, lamentó mucho mi ausencia. Y algunos torneos y concentraciones me privaron de momentos familiares importantes como cumpleaños, fiestas de fin de año y todo tipo de celebraciones. En determinado momento de mi vida, tuve que decidir qué hacer: o dejaba de nadar o dejaba la escuela. Con las dos actividades no podía continuar. Opté por abandonar la escuela al finalizar el tercer año de la secundaria en el colegio Ricardo Rojas. Fue un momento crítico. Mi mamá pensaba que no era la decisión más acertada, mi papá estaba más relajado: decía que las oportunidades deportivas no pueden postergarse mientras que el estudio sí.
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Finalmente me inserté de lleno en la natación con la promesa de concluir mis estudios secundarios más tarde. Con el paso de los años puedo decir que es muy difícil ir a la escuela y practicar deportes a nivel profesional al mismo tiempo. Al menos en la Argentina. Quizás en otros países, donde el sistema y la estructura son diferentes, se puedan hacer ambas cosas sin problemas porque existen otras oportunidades, facilidades y recursos. En nuestro país no es tan fácil.
Tras haber abandonado el colegio me aboqué por completo a la natación. Nadaba temprano, llegaba a mi casa, descansaba, iba al gimnasio y luego volvía a la pileta. Comencé a intervenir en campeonatos sudamericanos, y a los 16 años participé de mis primeros Juegos Panamericanos en Mar del Plata, en 1995. Y así empezó la historia.
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