¿Cuál es la conexión entre el presidente Donald Trump y el secretario general del partido comunista chino, Xi Jinping? ¿En qué se parecen Vladimir Putin y el premier indio Nerendra Modi? ¿Y el primer ministro húngaro Viktor Orbán con Jair Bolsonaro? Según Francisco de Santibañes, especialista en política internacional, global fellow del Wilson Center y miembro del del Comité Ejecutivo del Consejo Argentinos para las Relaciones Internacionales (CARI), son todos expresión de un nuevo movimiento que está cuestionando el orden liberal de las democracias a nivel mundial: el conservadurismo popular.

Este término fue elaborado por de Santibañes para describir el fenómeno caracterizado por los líderes de corte conservador –defienden la familia tradicional, la presencia de las religiones en las discusiones de políticas públicas y el nacionalismo, entre otras características del conservadurismo clásico–, que presentan aspectos novedosos, como la falta de moderación, un antielitismo muy fuerte y una postura internacional de corte realista. Su trabajo en torno a este concepto está detallado y analizado en su nuevo libro, La rebelión de las naciones (Vértice de Ideas, 2019), que sirve casi como un manual para entender la nueva realidad mundial.

Jair Bolsonaro y Donald Trump, dos líderes del conservadurismo popular que mantienen una buena relación entre sí. Foto: Archivo DEF.
Jair Bolsonaro y Donald Trump, dos líderes del conservadurismo popular que mantienen una buena relación entre sí. Foto: Archivo DEF.

En tiempos de Brexit y creciente nacionalismo, instituciones internacionales más frágiles y guerra comercial entre EE. UU. y China, DEF dialogó con Francisco de Santibañes para conocer más sobre este movimiento que ya se convirtió en signo de nuestros tiempos y que todavía no se ha expresado en su total potencial.

-Una de las características más importantes del conservadurismo popular es su fuerte rechazo de las élites liberales progresistas. ¿Cómo se expresa esto?
-Existen distintas visiones, pero si uno ve los cuestionamientos políticos que enfatizan esta camada de líderes, encuentra puntos en común. Por un lado, está Trump, que durante su campaña y su presidencia ataca a las instituciones del establishment estadounidense, como el New York Times, la industria de Hollywood, etc. Por otro lado, China –un país que uno pensaría que no tiene mucho que ver con Occidente–, durante los años en el poder de Xi, concentró mayor poder personal, tiene un discurso más nacionalista y, principalmente, lleva adelante una campaña en contra de la corrupción de las élites del partido que ya cuenta con más de dos millones de funcionarios juzgados. Esos puntos en común también se ven en India con Modi, que ataca el cosmopolitismo de las élites del partido del Congreso; en Israel, con Netanyahu; en Rusia, con Putin; en Hungría, con Orbán; y en América Latina, con la llegada al poder de Bolsonaro.

-¿Cómo define el concepto de élite?
-Es un conjunto de líderes que tienen confianza entre ellos, que comparten ciertas visiones sobre el futuro del país y que están acostumbrados al juego político de la negociación, no solo del enfrentamiento, para llegar a acuerdos. Esas son las tres características que definen a una clase dirigente, que no es solo la suma de líderes individuales.

-A veces se toma el término élite como algo negativo.
-Eso tiene mucho que ver con la imagen que viene a la cabeza de cada uno cuando piensa en las élites. Si se nos viene a la cabeza la imagen de dos señores fumando habanos en un club social y definiendo el futuro del país, es algo negativo. Si, en cambio, pensamos en una clase dirigente meritocrática, abierta a todos los sectores de la sociedad, con distintas ideologías y preocupada por el bienestar de la sociedad a largo plazo, es indispensable para el bienestar de cualquier país. La falta de clase dirigente afecta a todas las políticas que no le interesan al ciudadano promedio porque no afectan su vida diaria: la defensa, la política fiscal, la educación pública y la política exterior.

La falta de clase dirigente afecta a todas las políticas que no le interesan al ciudadano promedio porque no afectan su vida diaria: la defensa, la política fiscal, la educación pública y la política exterior.

-¿Por qué recurrió a un término nuevo para definir este fenómeno iliberal?
Elaboré el concepto de "conservadurismo popular" para diferenciarlo del populismo, que es un término que presenta una serie de desventajas. Primero, tiene una connotación negativa. Se lo utiliza para descalificar a los rivales. Segundo, hay muchas definiciones de populismo, pero la más utilizada es la que lo describe como aquella actitud de los gobernantes que, en pos de obtener beneficios a corto plazo, dejan de lado la sustentabilidad a largo plazo de la sociedad.

Boris Johnson presenta sus respetos a la reina Isabel II. La asunción del nuevo líder conservador significó el triunfo del ala más nacionalista del partido Tory. Foto: AFP.
Boris Johnson presenta sus respetos a la reina Isabel II. La asunción del nuevo líder conservador significó el triunfo del ala más nacionalista del partido Tory. Foto: AFP.

-¿No es este el caso de los líderes conservadores populares?
-En el caso de los líderes conservadores populares, hay algunos que podríamos catalogar como populistas y otros que no lo son. Por ejemplo, algunos son responsables en política fiscal, otros no. Entonces, no es un concepto que sirva para entender este fenómeno. La otra parte del concepto es el conservadurismo, porque el malestar social que estamos viendo en el mundo, que se refleja en cambios profundos en la política doméstica de los países, podría ser perfectamente de izquierda. Es más, al principio de este fenómeno muchos dijeron que lo que explicaba este malestar era la crisis de 2008 y una mayor desigualdad económica dentro de los países a nivel mundial. Sin embargo, el malestar social terminó derivando en EE. UU. en un presidente como Trump, que es un empresario, o en un gobierno conservador en Gran Bretaña. De hecho, la centroizquierda está en crisis en gran parte del mundo. Si la reacción es la elección de líderes conservadores, es porque se trata de un fenómeno que evidentemente tiene una relación con esta escuela de pensamiento y de gobierno político.

-O sea, el conservadurismo popular vació de contenido a la izquierda, pero también ocupó espacios de la centroderecha. ¿Es una especie de síntesis?
-Sí. La centroizquierda o la socialdemocracia en cierto sentido falló, porque a pesar de que ha gobernado varios países de Occidente, los problemas que enfrentan los trabajadores siguen siendo los mismos. A la vez, el relacionamiento de estos partidos de centroizquierda con la élite ha sido muy fuerte. Diría que la élite de los EE. UU. está más cerca del Partido Demócrata que del Republicano. Lo mismo en gran parte de Europa. Por eso, la centroizquierda adoptó una agenda que representaba los intereses y valores de esa élite y no tanto la del obrero promedio.

-¿En qué consiste esa agenda de la élite?
Es una agenda más identitaria, que cuestiona menos aspectos económicos de la sociedad. Entonces, diría que una explicación importante de este fenómeno es la migración de votos de los partidos de centroizquierda a la nueva derecha.

El líder chino Xi Jinping profundizó un proceso anticorrupción en la elite del Partido Comunista. Foto: Archivo DEF.
El líder chino Xi Jinping profundizó un proceso anticorrupción en la elite del Partido Comunista. Foto: Archivo DEF.

-¿La clase dirigente no identificó este fenómeno?
-Perdió empatía con lo que estaba sucediendo en el resto de la sociedad. En realidad, fue una sorpresa para todos. Hay un mérito político en estos líderes que vieron algo que el resto no estaba observando, interpretaron el mensaje y supieron representarlo. Pero la mayoría de los intelectuales y de los miembros de la clase dirigente no percibieron este malestar. Hay casos en los que las encuestas ya mostraban un cambio profundo. Las encuestas de Latinobarómetro en Brasil, por ejemplo, revelaban un movimiento muy pronunciado de la sociedad hacia la derecha en los últimos años, antes de Bolsonaro, en temas sociales, culturales, etc. Entonces, tanto Trump como Bolsonaro son consecuencia de fenómenos sociales. La novedad es ese cambio en el pensamiento de la sociedad, más que los líderes que lo representan.

Hay un mérito político en estos líderes que vieron algo que el resto no estaba observando, interpretaron el mensaje y supieron representarlo.

-¿Hay relación entre la imposición de agenda desde una mayoría social –y no desde la élite– y la explosión de internet y de las redes?
-El historiador Niall Ferguson señaló la ironía de que una de las comunidades más progresistas como Silicon Valley hubiera permitido el surgimiento de Trump a través de las redes sociales. Es muy difícil saber cómo van a terminar los cambios tecnológicos. Inicialmente, se pensaba que las redes sociales e internet iban a facilitar la cooperación y el diálogo horizontal. Pero, al igual que la imprenta, son invenciones que no necesariamente difunden las ideas más cercanas a lo que científicamente es correcto, sino todo tipo de información, prejuicios, falsedades, etc. Da la impresión de que los cambios tecnológicos le terminaron dando mayor poder a las bases que a las dirigencias. Además, toda esta camada de líderes ha sido muy hábil en el manejo de las redes sociales. Salvini, Modi (quien tiene una app propia), Trump y Bolsonaro poseen esta característica en común: a diferencia de los políticos tradicionales, están a la vanguardia en temas de comunicación.

Foto: Archivo DEF.
Foto: Archivo DEF.

-La inmigración es un tema recurrente en las demandas del conservadurismo popular. ¿Cómo se expresa?
-En primer lugar, no es uno de los fenómenos más importantes del conservadurismo popular porque muchos países no reciben inmigración, como China o Brasil. La preocupación a ese respecto es en parte económica, pero, principalmente, cultural. Cuando un país tiene la percepción de que la inmigración posee una identidad cultural distinta de la de la población nativa, ahí se observa un crecimiento del conservadurismo popular.

-¿El conservadurismo popular tiende al totalitarismo o la dictadura de mayorías?
-Todavía no. El conservadurismo popular y las derechas más nacionalistas cercanas a lo que fue el fascismo son dos escuelas diferentes. Por ejemplo, para el conservadurismo, el estado se percibe más como un adversario que como una representación de la sociedad, porque, si crece, el estado tiende a debilitar a la sociedad civil. En cambio, el fascismo buscaba un estado todopoderoso. En cuanto al rol de la religión, en el conservadurismo, la religión tiende a moderar el comportamiento de los líderes, porque los limita en su accionar, mientras que en los fascismos eso no existe, ya que son movimientos revolucionarios que no tienen contrapeso. En cuanto a la política exterior, hay una diferencia muy grande: el conservadurismo tiende a ser más realista y el fascismo presenta visiones más imperialistas.

-¿Pero puede sucede que viren hacia el autoritarismo?
-Sí, de hecho, no sería la primera vez que pasa. Carl Schmidt, el mayor crítico del liberalismo, era un conservador católico que fue tomando posturas cercanas al nazismo y terminó diciendo que, dadas las amenazas internas y externas –en aquella época, la Unión Soviética y la lucha de clases–, era necesario concentrar el poder. Ese es uno de los dos grandes riesgos que presenta el conservadurismo popular.

-¿Cuál es el otro riesgo?
-Que se terminen destruyendo las clases dirigentes, que son las que pueden pensar y actuar a largo plazo, y se genere un vacío político que lleve a que las sociedades entren en crisis.

*La versión original de esta nota será publicada en la revista DEF N. 129