
En un principio, el ícono del año 2020 fue el del personal de salud vestido con equipos que parecían de astronautas. Pero, pasados los meses, la imagen más representativa de la pandemia fue –y sigue siendo– la de esos mismos profesionales agotados, sentados en el piso de una guardia o durmiendo a como dé lugar en el hospital.
Sin dudas, el COVID-19 representó un desafío inmenso para todos, pero en particular para los especialistas, que se encontraron ante el reto de responder del modo más eficiente posible a la pandemia, en el contexto de un sistema precario en general y, más aún, ante un problema inédito de salud pública. Presentes en la primera línea de atención de los enfermos y sin contar, en un comienzo, con los elementos básicos de protección, trabajando a destajo por la escasez de personal y exponiéndose a importantes riesgos, con el mismo temor que el resto de la sociedad ante lo desconocido, estos especialistas lograron capear la tormenta e implementaron las mejores estrategias a su alcance para la atención de la población.
Un año después y con la incertidumbre de qué nos depara el futuro, es inevitable plantearnos, entre otras cosas, en qué estado físico y mental se encuentra el personal de la salud y cuál es la realidad actual de los hospitales. “A pesar de todas las situaciones vividas, nuestros profesionales siguen absolutamente comprometidos con su profesión y con el paciente. Nosotros, desde la Asociación de Médicos Municipales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, luchamos para que se respeten sus derechos y mejoren las condiciones de trabajo. Por eso, consideramos clave que se conozca la verdadera situación de los hospitales públicos”, afirma la doctora Fiorini, médica del Hospital de Gastroenterología “Dr. Carlos Bonorino Udaondo”.

-¿Cómo describiría la situación del personal de sanidad al comienzo de la pandemia?
-Complicada desde el inicio a raíz de la gran cantidad de profesionales que fueron licenciados, como consecuencia de las patologías preexistentes dentro de la población de médicos: diabéticos, insulinodependientes, inmunosuprimidos, entre otras afecciones, por un lado; y los mayores de 65 años, las embarazadas o las madres recientes, por otro. En síntesis, hubo una merma de personal, tanto adulto como joven, que se tradujo en una sobrecarga de trabajo para el resto. A esa situación inicial, le siguieron los contagios de muchos profesionales o el hecho de que fueran contacto estrecho de un enfermo de COVID-19, lo que los obligaba a ausentarse por 15 días del hospital. Se produjo una combinación diversa de factores que perjudicaron el trabajo.
-Mucho se habló sobre la falta de elementos. ¿Fue igual en todos los hospitales públicos?
-En un principio, se dio una situación compleja porque, por un lado, se multiplicaron las consultas y, por otro, ante la carencia de elementos, algunas veces, por considerarnos en alto riesgo, debimos analizar la posibilidad de no atender. Cuidar a los que cuidan es una forma de proteger a la población, porque de nada sirve un médico muerto. Debimos exigir al gobierno que nos brindara los elementos adecuados. Hoy los tenemos.
-¿Se adaptó de alguna manera la infraestructura para maximizar los cuidados?
-No, la realidad es que hacer cambios edilicios era imposible. Hicimos lo posible: establecer turnos, incluso para ir al hospital, reducir el personal de staff y armar burbujas que permitieran la alternancia del personal, para evitar un contagio masivo en el caso de que hubiera un positivo.
-¿Hay especialidades más impactadas que otras?
-Por supuesto. Creo que la terapia intensiva, la emergentología, los médicos de las unidades de febriles (dispositivos especiales que se agregaron en los hospitales de agudos para atender solo a quienes llegan con temperatura) y los clínicos que atienden a los pacientes en recuperación son los más exigidos. Por otro lado, hay otras especialidades en las que disminuyeron las consultas debido al temor de los pacientes; sin embargo, no hay que pensar que esos profesionales hayan descansado, porque nadie se quedó sin trabajar.

-¿Qué consecuencias tuvo tan alto nivel de estrés?
-Tuvo un gran impacto. Aunque es intrínseco a nuestra profesión el hecho de estar siempre disponibles, fue muy fuerte. Incluso, aun los médicos de guardia que están acostumbrados a un ritmo similar, se vieron agobiados ante una exigencia extrema, a la que se le sumó la falta de descanso. Tampoco fue menor el miedo de enfrentar un flagelo desconocido que generó tantas incertidumbres y situaciones muy angustiantes que nos quebraron anímicamente.
-¿Puede explicarme de qué se trata el síndrome de burnout o “síndrome del trabajador quemado”?
-Es un trastorno psicológico que, si bien puede darse en cualquier profesión, fue muy evidente en el curso del COVID-19, porque nadie en el sistema sanitario estaba preparado para enfrentarlo. Como médico, uno se capacita para catástrofes, incendios, inundaciones o atentados, pero sobre pandemias solo habíamos leído en libros. Y este caso, con sus manifestaciones anárquicas, que fuimos aprendiendo a identificar sobre la marcha, fue diferente de todo lo conocido y nos obligó a cambiar de protocolos cada semana.
-¿De qué modo se manifiesta este síndrome?
-Depende, pero puede generar un agotamiento mental, físico o anímico. Hemos visto colegas desesperados, diciendo que no daban más, llorando por cualquier cosa, enfermándose, con taquicardia o falta de aire, entre otras situaciones que se presentan cuando las tensiones son extremas.
-¿Cómo se aborda esta problemática dentro del mismo sistema?
-En la Asociación de Médicos Municipales, hay un dispositivo general denominado CyMAT Salud, que funciona las 24 horas para el personal de todos los hospitales.

-¿Recurren los médicos a esta herramienta?
-En general, no. El médico es una persona muy especial, que puede pasar de la vulnerabilidad total al síndrome del superhéroe, al que nunca le va a ocurrir nada. Esto se daba mucho en los médicos jóvenes que, aunque en servicio utilizan el protocolo a rajatabla, después se descuidaban. Hubo numerosas cosas que corregir y, en ese aprendizaje, muchos se contagiaron. Por suerte, la mayoría fueron casos leves, un número reducido tuvo complicaciones que obligaron a la internación en terapia y hubo algunas muertes que tuvimos que lamentar.
-¿Cuál es la situación actual?
-Ahora que los casos disminuyeron, el gobierno permitió las licencias para que los médicos pudieran descansar. Es una muy buena iniciativa, pero que tiene como contracara que los que siguen trabajando están muy sobrecargados. Es un círculo vicioso del que es difícil salir.
-¿Qué se espera del porvenir?
-Desde lo científico y lo que vemos que pasa en el mundo, esperamos un rebrote que puede traer serios problemas. La buena noticia, hasta ahora, es que las nuevas cepas son más contagiosas, pero más leves en cuanto a la sintomatología. Esto es muy bueno, porque evita la saturación de las camas de terapia, para cuya atención se necesitan especialistas muy preparados, que no deben sobrecargarse de trabajo.

-¿Es una especialidad escasa la intensivista?
-Sí, junto a neonatología, son las residencias en las que no se llegan a cubrir los cargos. Se trata de especialidades muy complicadas –mucha concentración, exceso de trabajo–, que implican un gran riesgo por el síndrome de burnout del que hablábamos y que no están valorizadas por las autoridades, hecho que se traduce en una pésima remuneración.
-¿Cómo reacciona la comunidad médica ante las vacunas?
-Hasta hace unos meses, se vacunaba uno de cada tres profesionales. Hoy, producto de contar con mayor información tanto acerca de los componentes como del laboratorio, están todos en la lista para hacerlo.
-¿No se teme que pueda haber efectos colaterales de largo plazo?
-Eso no es posible saberlo hasta dentro de dos o tres años. Si uno está dispuesto a esperar ese lapso, está exponiendo su vida. De algún modo, hay que elegir con qué arriesgarse.
*Esta nota fue escrita por una periodista de la redacción de DEF.
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