El mito de la masculinidad y el origen del patriotismo

En épocas de cuestionamientos al patriarcado, una reflexión sobre el origen occidental de la patria y el patriotismo. Por Horacio Sánchez Mariño.

La muerte de Héctor. Foto: Archivo DEF.
La muerte de Héctor. Foto: Archivo DEF.

Cómo señalé en un artículo de la edición anterior de DEF, el presidente francés Emmanuel Macron definió al patriotismo como "el exacto contrario al nacionalismo" y dijo que "el nacionalismo es su traición". Ya hablamos sobre el nacionalismo. Reflexionemos, entonces, sobre el patriotismo, concepto polisémico que está en debate en la actualidad. Un intelectual italiano, Luigi Zioja, analizó el término en un libro extraordinario (El gesto de Héctor, Taurus, 2018). Allí, recordó que mencionamos a la patria pero olvidamos lo que quiere decir: "En griego, pater significa ' padre ' (de la raíz pa: poseer, nutrir, mandar). "Patria" o "patris gaia" no se traduce por "mi tierra", sino por "tierra de los padres". Su análisis empieza mucho antes, en las manadas de homínidos que poblaban territorios vastos y competían con otras especies del género que devino en el homo sapiens sapiens.

En esas manadas, los Machos Alfa impedían al resto el apareamiento con las hembras. Por razones difíciles de sintetizar, estos hombres impedidos se vieron obligados a aceptarlo, y la evolución genética hizo que quedaran algunas pocas especies del género humano. Por la escasez y la necesidad, por el postparto largo que mantenía impedidas a las hembras y la lentitud de crecimiento de las criaturas, estos machos buenos se dedicaron a cuidar a la mujer y la cría, proveyéndole alimento y protección. Esto salvó a aquellos animales de la extinción y, con los giros de la evolución, se terminó de imponer el homo sapiens sapiens sobre otras cinco o seis especies conocidas.

Yuval Noah Harari (De animales a dioses. Una historia de la humanidad. Debate, 2014) coincide con Zioja en que la agricultura obligó a los hombres a trabajar y dividir tareas. Allí empezaron a formarse las familias y tiene razón el antropólogo italiano al decir que el sexo fue una conquista de los hombres buenos sobre los Machos Alfa (que están siendo desenmascarados últimamente en los movimientos del #metoo) y que así salvaron a la especie humana de la extinción. En el origen de esas comunidades neolíticas, no había cultura, solo instinto.

¿Cuándo empezó la cultura? Según Zioja, en la Grecia arcaica. Homero y Hesíodo describen esas sociedades, y se puede extraer de esa primera literatura de Occidente cómo se conformaron los arquetipos que dieron forma al inconsciente. Muchos coinciden en que esos arquetipos todavía son la base de la conducta humana. Según nuestro autor, el amor entre un hombre y una mujer se vislumbra en la relación entre Héctor y Andrómaca. Por muchos siglos, ellos han representado el mito inconsciente del amor de pareja, individual e intransferible.

Evidentemente, perduraron también los arquetipos del Macho Alfa: lo vemos hoy en psicópatas inescrupulosos que atacan a mujeres indefensas. Sin embargo, el amor de los griegos trascendió en la tradición judeocristiana, en el amor cortés, el amor a la humanidad, a la naturaleza. En la Grecia arcaica, se marcaron para siempre los límites del amor erótico. Octavio Paz lo describe en La llama doble. Hoy se hacen grandes esfuerzos por deconstruir, más bien destruir los grandes relatos, pero así como el sexo está en nuestro cerebro desde que éramos animales, el amor de pareja está desde aquellos paganos. Y está desde hace demasiado tiempo para que cambie rápidamente, dice el autor.

El judaísmo y el cristianismo pusieron normas rígidas a esos contenidos inconscientes. San Pablo era griego, por eso universalizó las enseñanzas de Jesús. Su Carta a los Corintios es tal vez el texto más importante de Occidente, aunque algún teólogo pueda decir que se puede reemplazar la palabra "amor" por la de "caridad", que es el núcleo central de la religión cristiana.

En esa Grecia inicial, se estableció también el concepto de familia, descripto cuatro siglos después por Aristóteles en el ágape del oikos, la familia, célula madre de la sociedad. La originalidad de Luigi Zioja consiste en afirmar que en aquel espacio anómalo entre tribus salvajes se inventó la figura del padre, simbolizado en el gesto de Héctor. Allí nació también el concepto de patria. Héctor es el epítome del héroe guiado por el patriotismo. ¿Quién es este personaje tan importante? Héctor de Tremolante Casco o Héctor, Domador de Caballos, según los epítetos homéricos, es un hombre completamente mortal, un gran guerrero sin virtudes divinas y con un sesgo casi tímido, que se interesa por sus vecinos, por las mujeres y los niños. Es un príncipe hijo de Príamo, rey de Troya, que tiene a su cargo la defensa de la ciudad.

La Ilíada es la primera literatura de Occidente, escrita en versos hexámetros por Homero, o todos los poetas que son Homero, como ha dicho Borges. Describe los últimos días de la guerra de Troya, que duró diez años. Oliver Taplin (The Oxford History of the Classical World, 1990) dijo que puede comprender veintiún días en las escenas iniciales y otros veintiuno en las escenas finales. Los escenarios donde transcurre la tragedia son escuetos: la planicie del combate, la ciudad amurallada, el campamento de los barcos griegos encallados en la playa y el Olimpo, donde moraban los dioses. La Ilíada es también la narración de un genocidio, en el que Homero fija para siempre a los intelectuales la obligación de denunciar estas matanzas.

Héctor implora a los dioses por la fortuna de su hijo, Antiacte, en la escultura de Jean-Baptiste Carpeaux. Foto: Archivo DEF.
Héctor implora a los dioses por la fortuna de su hijo, Antiacte, en la escultura de Jean-Baptiste Carpeaux. Foto: Archivo DEF.

En Las troyanas, Eurípides expone la angustia de las mujeres sitiadas frente al destino de esclavitud o muerte que les espera si cae Troya. Los guerreros las protegen; y si fallan, las mujeres y los niños caen en desgracia. Héctor tiene sobre sus espaldas la responsabilidad de proteger la ciudad, la tierra de sus padres, la patria. El personaje expone, para la cultura de Occidente, la mentalidad del jefe militar; de manera cristalina, refleja el peso y la magnitud del deber del soldado. Héctor expone el origen del patriotismo.

La magna obra empieza por narrar la cólera del otro personaje principal, Aquiles, quien se niega a volver al combate porque el rey Agamenón le ha quitado a la bella Briseida, una vestal capturada. Aquiles es un semidiós, hijo de Zeus y la mortal Thetis. Su armadura fue confeccionada por el herrero Hefestos, en las profundidades del submundo. Es el más grande de los guerreros aqueos, su presencia al frente de la fuerza de élite, los Mirmidones, desestabiliza el combate. Es un personaje intenso, salvaje, que ama la pelea, la aventura y la fama.

Su madre le da información privilegiada sobre los deseos de los dioses y, en un momento, estos le transmiten la pregunta crucial: "¿Desea tener una vida larga y tranquila o alcanzar un nombre por el resto de la eternidad, la fama inmortal? Si esto último es su deseo, ha de morir joven". "Bueno, vamos a morir jóvenes", elige el de los Pies Ligeros, como es llamado por el poeta ciego. Su relación más importante la mantiene con su primo Patroclo, quien cuida sus caballos. Cuando este muere a manos de Héctor, Aquiles regresa al combate, furioso, y busca al príncipe de Troya.

Al final, siempre es la decisión del hombre lo que cuenta. Lo sabemos desde el principio de los tiempos, tal vez desde que Héctor, engañado por el Hado, espera a Aquiles frente a los muros. Sus tropas alcanzan a protegerse detrás, donde los aqueos los empujan en un torbellino de muerte imparable. Desde las murallas, su padre, arrancándose las canas, le ruega que entre, y le recuerda que, si él cae, la ciudad caerá irremisiblemente. La madre, desesperada, le pide entre llantos que no pelee, y le muestra el seno que lo amamantó.

Es una escena de luto y espanto, pero el héroe troyano se mantiene firme y piensa qué debe hacer: huir y salvarse o combatir y morir. Está abrumado por la culpa de haber llevado a la ruina a su ejército y lo gana la convicción de que es inútil negociar con Aquiles. Con fortaleza de espíritu, decide dar pelea. En medio de la planicie del combate, blande sus armas con el coraje y la determinación de siempre. Sin embargo, cuando ve llegar al aqueo, resplandeciendo al sol la armadura de oro y bronce que Hefestos fraguó para él asistido por los cíclopes, desfallece de temor.

La despedida de Héctor y Andrómaca en la pintura de Antoine Coypel. Foto: Archivo DEF.
La despedida de Héctor y Andrómaca en la pintura de Antoine Coypel. Foto: Archivo DEF.

Por primera vez en su vida, luego de diez años de combate contra los enemigos de Ilión, el miedo gana su corazón. ¿Qué hace? Huye corriendo como cualquier mortal frente a un poder inmenso que lo sobrecoge. El semidiós Aquiles se acerca confiado en su fuerza y en el apoyo de los dioses. El humano Héctor escapa, víctima de la cobardía que todos los seres humanos arrojados a este mundo albergan en algún lugar. Dan tres vueltas a la ciudad sin parar, el feroz perseguidor y el aterrorizado guerrero. En un momento, Héctor cobra valor, se detiene y enfrenta a su enemigo. Ofrece un pacto de respeto al cuerpo del que muera, que Aquiles rechaza, obnubilado por el odio y la certeza de su poderío. Héctor sabe que llega su fin y lo acepta. En un acto del más fino heroísmo, decide morir dignamente, peleando.

Sin embargo, la escena más impactante de la Ilíada es el encuentro de Héctor con su mujer Andrómaca y su hijo Antiacte. Esta escena da origen a las cavilaciones de Zioja sobre el origen de la paternidad. El príncipe regresa a la ciudad luego de un día sangriento y recorre las casas de los barrios, habla con los hombres y mujeres, los alienta. Al llegar a palacio, conforta a Helena, quien se echa la culpa de haber iniciado la guerra. Luego, se dirige a sus aposentos.

Al entrar, ve a su hijo en manos de la nodriza y, sin quitarse el casco, se acerca al niño. Este se asusta y llora. El padre comprende que su casco con crines de caballo lo ha atemorizado y se lo quita. Vuelve a tenerlo en brazos y produce lo que Zioja llama "el gesto de Héctor". Lo levanta en el aire y pide a los dioses que ese hijo sea mejor que él y que continúe su misión de defender a la ciudad. Luego, mantiene un amoroso diálogo con Andrómaca. Su mujer le pide que no salga a combatir. Lo llama "esposo", "amante", "amigo", "hermano", "padre" y le ruega que no arriesgue su vida. El amor de Héctor y Andrómaca establecen el modelo del matrimonio occidental por los siglos de los siglos. Frente al llanto de su mujer, con lágrimas en los ojos, le recuerda que tiene un deber que cumplir, y se va. Como dice el profesor italiano, se produce la invención del padre en nuestra cultura. Se produce también la invención del patriotismo.

El amor de pareja es inventado por los griegos, es el amor de Héctor y Andrómaca. Allí se expone la sociedad patriarcal que hoy está en debate. ¿Podrán los cambios de la hora modificar esos contenidos inconscientes que dieron forma a la conducta humana por tantos siglos? Yuval Noah Harari ha dicho que sí, debido a la aceleración de las cosas en este siglo. El mismo Harari está casado con un hombre. Zioja lo pone en duda. Margaret Mead, una de las antropólogas más importantes, sostuvo que los cambios culturales son muy lentos y llevan generaciones enteras. Es posible hacerse las mismas preguntas sobre el patriotismo. Creo que, en tiempos en los que el individualismo, el egoísmo y la desvalorización del compromiso con los compatriotas parecen ganar la batalla, es posible pensar que la sombra de Héctor todavía mantiene ardiendo lo que nuestro poeta ciego llamó "ese límpido fuego misterioso".

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*La versión original de esta nota fue publicada en la revista DEF N. 125
**El autor es coronel (R) del Ejército Argentino, veterano de Malvinas y oficial de Estado Mayor.

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