
En una modesta capilla del barrio porteño de Flores, la capilla Beato Juan XXIII, nos esperaba el presbítero Carlos Galli. A pocos metros de allí, en la parroquia, en septiembre de 1953, un joven Jorge Mario Bergoglio sintió el llamado que cambiaría su vida: el camino hacia el sacerdocio. La cercanía no es una simple coincidencia geográfica. En este rincón de Buenos Aires, la escucha, la vocación pastoral y la fe forman parte de una identidad que todavía se respira.
El mundo de Galli –también profesor de la UCA– parece extenderse por los pasillos de una antigua casa chorizo. Allí, entre habitaciones y rincones, se acumulan cientos de libros que dan cuenta de una vida dedicada al pensamiento y a la fe. Algunos ya encontraron su lugar en los estantes; otros esperan, apilados sobre pequeñas mesas, que llegue su turno.
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“Gilda era católica”, dice –al ser consultado por DEF– en un momento de la conversación. También habla de la Difunta Correa y encuentra en su historia un gesto profundamente humano: dio la vida por su hijo. Para el padre, las expresiones de la religiosidad popular pueden convertirse en puertas de entrada al catolicismo. Detrás de esas figuras y devociones, reconoce valores, símbolos y una búsqueda de trascendencia que, muchas veces, acerca a las personas a la fe.
De la Iglesia asociada a la dictadura al regreso de la religión al espacio público
El padre Galli advierte un cambio en la manera en que los argentinos viven y expresan su fe, una transformación que también alcanza a los medios de comunicación. “En los 90, con los canales privados o de cable, casi ninguno abordaba el tema religioso. En ese tiempo, la televisión era secularista. El único que introducía algo era Crónica, por lo popular”, recuerda. Hoy, en cambio, considera que existe una mayor apertura: “Hay lugar para la religión”.
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Como ejemplo, menciona la celebración de San Cayetano: “Un canal popular no puede ignorar ese fenómeno”. Sin embargo, entiende que, para explicar este cambio, también hay que revisar la historia. “La violencia afectó mucho a nuestra sociedad, especialmente a mi generación. Entonces, la Iglesia quedó asociada a eso”, reconoce, en referencia a los vínculos de algunos sacerdotes con el régimen militar. De todas maneras, aclara, la institución también fue una de las grandes defensoras de los derechos humanos.

“Francisco les mostró que sí importan”: el legado de un Papa que puso a las periferias en el centro
Para el padre Galli, hay tres factores que explican la mayor presencia del catolicismo en la agenda pública. El primero es que la Iglesia se aggiornó: una nueva generación de obispos salió a hablar y a acercarse a la gente. El segundo es un mayor interés de los medios en la realidad religiosa. “Es un aspecto que no se puede esconder porque es la relación con Dios. Hay una apertura de generaciones de periodistas sin anteojeras”, sostiene.
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El tercer factor es el papado de Francisco. “Tuvimos, por primera y única vez en la historia, un Papa argentino. Desde nuestra pequeñez, supo salir un grande que, además, fue un gran Papa y el primer Papa global del siglo XXI”, afirma. Galli destaca la capacidad de Francisco para interpretar los cambios de época y acercar a la Iglesia a nuevos escenarios, especialmente a las periferias: los sectores empobrecidos, las personas con discapacidad y los países pequeños. Por eso, recuerda, Francisco priorizó sus viajes a América, Asia y África, incluso a destinos como Irak y Mongolia. “Les mostró que ellos también importan”, resume.
Aunque Francisco no pudo visitar la Argentina, Galli considera que la llegada de León XIV también despierta expectativas. “Es el segundo Papa de América. Nació en Chicago, pero fue misionero en Perú. Francisco lo hizo obispo en Chiclayo y luego lo llevó a Roma. Es un Papa latinoamericano también”, concluye, no sin antes subrayar que eso quedó al descubierto el día en el que lo eligieron como Papa: salió al balcón y habló en castellano.
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“No hay fe sin cultura”: las raíces de la identidad católica argentina
Para el padre Galli, “no hay fe sin cultura y toda fe se vive en un mundo. Nosotros la vivimos como argentinos”. Por eso, explica, la misma Virgen María adquiere distintas expresiones según cada región: por ejemplo, en Catamarca es la Virgen del Valle y en Corrientes, la de Itatí. “Es la misma Virgen, pero inculturada en una imagen que lleva siglos y que creó una devoción que congrega a un pueblo”, señala.

Galli define la fe como “un acto del corazón”, que se expresa en todos los aspectos de la existencia. Sin embargo, reconoce que no siempre hay coherencia entre lo que se cree y cómo se vive. “Estamos todos en déficit. Ninguno tiene superávit. En definitiva, todos estamos aprendiendo a ser cristianos”, reflexiona.
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Para él, la Argentina conserva una identidad mayoritariamente católica, aunque esa pertenencia no siempre se traduzca en la vida cotidiana. “No todo el que va a Luján, a San Cayetano o a misa vive plenamente conforme a su fe”, advierte. También subraya que creer implica un compromiso con la comunidad, la dignidad humana y el bien común, especialmente con quienes más lo necesitan.
Al analizar los sacramentos, pide evitar conclusiones apresuradas y considerar cada fenómeno en perspectiva histórica. Aunque no observa un aumento de los matrimonios religiosos, recuerda que tampoco crecen los civiles. En cambio, destaca el bautismo como el sacramento más popular y fundamental del catolicismo, ligado al don de la vida y a la transmisión de una orientación. “¿Qué es lo mejor que se le puede dar a un hijo? Que vaya a un buen colegio, puede ser. Pero también se le da una orientación de vida”, concluye.
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“La peregrinación a Luján es un invento argentino”: una religión con rasgos propios
“¿Qué pasó que la última peregrinación a Luján fue una de las más multitudinarias de la historia?”, le preguntó DEF al padre Galli. Para el sacerdote, la respuesta está en la fuerza de la religiosidad popular, que expresa la unión con Dios a través de María y los santos. “Luján es un santuario mariano. San Cayetano es el santo del pan y del trabajo, una devoción que llegó con la migración italiana. Muchos empezaron a recurrir a él porque necesitan trabajo. Es lo más básico”, explica. Y agrega que esas expresiones también están ligadas a la salud, la comida y las necesidades cotidianas: “Son las cosas que nos ligan a Dios, pero no para manguear, sino también para agradecer. Porque vivimos, y eso es un don de Dios”.

Galli entiende las peregrinaciones como una representación de la propia vida. “La religión es caminar juntos hacia una meta, que es Dios. En la vida, lo más importante siempre cuesta: amar, trabajar o tener un hijo. Los que lo hacen no piensan en cargarse con un sacrificio. Solo hay que caminar. La vida es eso”, reflexiona. También destaca el sentido comunitario de estas manifestaciones: “En Luján, el centro religioso de los argentinos, nos animamos entre nosotros y nos sostenemos”.
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Pero la fe popular no se expresa únicamente en los santuarios. También aparece en gestos cotidianos, como los futbolistas que hacen la señal de la cruz antes de entrar a la cancha, los tatuajes religiosos o los pequeños altares en las casas. “La gente más sencilla no tiene problema en manifestar su fe. Se encomiendan a Dios; no es superstición”, señala.
Al resumir esa identidad, Galli es contundente: “La foto del catolicismo argentino, a nivel popular, son los santuarios y la peregrinación”. Y destaca un rasgo propio de nuestra tradición: “El catolicismo argentino reúne lo mejor de nuestro pueblo, que es el mestizaje cultural. En nosotros, se juntan distintas formas de vivir la fe y diferentes santos y tradiciones”. Para el sacerdote, la peregrinación a Luján “es un invento argentino” que representa la capacidad del pueblo de manifestar “la fe y el amor, el afecto a Jesús y a la Virgen”.
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La fe más allá de la misa
Para el padre Galli, los argentinos tienen una manera particular de vivir la fe: “Los acontecimientos extraordinarios son momentos en que Dios nos toca y nosotros respondemos”. En ese sentido, menciona tanto las experiencias personales –un dolor familiar, una alegría, un bautismo o una primera comunión– como las manifestaciones colectivas. “Cuando hay que estar, estamos”, resume. Para el sacerdote, algo de esa respuesta podría volver a expresarse ante acontecimientos que movilicen emocionalmente a la sociedad.
Al referirse a las nuevas generaciones, evita hacer un diagnóstico general, aunque destaca la esperanza que encuentra en las manifestaciones populares. “Si yo veo la peregrinación, hay jóvenes que creen, esperan y luchan como pueden”, señala. También advierte que la asistencia a misa no puede ser el único parámetro para medir la identidad católica de una persona o de una comunidad. Si bien considera que la celebración eucarística ocupa un lugar central porque expresa el carácter comunitario de la fe, entiende que existen otras maneras de vivirla y transmitirla.
“No se puede evaluar el catolicismo de una persona o de un pueblo por si va a misa o no”, confiesa. Aunque agrega que el encuentro religioso permite compartir la palabra de Dios, la eucaristía y el acompañamiento de otros creyentes: “Salimos mejor de una misa; nos hace bien”.

Otro fenómeno que observa el sacerdote es la creciente combinación de creencias y prácticas religiosas, una tendencia que vuelve más difícil distinguir las distintas formas de vivir la espiritualidad. Sin embargo, aclara que no se trata de un fenómeno completamente nuevo y que es necesario abordarlo sin escandalizarse, con herramientas históricas y sociológicas. El desafío, a su entender, consiste en acompañar a las personas para que puedan comprender qué significa ser cristiano, sin desconocer que también es posible aprender de otras tradiciones.
Una Iglesia que escucha: “La figura del cura cambió”
Para el padre Galli, frente a las dificultades de la vida, es importante no atribuirle a Dios responsabilidades que corresponden a las personas o a las estructuras sociales. Sin embargo, reconoce que hay situaciones, como una enfermedad o la pérdida de un ser querido, que llevan inevitablemente a preguntarse por el sentido del sufrimiento. “Es lógico que algunos se confronten con Dios. Si Jesús en la cruz le preguntó ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’, es lógico que cualquier ser humano, en la mala, diga: ‘Dios, ¿por qué?’. La fe es pregunta, es duda, es interrogación, es cuestionamiento. Pero también es respuesta, entrega y confianza”, reflexiona.
Durante la conversación, le contamos que, en la parroquia San José de Flores, habíamos visto un espacio destinado exclusivamente a escuchar a quienes se acercaban. “La Iglesia tiene que ser un lugar de escucha”, reconoce. Para Galli, esa es una de las transformaciones impulsadas por Francisco a través de la sinodalidad: una Iglesia más participativa y cercana. “La figura del cura cambió. Antes era el que predicaba. Está bien que predique, pero hoy lo primero que se pide es que escuche”, comenta.
Esa presencia también se refleja en la expectativa que despierta la llegada de León XIV a Argentina. Galli cuenta que, cuando pasa por algún comercio del barrio, la gente le pregunta cuánto falta para su visita. “Eso es el tema de la presencia de la religión en la vida cotidiana, no siempre evaluable por termómetros sociológicos que miden la vida pública”, señala.
“Jesús llega a ellos”: la Iglesia frente al desafío de la discapacidad
Para dimensionar lo que puede significar una visita papal, recuerda los dos viajes de Juan Pablo II al país, en 1982 y 1987. El primero ocurrió durante la guerra de Malvinas y fue un gesto de cercanía con el pueblo argentino y un llamado a la paz. De aquella visita, rescata especialmente el mensaje dirigido a los jóvenes: “Hagan con sus manos una cadena de unión más fuerte que las de la guerra”. Cinco años después, el pontífice regresó en un contexto de consolidación democrática.
Galli sostiene que el impacto de una visita no se mide solo por la cantidad de asistentes, sino también por la experiencia personal de cada uno. Como ejemplo, recuerda la vigilia juvenil de 1987, cuando Juan Pablo II visitó el país, él pasó horas confesando a los jóvenes. “En un acontecimiento así, Dios toca. La necesidad de ser escuchado es enorme”, afirma. Para el sacerdote, allí está también el valor de la confesión: ofrecer un espacio para ser escuchado y pedir perdón.

Otro de los temas sobre los que Galli pone especial énfasis es la discapacidad y la importancia de que la Iglesia acompañe a quienes atraviesan esa realidad. Más allá de la discusión sobre las políticas públicas y los recursos destinados al sector, considera que el punto central es reconocer la dignidad de cada persona. Para el sacerdote, esa mirada también interpela a la sociedad frente a las distintas formas de exclusión y marginación. En ese sentido, destaca que la Iglesia debe reconocer plenamente a las personas con discapacidad, incluso en su vida sacramental: “Jesús llega a ellos también”.
“El Papa tiene que mostrar el amor de Jesús a todos, especialmente al más pequeño”
Para el padre Galli, el valor de una visita papal no se mide solo por las multitudes que convoca, sino también por su capacidad de acercarse a quienes suelen quedar al margen. Por eso, destaca las visitas a cárceles y a instituciones que acompañan a personas con discapacidad. “Es muy bueno que, en todo el mundo, cuando un Papa visita un pueblo, vaya a lugares no solo de encuentro con la multitud o con sectores relevantes, sino también con aquellos que nadie mira ni escucha. El Papa tiene que mostrar el amor de Jesús a todos, especialmente al más pequeño”, resume.
Antes de despedirnos, Galli nos regala una estampa de Mama Antula, la primera santa argentina, canonizada por Francisco. Aquella mujer que recorrió kilómetros para llevar los ejercicios espirituales a distintos pueblos también abrió su casa a figuras como Cornelio Saavedra y Manuel Belgrano. Su historia condensa algo de lo conversado: una fe que se pone en movimiento, sale al encuentro de otros y atraviesa generaciones.
Nos vamos de Flores con la estampa entre las manos. Afuera, el mundo continúa. Seguramente, en algún lugar del país, alguien prepara una peregrinación, enciende una vela o se detiene a rezar. Quizás allí esté la mejor fotografía del catolicismo argentino: una fe que, con sus contradicciones y preguntas, sigue encontrando formas de hacerse presente.
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