En un mundo convulsionado, hay un país asiático que está tomando un protagonismo inesperado. Acaba de superar a China como el territorio más poblado del planeta. Con una política exterior pragmática, ha conseguido sacar ventaja de las tensiones entre las potencias dominantes. Si bien adscribe a los valores de la democracia, las deudas internas siguen siendo múltiples y su gobierno es cuestionado por ONG y organismos internacionales de derechos humanos.
En este informe de DEF, te contamos cuáles son las luces y las sombras de la República de la India, una potencia emergente que está construyendo su propio espacio en el tablero del poder mundial. Por el peso de su economía y por su fortaleza militar, está llamada a jugar un papel central en la geopolítica global de este siglo. Nueva Delhi ya está dando muestras de su creciente ambición internacional y de su disposición a jugar fuerte en el escenario global.
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Bono demográfico y boom económico
La India se convirtió, este año, en el país más poblado de la Tierra: con sus 1425 millones de habitantes, ha superado a China y su promedio de edad es de apenas 28 años. Las proyecciones mundiales indican que más de un sexto de la población de entre 15 y 64 años que se incorporará al mundo del trabajo de aquí a 2050 provendrá de la India. Uno de los problemas es el de las futuras jubilaciones, ya que se estima que para 2040 el número de habitantes con más de 60 años se ubique en torno a los 240 millones. Por lo pronto, el Gobierno se propone aumentar la edad jubilatoria, que actualmente, con 54 años, es una de las más bajas del mundo.
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Por el lado de las finanzas, su PBI supera ya los 3,5 billones de dólares y se espera que alcance los 7,5 billones en 2030, con lo cual pasaría a ser la tercera economía del planeta y dejaría atrás a Japón y Alemania. Algunos analistas ya hablan de la India como “nueva fábrica del mundo” o “nuevo gigante manufacturero”. La agresiva política de atracción de inversiones está logrando el desembarco de colosos tecnológicos, como Dell, Apple, HP, Lenovo y Samsung.

Poderío militar y alianzas geoestratégicas
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En el ámbito militar, India cuenta con el séptimo ejército más poderoso del mundo. Su poderío nuclear, con un total de 164 ojivas almacenadas según el Instituto de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), lo convierte en un actor de peso tanto a nivel regional como internacional. Además cuenta, desde hace siete años, con su primer submarino nuclear: el INS Arihant, que puede transportar hasta 12 misiles K-15 Sagarika –con un alcance de 700 kilómetros– o cuatro misiles K-4 –capaces de recorrer hasta 3500 kilómetros–.
Con la mira puesta en un nuevo escenario multipolar, este ascendente país asiático forma parte de distintas alianzas y organizaciones. Es miembro de los BRICS, grupo que también integran Brasil, Rusia, China y Sudáfrica, y que cuenta desde 2015 con su Nuevo Banco de Desarrollo, presidido hoy por la exmandataria brasileña Dilma Rousseff. En el plano defensivo, se integró en 2016 como miembro pleno a la Organización para la Cooperación de Shanghái, cuyos mayores socios son China y Rusia y que también integran las exrepúblicas centroasiáticas soviéticas, Pakistán e Irán, este último incorporado en el pasado año.
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En plena efervescencia por la guerra en Ucrania, no está de más recordar que Rusia es el principal proveedor de armamento y equipos militares de la India, además de haberse convertido en el último año en uno de sus mayores suministradores de petróleo. Sin embargo, lejos de atarse de pies y manos, el gobierno de Nueva Delhi ha diversificado sus importaciones de equipamiento militar, incorporando equipos para sus FF. AA. procedentes de Francia, Israel y EE. UU., entre otros. También cabe desatacar la participación de la India en el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (Quad), junto a EE. UU., Australia y Japón, una suerte de contrapeso frente al avance de China en el Indopacífico.

Deudas sociales y tensiones políticas internas
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A pesar de su innegable crecimiento económico y su poderío militar, puertas adentro, el país aún enfrenta grandes desigualdades sociales, con 228 millones de personas viviendo en situación de pobreza extrema. La brecha entre ricos y pobres es un desafío persistente. El 1 % más rico de la población posee más del 40,5 % de la riqueza del país, mientras que el 50 % de la franja con ingresos más bajos posee apenas el 3 % de la riqueza total. Las minorías étnicas y religiosas también se sienten discriminadas, en un país marcado históricamente por estas tensiones, donde dos primeros ministros, Indira Gandhi y su hijo Rajiv, fueron asesinados por sectores extremistas de las minorías sij y tamil respectivamente.
En el ámbito político, el partido Bharatiya Janata (BJP) forjó en los últimos nueve años una sólida mayoría parlamentaria, aunque su gobierno es criticado por su retórica nacionalista e hinduista. En su informe de 2022, Amnistía Internacional aseguró que el gobierno indio “reprimió selectiva y ferozmente a las minorías religiosas, mientras que dirigentes de la esfera política y autoridades públicas hacían con frecuencia y de manera explícita apología del odio hacia esas mismas minorías, con impunidad”.
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La reciente condena judicial al líder del opositor Partido del Congreso, Rahul Gandhi –hijo del expremier Rajiv Gandhi– fue la última polémica que salpicó al Gobierno. El hasta entonces diputado fue privado de su asiento en el Parlamento por haber calificado de “ladrón” al primer ministro Narendra Modi, líder del BJP.
Mientras tanto, de cara a la Cumbre del G20 en agosto en Nueva Delhi, el gobierno de Modi ha aprovechado la actual presidencia del G20 para proyectar globalmente la imagen de la India como un “microcosmos del mundo” y un país abierto y dispuesto a jugar un rol positivo en el nuevo escenario global.
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