
Estamos finalizando un año duro y efervescente, en el que no estuvieron ausentes ni la guerra, ni las controversias, ni la corrupción estructural, ni las ambiciones desmedidas; tampoco los enfrentamientos de odio. Todo invita, una vez más, a pensar que no importa cuánto avance la tecnología y el conocimiento, la humanidad con sus miserias atrasará su supuesto gran destino; ese largo camino que Aldous Huxley nos invitaba a pensar en su utópica obra Un mundo feliz, ciencia ficción de 1932. Pero, desde entonces, no hemos dado un solo paso en la dirección correcta, pese a los extraordinarios avances de la ciencia y lo apabullante del futuro que enfrentamos. Es más, pareciera, como sucede en otras obras famosas de genios como Isaac Asimov y Ray Bradbury, que es este mismo progreso el que juega en contra de la humanidad si no logramos poner fin de manera clara y evidente a los abusos, la desigualdad y los atentados a la sustentabilidad del planeta, de los que venimos hablando desde hace tantos años, y la mayor parte de ellos con resultados vanos o inexistentes.
Tanto es así que los desafíos que enfrentamos se incrementan día a día, mientras la gobernanza global del planeta da pocas señales de tener el músculo para resolver los dilemas por venir. No es nuevo esto, pero sí grave, y ya no alcanzan las potencias y sus acuerdos, sino que estos retos solamente podrán ser resueltos si se logra una combinación de gobiernos, organizaciones internacionales, ONG, empresas e, incluso, individuos cuyos aportes se direccionen hacia la búsqueda de soluciones globales y si se acepta perder una parte del “todo”. De no hacerlo, iremos irremediablemente a una catástrofe general que, para peor, no sabemos por dónde llegará: ¿será ambiental?, ¿nuclear?, ¿sanitaria?, ¿será una recesión mundial?, ¿una guerra generalizada? Estas y otras son posibilidades que no requieren de una gigantesca imaginación para ser posibles. Ante este panorama poco alentador, no parece improbable que se haga realidad alguna de las grandes obras cinematográficas de Stanley Kubrick.
Miles de incógnitas sin develar

Y no es este un mensaje pesimista y negativo, sino que la globalización, con sus extraordinarios resultados y aciertos, lleva en su propia estructura la posibilidad de trasladar al mundo problemas puntuales al resto del planeta de manera instantánea. ¿O no es el COVID-19 un claro ejemplo de ello? Además, casi como una novela de fuerzas del bien y del mal que pugnan entre ellas, hay miles de incógnitas sin develar:
-La humanidad avanza a paso firme hacia una mayor esperanza de vida, con una mayor tasa de alfabetización, una menor mortalidad infantil, y hacia una reducción importante de la pobreza. También, se observa una internacionalización clara del acceso a internet, una mayor conciencia para evitar la proliferación nuclear y un imprescindible avance de los derechos de la mujer en casi todo el mundo.
-Ahora bien, esa misma humanidad es la que tiene mayores problemas medioambientales, riesgos de epidemias y pandemias, mayor desigualdad en el poder adquisitivo, mayor desempleo y aumento de la deuda global, mayor tasa de corrupción y una activa acción del terrorismo con acceso a armas cada vez más letales. Entonces, en ese laberinto borgesiano de posibilidades… ¿dónde estamos parados? ¿qué viene? ¿hacia dónde vamos?

Qatar y la guerra en Ucrania
Vivimos una ya larga guerra entre Rusia y Ucrania, con miles y miles de muertos y desplazados, y con un destino incierto e infinitas consecuencias; entre ellas, una grave crisis energética, producto de la suspensión del aprovisionamiento de gas a Europa y a otros países con crudos inviernos por vivir. Un buen ejemplo es el de la teoría del “efecto mariposa” de Edward Norton Lorenz, que vincula cómo un hecho menor, como el “aleteo de la mariposa”, puede repercutir en otro lado del mundo, con consecuencias amplificadas y efectos a mediano y corto plazo. Bien, esa teoría del caos une directamente a Rusia y su guerra con Qatar y su gas licuado.

¿Casualidad? Justo en estos tiempos mundialistas, creo que para nada se trata de una situación fortuita. Por el contrario, Qatar encontró su oportunidad, pero, previamente, invirtió fortunas en modificar su estructura de base para volverse un proveedor mundial convincente de una materia prima clave para el mundo –como es la energía, en este caso los hidrocarburos– y, de esa manera, desplazar a Rusia de su histórico lugar.Obviamente, Qatar estuvo en la boca del mundo entero antes, durante el Mundial y, seguramente, mantendrá un alto perfil en el futuro, luego de organizar un evento casi perfecto, el mejor de todos, sin dudas, tanto en servicios como en seguridad y eficiencia. Nadie podrá mensurar la emoción de Messi y del emir Tamim Bin Hamad al-Thani al colocarle el bisht al genio del fútbol en la coronación, esa capa negra destinada a los grandes mandatarios. Fue, decididamente, la gema perfecta para los qataríes reflejados en la persona más popular del mundo, más allá del deporte y de cualquier otra consideración.
En la victoria total, se oculta todo bajo la alfombra: las violaciones a los derechos humanos, la falta de garantías, la explotación de los obreros migrantes y los gigantescos actos de corrupción, que incluyen al que corrompe y, por supuesto, al corrompido, entre ellos, selectos integrantes del Parlamento europeo y, en el pasado, varios personajes vinculados a la FIFA. Nada que no haya ocurrido en otras épocas, pero aquí se pone de manifiesto con el impudor de los incontables millones de que dispone Qatar con sus minerales y gas licuado, entre otros cientos de miles de inversiones en el mundo.

Sin embargo, el augurio de una fulminante derrota geopolítica estuvo muy lejos de ocurrir. Ni hablemos dentro del mundo árabe y sus zonas de influencia, donde la cadena Al Jazeera de Qatar llega a una audiencia superior a 270 millones de personas. Doha y todo el país mostraron, casi de manera mágica, cómo en cuarenta años lograron crear un mundo prácticamente de ficción, con los lujos y servicios más avanzados del planeta y sin descuidar sus relaciones internacionales, su ambigüedad política y, mucho menos, sus inversiones y su diversificación para cuando cambien los vientos del petróleo y el gas. Alemania, Francia y el Reino Unido reciben infinitas inversiones qataríes, y aquí, aparece el doble estándar, pues no parece haber quejas ni objeciones morales por los derechos humanos u otras consideraciones de ese tipo. El equipo de la liga alemana Bayern Munich está patrocinado por Qatar Airways, y el Paris Saint-Germain –donde juegan los tres futbolistas estrellas del Mundial: Messi, Mbappé y Neymar– es propiedad de Qatar Investment Authority. Bancos, automotrices, energéticas y miles y miles de propiedades expandidas por el mundo empiezan a garantizar ese futuro. Jugando a dos puntas, el apoyo a terroristas por un lado y la cesión de la base Al Udeid a EE. UU. –la más importante en Oriente Medio– por el otro, el emirato va construyendo el camino del mañana. No es de extrañar que este mismo año Biden concediera el especial nombramiento de “Aliado importante extra-OTAN” a este singular país del Golfo.

Posibles cimbronazos
Llegamos así a la conclusión de un duro 2022, manteniendo algunos de los dramas conocidos, como el eterno retorno de una posible pandemia, con los mitos de la vacunación, las dificultades para muchos de un desarrollo sostenible y las pocas probabilidades de acceso a economías de mercados éticas y a la reducción de la brecha casi insalvable entre países ricos y pobres, entre personas ricas y pobres. Pensar en el 2023 conlleva prepararse para eventuales e importantes cimbronazos que los principales analistas del mundo anuncian como irreversibles. Entre ellos, se destacan:
-La seria posibilidad de una importante recesión en todo el mundo. Será “grave larga y fea”, según anticipó el economista Nouriel Roubini, famoso por anticipar la crisis de 2008. La posibilidad de la suba de las tasas de interés de la Reserva Federal de EE. UU. hace temblar a los países emergentes por sus consecuencias. De más está decir que nuestro país es uno de ellos, y que esto podría hacer olvidar rápidamente los bellos y esperados días de alegría que Messi trajo a nuestras vidas.
-Ucrania y Rusia, y su prolongado enfrentamiento con consecuencias imprevisibles. Vladimir Putin juega sus últimas cartas frente a Volodímir Zelenski, para muchos, el “hombre del año” por su patriotismo y determinación; y los augurios no son para nada halagüeños.
-Democracias en peligro: en muchos países emergentes de África y Latinoamérica, las crisis políticas y el descontento económico y social sacuden a democracias inestables y pierden peso ante propuestas autoritarias. También, en muchos países de Europa, grupos xenófobos y antisemitas avanzan con propuestas alarmantes que tienen cada vez más llegada a un electorado desilusionado.
-La guerra no declarada por la tecnología 5G y los semiconductores. Esta cuestión, probablemente maquillada por la ignorancia de muchos ciudadanos del mundo sobre su especificidad, sea tal vez la más dura de las confrontaciones entre China y EE. UU. El desarrollo de la red 5G de telefonía móvil y el acceso a los microchips más avanzados forman parte de la principal disputa entre Pekín y Washington, ya que en ello va el control de la tecnología de los próximos 30 años.
-Y, por último, otro gran problema global, que se agudizó con el estallido de la guerra en Ucrania: la crisis alimentaria. Según datos del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, alrededor de 870 millones de personas sufren desnutrición en el planeta. La situación se ha visto agudizada por un aumento en los precios de las materias primas agrícolas y por el cuello de botella que generó la invasión rusa, dado el bloqueo parcial de los puertos del mar Negro y el impacto del conflicto en el mercado de los fertilizantes.

Terminamos el año con preocupaciones y expectativas, aunque, como dice la canción “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”, no hay en la historia de la humanidad un momento en que un pensador no haya dicho: “En estos tiempos de crisis…”. Y nos repetimos, como ellos, sabiendo también que la sociedad global ha sobrevivido y que su capacidad de resiliencia siempre le permitió salir a flote. Pensemos, entonces, que siempre es posible soñar con un mundo mejor y pongamos toda nuestra energía y empeño en lograrlo. ¡Gran 2023 para todos!
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