
El mundo se pregunta si las apreciaciones iniciales sobre la guerra en Ucrania fueron erróneas o si lo que sucedió es que ha cambiado el sentido de los conflictos armados. Los enfrentamientos disimétricos –en los que se enfrentan fuerzas con capacidades operativas diferentes, pero con objetivos y estrategias similares– son de larga duración y en zonas urbanas, con operaciones convencionales y tácticas concretas. Sin embargo, los expertos occidentales exageraron el mito del poder militar ruso, minimizaron el poder militar ucraniano, ignoraron la corrupción en el ejército invasor, creyeron en las reformas militares rusas, exageraron las divisiones regionales y subestimaron la cohesión nacional en Ucrania.
“Zona gris”, la nueva doctrina bélica del Kremlin

La nueva doctrina rusa, creada por el general Valery Gerasimov, amplía el escenario de los conflictos armados y lo llama “zona gris”. Gerasimov interpreta que esta zona abarca mucho más que un mero enfrentamiento bélico, ya que allí participan tanto grupos y medios militares como no militares, y lo hacen incluso antes de que estalle el conflicto. Sus objetivos son sociales, económicos, humanitarios y políticos; en este último punto, lo que se busca es provocar un cambio de régimen. De esta forma, las acciones armadas son solo como una parte de la eventual solución del conflicto.
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Para clarificar este nuevo tipo de “diplomacia de zona gris”, se podrían determinar tres fases estratégicas bien definidas: la preparación, la ejecución y la estabilización estratégica.
La fase de preparación implica un inicio estratégico, donde se evalúa y se actúa sobre la vulnerabilidad del país enemigo y se comienza a minar la moral de sus FF. AA. Se agrega la preparación estratégica política, buscando fortalecer los movimientos separatistas y aumentar las tensiones locales en contra del gobierno de turno. La idea es explotar la situación a favor del eventual invasor, que debería asumir el papel de “libertador”. Posteriormente, entra en juego el nuevo papel del crimen organizado, con la intención de crear un caos social. Por último, se utiliza la desinformación para ejercer una presión política sobre los estamentos constituidos. Todo ello se interpreta como preparación operativa.
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La fase de ejecución comienza con la vulneración de la capacidad de resistencia en el ámbito del ciberespacio. ¿Cómo se logra? Por un lado, atacando sus sistemas C3I (comando, control, comunicaciones e inteligencia). Esta fase continúa con la de explosión, donde se activan las protestas masivas contra el gobierno. En lo militar, implica un ataque inicial a las plantas que producen energía y a los medios de comunicación. Continúa con ataques a las fuerzas del país defensor, debilitando sus defensas. Además, a medida que se avanza en la ocupación del territorio, se establecen nuevos centros de poder desde donde se distribuyen nuevos documentos de ciudadanía a la población ocupada que sea afín al invasor.
La última fase, llamada de “estabilización estratégica”, comienza con un referéndum en los territorios ocupados, donde supuestamente se legitima el control de estos y se completa el otorgamiento de ciudadanías, hasta llegar a cambiar los prefijos telefónicos similares a los del invasor e implantar transportes comunitarios propios del nuevo ocupante. Esta acción es el comienzo de la estabilización, que da paso a la secesión del territorio, seguida de la separación. En este avance, se anexa formalmente el territorio ocupado con presencia militar del país ocupante en dicho territorio. Para terminar esta seguidilla de acciones, se limita el movimiento en las zonas ocupadas, incrementando el “apoyo humanitario” como forma de evidenciar la imposibilidad de que los ocupantes se vuelvan a aliar con su país original.
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Un gigante con pies de barro

Ahora bien, si Rusia ha cumplido paso a paso con la doctrina Gerasimov de la “zona gris” en Ucrania, ¿por qué aún no ha logrado finalizar exitosamente el conflicto? Si hasta ahora se consideró a Rusia como una gran potencia, por ser un país con un gran poderío militar basado en el daño que podría infligir sobre cualquier enemigo y en cualquier forma de guerra, la escalada actual del conflicto no guarda relación con la esperada.
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La primera explicación radica en que Rusia ha introducido en sus FF. AA. reformas que han tenido una influencia limitada medida en términos de efectividad operativa de sus tropas. En muchos sentidos, el ejército ruso todavía se parece al antiguo ejército soviético en su mentalidad, estructura jerárquica, oficiales de mala calidad, bajos niveles de entrenamiento, indisciplina, logística deficiente y corrupción.
Durante los 22 años en el poder, Putin ha intentado “resovietizar” al país, pero no ha logrado el apoyo social esperado. El compulsivo reclutamiento en propio territorio y la ley marcial impuesta en los territorios conquistados demuestran que no cuenta con el respaldo de su pueblo. Por el contrario, Ucrania ha experimentado una “desovietización” desde finales de la década de 1980, que se acentuó en los últimos años tras la revolución del Euromaidan (2013-2014). Todo ello, en el marco de una sociedad civil dinámica y de un movimiento de voluntarios muy activo. La evolución del conflicto ha mostrado una visión errónea de la supuesta debilidad del Estado ucraniano, mal dividido entre una supuesta Ucrania occidental prorrusa y una Ucrania occidental prooccidental.
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Ucrania no solo ha tenido una evolución política, sino que ha preparado a sus FF. AA. para las nuevas guerras y no para los conflictos del pasado. Nunca hubo ninguna posibilidad de que el ejército ucraniano se desintegrara de la misma manera que lo hizo el ejército afgano el año pasado. Esa era la suposición errónea rusa. El elemento militar cuenta con elementos clave, que van desde la producción de inteligencia basada en el espacio hasta el empleo de armas autodirigidas de largo alcance y de sistemas antimisiles automatizados.

Rusia esperaba derrotar a Ucrania con armas más antiguas. Más allá de ser creadora de la doctrina Gerasimov sobre la guerra en la zona gris, Rusia ataca con una estrategia del siglo XX: movilización y ataque con tropas. Ucrania, en cambio, se defiende con estrategia del siglo XXI: recurre a la guerra híbrida en la zona gris. Mientras tanto, Occidente apoya a Ucrania también con una estrategia del siglo XXI: sanciones financieras y comerciales, y boicot de todo tipo a Rusia, sin acciones armadas.
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De precipitarse el fin del conflicto, esa situación provocará, al menos, un período en el que Ucrania y Occidente tendrían que coexistir con un Estado ruso debilitado y humillado, pero aún autocrático. Aunque las democracias occidentales defienden con razón la inviolabilidad de la autoridad civil sobre el liderazgo militar, los líderes políticos y diplomáticos rara vez tendrán la capacitación, el tiempo o la experiencia para convertirse en expertos en el uso de estas nuevas herramientas estratégicas para acercar la brecha entre el pensamiento civil y militar.
Interrogantes e incertidumbre de cara al futuro
Luego de analizar la evolución actual, se hace difícil plantear una prospectiva segura. No obstante, es necesario considerar una serie de aspectos que podrían desencadenar un incremento de la crisis.
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Una primera hipótesis es que la guerra continúe sin definición. En ese escenario, Rusia se desgastaría hasta convertirse en un actor internacional menos poderoso, o emplearía todo tipo de recursos para mantener su impronta internacional, apoyada en el mesianismo de su presidente. Cabe preguntarse si Putin se detendría luego de ocupar el este y el sur de Ucrania o seguiría hasta hacerse con el control de los “cinco mares”.
Otro interrogante que surge es qué haría Putin si se sintiese derrotado: ¿recurriría al uso de armas de destrucción masiva o desistiría de hacerlo? Y, en caso de una derrota cercana, ¿Moscú mantendría su estrategia actual, propia del siglo XX, o evolucionaría hacia una forma de guerra híbrida dentro de la zona gris?
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Desde Occidente, por su parte, cabe reflexionar sobre el impacto de las sanciones económicas y comerciales, sin ninguna acción de la OTAN que las acompañe. Por otro lado, existen dudas sobre la actitud de los países de la ex Unión Soviética: ¿brindarán apoyo a Rusia en una escalada del conflicto o evitarán hacerlo, para evitar la participación armada de la OTAN?
Pensando en un eventual acuerdo de paz, ¿estaría Ucrania dispuesta a detener la guerra a cambio de ceder el territorio del Donbás y hasta perder su salida al mar Negro? Adicionalmente, cabe preguntarse si una aceleración de la entrada de Ucrania en la OTAN serviría para prevenir otra invasión rusa o se incrementarían sus acciones.
Entonces, ¿sería realmente necesaria la participación de la OTAN y, en particular, de EE. UU., para finalizar el conflicto o eso derivaría en una escalada? Y, por último, ¿será necesaria la presión de China como aliado de Rusia para detener el conflicto, o China evitará involucrarse?

Lejos de resolverse, la guerra en Ucrania parecería encaminarse hacia un conflicto prolongado, con un estancamiento de las negociaciones. La nueva forma de guerra hace que un país considerado más débil no necesariamente colapse ante una invasión de un Estado más potente. La guerra híbrida en la zona gris mantiene más vigencia que nunca, aunque los mitos tengan siempre la posibilidad de ser derribados.
El autor de esta nota es coronel (R) del Ejército Argentino, magíster en Historia de la Guerra y licenciado en Relaciones Internacionales (UNLP), y se desempeña como director de la Editorial Universitaria del Ejército
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