
“Los hermafroditas —’aquellos de quienes se dice que reúnen en sí mismos los dos sexos’— han sido sometidos durante mucho tiempo a un régimen diferenciado.” Esa primera línea, escrita entre 1975 y 1978, suena hoy con una actualidad que su autor no pudo anticipar del todo. Michel Foucault dejó inconcluso un manuscrito que ahora llega al español bajo el sello Anagrama: Los hermafroditas, un texto inédito que iba a ser parte —quizás el capítulo inaugural— de un volumen de su Historia de la sexualidad dedicado a los perversos, y que quedó abandonado en un cajón del archivo cuando el filósofo viró su investigación hacia la Antigüedad grecorromana.
Foucault murió en 1984 sin retomarlo. Durante décadas, los especialistas sabían de su existencia por referencias cruzadas en otros textos, pero el manuscrito permaneció en la Biblioteca Nacional de Francia, en la caja 82 del fondo NAF 28730, esperando. En 2025 lo publicó Gallimard en francés; este año lo hace Anagrama en castellano, en edición de Henri-Paul Fruchaud y Arianna Sforzini, con prefacio de Sforzini y posfacio de Éric Fassin.
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Un archivo que siguió hablando después de 1984
La aparición de Los hermafroditas no es un caso aislado. El archivo foucaultiano ha ido entregando textos de manera progresiva y no sin controversia: en textos privados, entre ellos un “testamento de vida” escrito en 1982 antes de un viaje a Polonia, Foucault se manifestaba en contra de toda publicación póstuma, aunque en otras oportunidades había abogado por dar libertad a los textos con independencia de la voluntad del autor. Los herederos mantuvieron inicialmente una posición rígida, pero fue cediendo paso.

Así llegaron los cuatro volúmenes de Dits et écrits (1994), la publicación de sus cursos en el Collège de France y, en 2018, Las confesiones de la carne, el cuarto tomo de la Historia de la sexualidad que apareció treinta y cuatro años después de su muerte. Los hermafroditas pertenece a ese mismo río. Fue escrito en paralelo con Los anormales, el curso de 1974-1975, y con la edición de las memorias de Herculine Barbin, la persona intersexual del siglo XIX que en 1860 fue obligada médica y legalmente a cambiar su identidad de mujer a hombre, y que se suicidó. Barbin es el hilo conductor del texto: Foucault la leyó, la editó y la volvió a pensar, hasta construir con su caso una pregunta filosófica mayor: ¿necesitamos realmente un sexo verdadero?
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Quién fue Foucault y qué conceptos le debemos
Michel Foucault nació en Poitiers, Francia, en 1926, en una familia de médicos a la que desafió al elegir la filosofía. Estudió en la École Normale Supérieure, ocupó la cátedra de Historia de los Sistemas de Pensamiento en el Collège de France desde 1970 y murió de una enfermedad relacionada con el sida en 1984, en París. Su obra es transdisciplinaria: transita la historia, la filosofía, la sociología y la psicología sin instalarse en ninguna. Lo que le debemos no es un sistema sino una caja de herramientas —así llamaba él mismo a su trabajo. Algunos de esos instrumentos reformularon el pensamiento social del siglo XX: el concepto de poder-saber, que establece que el conocimiento y el poder no son independientes sino que se producen mutuamente; el de biopoder, que describe cómo las sociedades modernas gestionan y regulan la vida de las poblaciones a través de instituciones —hospitales, escuelas, prisiones— más que mediante la violencia directa; el de gubernamentalidad, que examina las racionalidades con las que se conduce la conducta de los individuos.
Foucault mostró que las categorías que parecen naturales —la locura, la criminalidad, la sexualidad— son históricas: surgieron en un momento preciso, fueron construidas por discursos e instituciones, y pueden por tanto ser cuestionadas. Esa operación intelectual, que combina el archivo con la genealogía nietzscheana, lo situó en el centro de las guerras culturales contemporáneas: es referencia obligada de los estudios de género y la teoría queer, y blanco de las derechas identitarias, que combaten exactamente lo que él mostró: que lo “natural” tiene fecha de nacimiento.
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El “sexo a elección” del siglo XVI
Los hermafroditas es un texto de unas 20.000 palabras —breve para un libro, extenso para un artículo— que recorre tres siglos de jurisprudencia y medicina europea para trazar la transformación en el trato que las instituciones dieron a las personas de sexo anatómicamente ambiguo. El recorrido va del siglo XVI al XIX. En el primero, el derecho reconocía la posibilidad de un “sexo de elección”: cuando la naturaleza no hablaba con claridad, el propio individuo —o su padre, o su padrino— podía declarar el sexo con el que viviría. Una vez elegido, ese sexo era definitivo e irrevocable, pero la elección existía. El hermafrodita tenía, en ese marco, una suerte de agencia limitada sobre su propia identidad. Foucault llama a este régimen, sin idealizarlo, relativamente tolerante: no porque la sociedad del Antiguo Régimen fuera progresista, sino porque su lógica jurídica necesitaba clasificar, no descubrir una esencia.

El giro ocurre en el siglo XVIII y se consolida en el XIX, el siglo de las taxonomías y los diagnósticos. El médico desplaza al juez, y con él llega una presunción diferente: cada individuo tiene un único sexo verdadero, oculto bajo las apariencias, que la ciencia debe revelar. El hermafrodita deja de ser un caso jurídico con derecho a declararse y se convierte en un objeto clínico que debe ser descifrado. Foucault lo rastrea en casos concretos: Marie Le Marcis, juzgada en 1601; Anne Grandjean, condenada en el siglo XVIII; los expedientes de anulaciones matrimoniales donde el hermafroditismo del cónyuge era invocado para invalidar el vínculo. En cada uno de ellos el filósofo detecta el momento en que la mirada institucional cambia de naturaleza: ya no busca resolver una ambigüedad sino descubrir una verdad supuestamente preexistente. Y al buscar esa verdad, la construye.
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El sexo verdadero como efecto del poder
El texto examina también la distinción —central en toda la obra de Foucault— entre sexo anatómico y sexualidad. Es aquí donde el manuscrito alcanza su mayor densidad teórica: lo que el siglo XIX llama “sexualidad” emerge precisamente del intento de determinar el sexo “verdadero” de quienes no encajan en ninguna de las dos categorías disponibles. La sexualidad, como dimensión relativamente autónoma de la identidad, no es una esencia que la medicina descubre: es un efecto del poder que la medicina produce. El hermafrodita se convierte, en ese proceso, en lo que Foucault llama “el perverso en carne y hueso”, el modelo de toda desviación futura. Con esa operación, la norma heterosexual queda fundada no en la naturaleza sino en la exclusión de quienes no cabían en ella.
Hasta hoy
El posfacio de Éric Fassin —sociólogo y especialista en estudios de género— es el que tiende el puente más explícito entre el archivo histórico y el presente político. Su recorrido es largo y conceptualmente denso: arranca en las tensiones entre Foucault y el feminismo, pasa por el concepto de género y su ausencia en la obra del filósofo, y desemboca en una lectura de los decretos de Donald Trump. El primero de ellos, firmado el 20 de enero de 2025, el día mismo de su segunda asunción al cargo, declaró que “la política de los Estados Unidos es reconocer dos sexos, masculino y femenino” y que “estos sexos no pueden ser modificados; están fundados en una realidad biológica fundamental e indiscutible”.
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Fassin lee esa declaración como el síntoma de un desplazamiento mayor: del vrai sexe que analizó Foucault —una verdad que la ciencia debía descubrir— se ha pasado a un “sexo de sentido común”, una tautología que no necesita demostración. “El trumpismo, a imagen del lysenkismo”, escribe Fassin, “opone una biología política a la biología de los biólogos” —siendo el lysenkismo la doctrina soviética que subordinó la genética a la ideología oficial, rechazando la ciencia establecida en nombre de verdades decretadas por el poder—.
La maquinaria de fondo es la misma que Foucault disecó en los expedientes del Antiguo Régimen; lo que cambió es que ya no se invoca la verdad científica sino que se la descarta. Leer Los hermafroditas hoy es menos un ejercicio de erudición histórica que un manual de reconocimiento: permite identificar, en los discursos actuales sobre el género, la misma operación de poder que Foucault rastrea en los tribunales del siglo XVII.
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El libro tiene 168 páginas y se divide en el manuscrito de Foucault —la parte central, aproximadamente la mitad del volumen— más el prefacio conceptual de Sforzini, que funciona como mapa de lectura, y el posfacio político de Fassin. Para quien llega a Foucault por primera vez, la edición es razonablemente accesible; para quien ya lo conoce, el manuscrito añade una pieza al rompecabezas de la Historia de la sexualidad que la muerte interrumpió en 1984. Cuarenta y dos años después, la pregunta que el texto deja abierta sigue siendo la misma: ¿quién tiene el derecho de decir qué sexo sos?
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