La neurociencia que explica por qué una canción nos define más de lo que creemos

Un libro de Susan Rogers y Ogi Ogas propone que la conexión con la música responde a un perfil individual, moldeado por la arquitectura cerebral, la historia personal y las asociaciones emocionales de cada oyente

El libro del día: "El pensamiento musical", de Susan Rogers y Ogi Ogas
El libro del día: "El pensamiento musical", de Susan Rogers y Ogi Ogas
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Susan Rogers y Ogi Ogas abren su libro con una pregunta que parece sencilla y resulta imposible de responder con exactitud: ¿por qué una canción puede detener el tiempo para una persona y pasar completamente inadvertida para otra? La respuesta que construyen a lo largo de El pensamiento musical es que la conexión con la música no es azarosa ni universal, sino el resultado de un perfil de escucha individual, compuesto por siete dimensiones que combinan la arquitectura neurológica de cada oyente, su historia personal y sus asociaciones emocionales.

El libro aborda preguntas que cualquier oyente se ha hecho sin respuesta: por qué ciertas melodías transportan al pasado en cuestión de segundos, qué ocurre en el cerebro cuando la música emociona, activa o consuela, cómo es posible que una canción provoque piel de gallina. A través de historias de estudio y hallazgos de la neurociencia cognitiva, Rogers propone que todos los oyentes poseen un perfil único y que la capacidad de comprender la música se amplía cuando se aprende a escucharla con mayor atención.

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El modelo que proponen, al que denominan Perfil del Oyente, funciona como una cartografía de los “puntos óptimos” musicales de cada persona: los elementos sonoros —un ritmo, una textura, un timbre específico— que generan una respuesta intensa y que varían de manera sustancial entre individuos. Rogers, formada en neurociencia cognitiva, llega a ese planteamiento desde un ángulo poco habitual para un académico: pasó años como ingeniera de sonido de Prince durante la era de Purple Rain y trabajó con artistas como Geggy Tah y Barenaked Ladies. Esa trayectoria le permite anclar las observaciones científicas en experiencias concretas de estudio, y el libro oscila entre ambos registros.

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La conexión con la música no es azarosa ni universal, sino el resultado de un perfil de escucha individual (Crédito: Freepik)

La popularidad musical vive entre lo conocido y lo desconocido

Una de las ideas más productivas del libro es la curva que Rogers traza entre novedad y popularidad. En un extremo del espectro se ubican las obras más simples y familiares; en el otro, las propuestas que desafían las convenciones establecidas. La popularidad alcanza su punto más alto en una zona intermedia, donde conviven elementos reconocibles con otros que el oyente todavía no ha procesado del todo.

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Lo que el libro añade a esa intuición es una dimensión histórica: la forma de esa curva se mantiene entre generaciones, pero se desplaza. Lo que hoy suena experimental puede ser recibido como familiar en el futuro, una vez que el público asimila determinadas innovaciones sonoras. Rogers llama a ese mecanismo de detección “cerebro productor discográfico”, y lo presenta como algo que opera de forma automática en cada oyente, por debajo del juicio consciente.

El perfil tampoco es estático. Puede modificarse con la edad, con los vínculos afectivos y con los distintos momentos de la vida. El libro conecta esa maleabilidad con algo más amplio: la elección musical como expresión de identidad. Cambios visibles en los géneros preferidos, sostienen los autores con respaldo en investigaciones empíricas, suelen ser leídos por el entorno como señales de una transformación personal más profunda.

Mujer mayor con suéter amarillo y collar de perlas que sostiene unos auriculares blancos sobre sus oídos.
El perfil tampoco es estático. Puede modificarse con la edad, con los vínculos afectivos y con los distintos momentos de la vida (Imagen Ilustrativa Infobae)

La vergüenza por una canción revela más sobre la identidad que la canción misma

El concepto de “placer culpable” es uno de los ejes más sugerentes del libro. La reacción espontánea ante una canción puede entrar en conflicto con la imagen que alguien quiere proyectar, y esa tensión —entre lo que se siente y lo que se considera aceptable— es, para Rogers y Ogas, un dato revelador sobre el oyente.

El libro conecta esa idea con la distinción del psicoanalista Donald Winnicott entre el verdadero y el falso yo. Bajo esa lectura, la incomodidad por disfrutar cierta música no respondería a la música en sí, sino a la distancia entre una respuesta emocional genuina y una identidad pública moldeada por expectativas sociales o jerarquías de prestigio cultural.

Rogers cuenta que, en los momentos tranquilos del estudio, acostumbraba a preguntarles a los productores por su placer culpable: “Un disco que te daría vergüenza admitir que te gusta”. Esas confesiones, señala, podían revelar aspectos de la identidad musical que las personas preferían mantener ocultos. El propósito del Perfil del Oyente es precisamente ese: identificar por qué un ritmo o una voz resultan atractivos, antes de que intervenga su valoración social.

Una anécdota recogida en la obra condensa esa idea. “Una vez me dijeron que ‘a nadie le gusta tu música’”, recuerda la autora, antes de señalar que esa frase puede ser literalmente cierta desde la lógica del modelo: no existe un oyente promedio ni una combinación idéntica de experiencias, recuerdos y predisposiciones neurológicas. Cada perfil es, en ese sentido, singular e irrepetible.

El libro cierra su argumento en el mismo lugar donde lo abre: en la experiencia de enamorarse de una canción sin saber del todo por qué. La respuesta que Rogers y Ogas ofrecen no disuelve ese misterio, pero sí lo hace más legible.

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