Mark Alizart, filósofo francés: “No es el ser humano quien inventó la informática, es la informática la que creó al ser humano”

Del bit al espíritu: cómo este joven pensador sacudió los cimientos de la metafísica occidental proponiendo que el universo no está hecho de materia sino de un código informático viviente que nos programó desde el origen de los tiempos

Mark Alizart, filósofo francés: “No es el ser humano quien inventó la informática, es la informática la que creó al ser humano” (Foto: Franco Fafasuli)
Mark Alizart, filósofo francés: “No es el ser humano quien inventó la informática, es la informática la que creó al ser humano” (Foto: Franco Fafasuli)
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En 2017, las librerías parisinas recibieron un pequeño volumen de tapa sobria pero con un potencial sísmico en su interior. Se titulaba Informatique céleste (“Informática celestial”) y llevaba la firma de Mark Alizart, un filósofo y gestor cultural que ya venía haciendo ruido en los círculos intelectuales tras su paso por la programación del Centre Pompidou y la dirección adjunta del Palais de Tokyo. En sus páginas se leía: “No es el ser humano quien inventó la informática, es la informática la que creó al ser humano”.

Para el lector desprevenido, la frase puede sonar a provocación de ciencia ficción o a un eslogan transhumanista de Silicon Valley. Sin embargo, la operación que realiza el autor es estrictamente inversa. Lejos de querer reducir nuestra humanidad a la frialdad de un microprocesador, Alizart eleva la informática a la categoría de una nueva teología secular. Nos invita a mirar el cosmos no como un amontonamiento de rocas, átomos y energía ciega, sino como un inmenso flujo de información.

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Para entender el nacimiento de Informatique céleste (que no se editó en español), es necesario revisar su clima de época. Promediando la década de 2010, el debate filosófico global estaba empantanado. Por un lado, el existencialismo tradicional parecía no tener respuestas ante el avance avasallador de los algoritmos de Google o Facebook. Por el otro, corrientes pesimistas pregonaban el fin del humanismo a manos de las máquinas. Alizart rompe ese callejón sin salida con una genialidad conceptual.

En lugar de teorizar sobre cómo las computadoras nos están transformando, rastrea la genealogía del código hacia atrás, hasta el Big Bang. Apoyándose en descubrimientos de la física cuántica y la biología molecular, el filósofo nos recuerda algo evidente pero sistemáticamente ignorado: el ADN es, en términos técnicos, un software de almacenamiento y procesamiento de datos. Cuando la naturaleza ensayó las primeras cadenas de aminoácidos estaba ejecutando un programa de computación biológica.

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Portada de un libro granate con el título Informatique céleste y el nombre Mark Alizart, situada sobre un fondo a juego desenfocado.
"Informatique céleste" de Mark Alizart (Imagen Ilustrativa Infobae)

Bajo esta luz, cuando científicos históricos como Alan Turing o John von Neumann diseñaron las primeras computadoras a mediados del siglo XX, no “inventaron” nada artificial. Lo que hicieron fue externalizar, mediante el silicio y el metal, el mismo principio de procesamiento de información que la naturaleza ya venía utilizando para esculpir el universo y, eventualmente, darnos la vida. Nosotros no creamos la informática; la informática nos precedió y nos programó. Somos su criatura.

Esta frase no es un destello aislado: condensa de manera milimétrica el núcleo de todo el sistema filosófico de Mark Alizart. Si uno analiza sus obras posteriores, descubre que Informatique céleste es la piedra fundacional de su trilogía de la modernidad. En Criptocomunismo (2019), el autor traslada esta tesis al terreno de la economía política, argumentando que si el dinero es información codificada, los protocolos como el Bitcoin pueden liberar el valor humano del control monopólico de los bancos.

En Golpe de Estado climático, libro publicado en el año 2020, aplica la misma lógica a la ecología, señalando que la destrucción de la biósfera es, fundamentalmente, la introducción de entropía (ruido/error) en el perfecto sistema operativo de la Tierra. Incluso en su delicioso y viral ensayo titulado Perros (2018), los animales son vistos como “descarriladores ontológicos” que nos reconectan con la información afectiva pura, libre de los virus conceptuales del lenguaje humano.

La importancia radical de Informatique céleste radica en su capacidad para devolverle la dignidad y la esperanza al ser humano en plena era digital. En un presente dominado por el pánico hacia la Inteligencia Artificial y el control algorítmico, la lectura de Alizart es un bálsamo de audacia intelectual. Al comprender que formamos parte de ese gran tejido informático universal, la tecnología deja de ser un monstruo alienígena que viene a devorarnos. Se convierte, en cambio, en nuestro espejo más fiel.

Mark Alizart es un filósofo, escritor y gestor cultural francés nacido en Londres el 14 de abril de 1975. Hijo de padre mauriciano y madre alemana, creció en Toulouse y se formó en la Sorbona de París, donde se especializó en filosofía de la técnica (Foto: Franco Fafasuli)
Mark Alizart es un filósofo, escritor y gestor cultural francés nacido en Londres el 14 de abril de 1975. Hijo de padre mauriciano y madre alemana, creció en Toulouse y se formó en la Sorbona de París, donde se especializó en filosofía de la técnica (Foto: Franco Fafasuli)

Martin Heidegger dijo que, si el avance desbocado de la técnica moderna deshumaniza al mundo, “solo un Dios puede salvarnos”. Alizart propone que “es la informática la que salvará al mundo”. El desafío de nuestra era —parece decirnos el pensador francés— no es desenchufar las máquinas para volver a un pasado natural idílico que nunca existió, sino aprender a programar el futuro con la misma sabiduría emancipada, comunitaria y vital con la que la informática celeste nos programó a nosotros.

¿Quién es Mark Alizart?

Mark Alizart es un filósofo, escritor y gestor cultural francés nacido en Londres el 14 de abril de 1975. Hijo de padre mauriciano y madre alemana, creció en Toulouse y se formó en la Sorbona de París, donde se especializó en filosofía de la técnica. Fue encargado de programación en el Centre Pompidou (2001-2006), director adjunto del Palais de Tokyo (2006-2011), consejero del Ministerio de Cultura de Francia y director de proyectos de mecenazgo para el conglomerado de lujo LVMH.

Coordinó publicaciones colectivas como Fresh Théorie (2005) y trabajos sobre el teórico Stuart Hall, para luego consolidar su voz propia mediante ensayos como Pop théologie (2015), Informatique céleste (2017), Perros (2018), Criptocomunismo (2019), Golpe de Estado climático (2020) y Dark Tintin (2023). Muchas de sus obras han sido ampliamente traducidas al español, algunas por la editorial argentina La Cebra, convirtiéndolo en una referencia en el pensamiento crítico contemporáneo.

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