
Toda historia tiene su contrahistoria. Sobre todo, en la cultura popular. ¿Acaso La Mona Lisa de Leonardo da Vinci no es, además de una obra del refinado Renacimiento italiano y un documento invaluable de la historia del arte, un producto masivo? La historia oficial dice que la mujer retratada en el lienzo que cuelga del Louvre se llamaba Lisa Gherardini, esposa del comerciante Francesco del Giocondo. Pero hay una contrahistoria: La Gioconda es, en realidad, Pacífica Brandani, una “madre muerta”.
Así empieza el nuevo libro de Alicia Dujovne Ortiz, un “ensayito personal” que acaba de editar el sello Primavera Revólver. “Número treinta y uno de la lista de sus predecesores, y escrito rozando mis ochenta y siete años, Los nombres de mi madre es mi último libro”, escribe en el prólogo. El libro aborda la pintura más famosa del mundo preguntándose cómo opera lo maternal en esta obra y en las biografías que la bordean. Y al ser un “último libro”, tiene la pátina agridulce de las despedidas.
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Cuando observamos La Mona Lisa, ¿qué nos devuelve esa imagen? Dujovne Ortiz escribe: “La miré, me devolvió la mirada como acostumbraba hacerlo. Sí, una madre. Ese rostro lleno, con el óvalo ligeramente deformado, y esas manos puestas sobre el vientre con infinito esmero, protegiendo en las sombras a alguien que ya casi se ve”. De pronto estamos en los albores del siglo XVI y Leonardo da Vinci le confiesa al clérigo Antonio De Beatis que ese cuadro lo pintó “a instancias de Giuliano de’ Medici”.

Ahí se abre la historia. Giuliano de’ Medici, “descendiente de una familia de mercaderes sin una gota de sangre azul”, mecenas y amigo de Leonardo, pero también un “libertino” y cortesano del ducado de Urbino, tuvo un hijo que no aceptó. La madre era Pacífica Brandani, habitué del palacio, que, sola, decidió dejar al bebé “sobre las frías losas de Santa Chiara”. Ella murió por complicaciones del parto, a pocos días de dar a luz. Giuliano volvió a Urbino. Era tarde: Pacífica había muerto. El niño lo estaba esperando.
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Alicia Dujovne Ortiz, siguiendo una investigación del historiador del arte Roberto Zapperi, profundiza en la historia de Pacífica y en un pedido triste, aunque valioso, el de Giuliano a Leonardo: un retrato. Pero, se pregunta en el libro, “¿de quién era el retrato imaginativo, vale decir, sin modelo a la vista, que le estaba solicitando y, sobre todo, para qué se lo pedía, y para quién?” “Para el pequeño Ippolito. Para ese chico de cuatro años que acaba de conocer a Filiberta de Savoya, la esposa de su padre”.

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La historia oficial de Da Vinci, narrada por Giorgio Vasari en su libro de 1550, Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos, parece perder “en parte” su verosimilitud: “Digo bien en parte, como si en relación con esta, y quién sabe si no con la mayoría de las historias, las cosas sucediesen por mitades, tercios, cuartos, octavos, de modo que creemos observarlas en con catalejo y en realidad el ojo lo hemos puesto en un caleidoscopio”. No importa: “La verdad entera no es de este mundo”.
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¿Y a quién pinta si Pacífica ya estaba “muerta dos veces: una de parto y otra de olvido”? La técnica, la sfumatura, y los colores, bien oscuros, responden a lo mismo: está lejos, está muerta. “Dos veces muerta”, subraya Dujovne Ortiz, pero “no solo por el parto y el olvido, sino porque fue dos”: no solo fue Pacífica, también Caterina, la madre de Da Vinci. Y con esa hipótesis en la mano, la autora tira del hilo para profundizar en esta trama donde una “divinidad burlona se divierte a costa de nuestro error”.
No lo saben. No tienen por qué saberlo. Las nueve millones de personas que visitan el Museo del Louvre cada año —el 80% va solo por La Mona Lisa— ni se imaginan que están cayendo en una trampa doble. Por un lado: marketing cultural. Que el cuadro de Da Vinci sea el más famoso de toda la historia del arte se debe fundamentalmente a la cobertura mediática que recibió tras el robo de 1911. La fiebre fue tan grande que, hasta que fue recuperado en 1913, la gente hacía filas para ver el hueco en la pared.
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Por otro lado, el placer del arte requiere competencias, saberes, contexto. Sin embargo, si hay predisposición, aparece eso que Hubert Damisch llama efecto de captura: la capacidad que tiene la propia obra —para Damisch, un cuadro es un “aparato óptico activo”— de abandonar su pasividad decorativa y “asaltar” al espectador para que pase de ser un sujeto observante a un objeto observado. El viejo aforismo nietzscheano: “Cuando mirás largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro tuyo”.
Para ingresar en aquel Renacimiento, Dujovne Ortiz no solo se pone las prendas de una narradora y las de “apenas” una periodista, también las de la artista. Pintaba en su juventud y, seis décadas después, volvió “con el ardor de siempre”. El lunes pasado se inauguró una muestra suya en París junto a la artista argentina Ruth Arbiser que se puede visitar hasta el 27 de septiembre en S, une Galerie, que está dentro del café Le Sélect. La exposición se titula Intérieur Brut (en español: Producto Bruto Interno).
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Alicia Dujovne Ortiz nació en Buenos Aires en enero de 1939, hija de dos militantes: la escritora feminista Alicia Ortiz y el editor comunista Carlos Dujovne. Se exilió en Francia en 1978 y desde entonces allá vive. Su obra incluye poesía, novela y las biografías de personajes como Eva Perón, María Elena Walsh y Diego Maradona. Su libro anterior, titulado Andanzas, de 2023, es una trilogía autobiográfica. Con Los nombres de mi madre, dice, cierra su producción literaria: se retira de las letras.
“Pero vayamos al Leonardo que en 1513 está en Roma pintando a la madre solicitada por su mecenas”, retoma sobre el final del libro. Es una madre que “va a existir para que un niño la mire”, por eso el enigma de sus ojos: “Imposible hacerla dirigir su mirada hacia ninguna otra dirección. La posición que ha tomado su cabeza requiere que la fije en un punto situado frente a ella. Un punto donde está el hijo”. Pero hay otra hipótesis, dice Dujovne Ortiz: Leonardo pintó a Caterina, “no para ningún niño sino para sí mismo”.
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Caterina es el otro gran personaje del libro. Campesina local para algunos, esclava extranjera para otros, tuvo que abandonarlo cuando tenía apenas unos meses de vida. Hubo un reencuentro, cuatro décadas después: vivieron juntos un año entero en la corte de Milán hasta que enfermó y murió. La Mona Lisa, aquel retrato de una “madre dos veces muerta”, que es Pacífica, que es Caterina, pero también algo más, escribe Dujovne Ortiz: la madre de “cualquier ser humano capaz de reconocerse en sus ojos”.
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