La belleza de la semana: el pavo real de oro, el cisne que atrapa peces y otros increíbles autómatas de un genio olvidado del S. XVIII

Orfebre, inventor y maestro de la publicidad, el joyero londinense James Cox construyó relojes mecánicos que deslumbraron a Oriente y eclipsaron a todos los museos de su época, pero por su ambición no pudo evitar la quiebra

El reloj del pavo real es reloj autómata que presenta tres pájaros mecánicos de tamaño real. Fue fabricado por el empresario James Cox en la segunda mitad del siglo XVIII y por influencia de Grigory Potemkin fue adquirido por Catalina la Grande en 1781. Hoy es una exhibición destacada en las colecciones del Museo del Hermitage en San Petersburgo.
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Nadie recuerda a James Cox. Ni siquiera Google. O por lo menos considera más relevantes a otros con el mismo nombre. En una búsqueda: un político y magnate de los medios de los ‘20; un director de cine, un multimillonario, otro político, un profesor universitario, un destacado quiroprático y otra vez, el multimillonario, una y otra vez, todos de Estados Unidos, por supuesto. Y tras muchos clicks, nada, de aquel orfebre y joyero, que creó algunas de las piezas más maravillosas del siglo XVIII.

James Cox (1723-1800) pasó a la historia por sus autómatas y relojes mecánicos, piezas que no solo alimentaron la fascinación londinense por las maravillas técnicas, sino que también encontraron mercado en India y China y llegaron a influir en el comercio británico con Asia.

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Entre sus obras más conocidas figuran el El cisne plateado, construido en 1773 junto con John Joseph Merlin, y el aún más grandioso, pero menos conocido, Reloj del Pavo real, que hoy se encuentra en el Museo Hermitage de San Petersburgo. A esa lista se suma otra masterpiece, aunque no tan espectacular a la vista: un reloj impulsado por presión atmosférica, entre muchas otras piezas pensadas para el hogar.

Se sabe que Cox inició su carrera como joyero al menos en 1751, aunque su reputación como orfebre continúa en disputa. Si bien era reconocido, nunca perteneció al gremio, por lo que se cree que subcontrataba buena parte de la producción. De alguna manera, Cox hacía lo que muchos artistas antes y después de su tiempo: tener la idea, armar el proyecto y poner la firma, pero que el trabajo duro lo hagan otros.

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En 1741, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales trasladó desde la India hasta Róterdam a una rinoceronte llamada Miss Clara; el animal fue exhibido en las cortes europeas, desatando así casi dos décadas de rinomanía».

De hecho, tuvo colaboradores destacados, como el escultor británico Joseph Nollekens, considerado el mejor de su tiempo en las islas, y el pintor alemán neoclásico Johann Zoffany. Aunque el más recordado de todos fue Merlin, nacido en la actual Bélgica, que también destacó como luthier y, sobre todo, por haber inventado los patines en línea, los famosos roller, por 1760. Por supuesto, ni él ni su familia vieron un centavo del boom de ventas que estos tuvieron durante más de un siglo después.

Los trabajos de Cox sobresalían por su combinación de piezas con oro, plata y piedras preciosas, conocidas como “sing-songs”; sus piezas -en ese sentido- no tenían nada que envidiarle a los huevos de Fabergé. Esa sofisticación encontró interesados en Extremo Oriente, sobre todo en India y China, donde el emperador Qianlong tuvo uno de sus autómatas, con forma de carro que despertó gritos de admiración y aplausos cuando fue presentado.

Pero Cox fue más que un exportador, sino un emblema diplomático del entonces Imperio Británico. En China, su negocio fue bandera para equilibrar las relaciones comerciales, ya que ayudaron a establecer un equilibrio mercantil en torno al té que se producía en Asia y consumía en las islas. Sin embargo, como en todo, su éxito comenzó a flaquear cuando la oferta superó la demanda de un mercado oriental saturado. Los ricos que podían comprarle, ya lo habían hecho.

Para la década del ‘70 quebró y debió liquidar todo en Christie’s y con lo que no se remató se creó el museo que llevaba su nombre en Londres, que fue un éxito de público. Entre 1772 y 1776, la muestra de Cox eclipsó a las demás exhibiciones de la ciudad, aún teniendo la entrada más cara de cualquier museo de la época.

Reloj del Pavo real,  en el Museo Hermitage
El Reloj del Pavo real, en el Museo Hermitage

La popularidad del museo también se apoyó en su gran capacidad para manejar la publicidad: editó varios catálogos y reunió una colección de publicaciones elogiosas, textos que habían aparecido antes en distintos periódicos londinenses y que, en algunos casos, probablemente fueron promovidos por él mismo.

Cuando el suceso comenzó a mermar, otra vez, tuvo una nueva idea: aspiró al patrocinio real y, como era habitual en la época, exhibió retratos de la realeza dentro del museo. No lo logró. Y al poco tiempo tuvo que desarmar y rematar sus piezas. El genio de la autómatas, volvió a caer en desgracia.

Sin dudas, la pieza más magnífica que lo sobrevive es el Reloj del Pavo Real, adquirido por Catalina la Grande en 1781 por influencia de Grigory Potemkin, que combina un reloj de mesa inglés con carrillón y tres aves mecánicas de tamaño natural en un sistema de cuatro mecanismos que aún hoy requiere supervisión especializada para funcionar.

En la actualidad, el mecanismo del reloj funciona de manera continua, pero los animales solo se activan una vez por semana para preservar la estructura antigua, mientras una pantalla junto a la vitrina muestra el funcionamiento interno de la obra.

El autómata que presenta tres pájaros mecánicos de tamaño real. Hoy es una exhibición destacada en las colecciones del Museo del Hermitage en San Petersburgo.

El reloj presenta una escena natural armada sobre un tronco de roble. En el centro se alza el pavo real; a la izquierda, un búho dentro de una jaula esférica rodeada por 12 campanas; a la derecha, un gallo dorado montado sobre una rama vertical. La función horaria queda disimulada dentro de un gran hongo situado delante del tronco.

El conjunto contiene cuatro mecanismos independientes. Tres están destinados a las aves y el cuarto corresponde al reloj. La conexión entre esas partes se resuelve mediante un sistema de palancas largas que garantiza el orden de activación. Para poner en marcha a los animales hay que dar cuerda con una manivela acoplable y una llave de reloj; una vez cargado, el ciclo puede repetirse cada hora durante unas 8 a 10 horas.

La pieza arribó a la Rusia imperial en 1781, pero quedó guardada e inservible durante años porque había llegado a San Petersburgo desde Londres por mar, desarmada y en cajas, con varias partes dañadas tras el viaje. Nadie sabía ni entendía cómo devolverla a la vida.

Diez años después, Potemkin le encargó el trabajo mecánico autodidacta Iván Kulibin, conocido por sus relojes y proyectos de ingeniería. Sin planos ni manuales, el relojero optó por desmontar el mecanismo pieza por pieza para entender su funcionamiento y rearmarlo mientras corregía fallas y daños. Durante la reparación, un incendio en el taller obligó a sacar el reloj con apuro y se perdieron piezas, que Kulibin fabricó desde cero. Luego de tres años, el pavo real volvió a levantar sus plumas.

El Cisne de plata (Silver Swan) ]es un autómata que data del siglo XVIII y se encuentra en el Museo Bowes

A lo largo del tiempo, se descompuso varias veces y no existía documentación técnica. La restauración se basó únicamente en la observación directa, del mismo modo en que había ocurrido desde el inicio de su construcción, por lo que en 1994 el museo creó un laboratorio especial para relojes y mecanismos musicales, y solo a partir de esos cuidados específicos la marcha del autómata logró garantizarse.

La otra gran pieza es el Silver Swan, que se exhibe en el Bowes Museum, Durham, cuyo mecanismo permite que eleve el cuello, gire la cabeza y aparente recoger pequeños peces que nadan frente a él. Originalmente había una cascada detrás, también de barras de vidrio móviles, que fue robada mientras estaba de gira. Su secuencia de movimiento se demuestra a diario.

El autómata fue exhibido en la Exposición Universal de París de 1867, donde el escritor estadounidense Mark Twain lo describió en su libro Guía para viajeros inocentes: “Tenía una gracia viva en su movimiento y una inteligencia viva en sus ojos”.

El artefacto cambió de manos varias veces y, en febrero de 2017, pasó seis semanas en el Museo de Ciencias de Londres dentro de una exposición dedicada a robots.

Lo autómatas de Cox nos hablan de una época de descubrimiento y si bien su origen se remontan hasta la Grecia clásica, pasando por el Libro de mecanismos ingeniosos de los hermanos persas Banū Mūsā en el medioevo, fue recién con el británico que se convirtieron en un objeto de consumo y decoración, de millonarios por supuesto.

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