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La historia del hombre que construyó el imperio de Augusto y fue borrado de la historia de Roma

‘Precipice’, la novela del autor británico Robert Harris, toma como protagonista a Marco Agripa, el general del imperio al que la historia oficial apenas dedicó dos menciones

El libro del día: "Precipice", de Robert Harris
El libro del día: "Precipice", de Robert Harris
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Robert Harris reconstruye en Precipice el tramo decisivo que va de la guerra civil romana al ascenso de Octavio como Augusto, pero lo hace desde la voz de Agripa, el colaborador militar sin el que, sostiene la novela, el heredero de César no habría llegado al poder y que luego quedó casi borrado del relato oficial.

La apuesta del libro no está en volver a narrar el asesinato de Julio César o la batalla de Accio desde los nombres más conocidos, sino en desplazar el foco hacia un personaje mucho menos recordado. Harris parte de un dato central: Agripa dejó “ningún discurso, pocas cartas y apenas un par de frases de cita directa”, aunque fue “corregente efectivo del mundo romano durante muchos años” y “el mayor general de la época”.

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Ese contraste organiza toda la novela. Octavio aparece como vanidoso, inteligente, enfermizo, ambicioso, manipulador y susceptible; Agripa, su amigo de infancia y único hombre en quien confía a medias, surge primero como una figura física, casi rudimentaria, más inclinada a pelear que a teorizar.

La reseña detalla que el primer encuentro entre ambos ocurre cuando Agripa golpea a unos abusadores que atacaban a un muchacho más débil, sin saber todavía que ese chico era el sobrino de César. La amistad se consolida con una división de tareas que define la relación entre los dos: “Él me ayudaba con mis estudios. Yo le enseñé a pelear”.

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Marcos Agripa (Museo del Louvre)
Marcos Agripa (Museo del Louvre)

Comparten además un maestro, responsable de inculcar en Octavio un amor duradero por la poesía. Agripa, en cambio, admite que sus gustos siempre se inclinaron, para desesperación de su amigo, hacia las obras de ingeniería y de historia militar.

Esa diferencia reaparece cuando Octavio regresa a Roma en medio del peligro para pronunciar un discurso decisivo. Agripa no se concentra en la retórica, sino en la seguridad: “Su voz se oía bien. No presté mucha atención a lo que dijo. Estaba demasiado ocupado escrutando al público en busca de posibles asesinos”.

La construcción formal del libro refuerza esa perspectiva. Harris presenta el texto como unas memorias de Agripa escritas con prisa y bajo una fuerte conmoción personal, cuando el militar ya tiene 50 años, vuelve antes de tiempo de una expedición en Iliria, arrastra una pierna dañada que está a punto de matarlo y descubre a su esposa en la cama con su yerno.

La escena se complica porque ese yerno es también el hijo adoptivo del emperador. Agripa, que en otras circunstancias habría echado mano de la espada, se repliega a sus aposentos y, movido por una piedad hacia sí mismo que el medio describe como inusual en él, se pone a escribir.

Robert Harris
Robert Harris

Uno de los rasgos más marcados del libro es la disciplina con la que Harris sostiene una voz narrativa casi antiheroica. Agripa cuenta su historia en una prosa casi cómicamente poco ambiciosa, cargada de explicaciones militares y logísticas, con desplazamientos de legiones y descripciones del tipo de las que siguen la ruta por el mar Caspio, el Cáucaso o el mar Negro.

La ingeniería ocupa un lugar comparable al de la guerra. Agripa, según ese retrato, siente una pasión constante por los acueductos y por la infraestructura, y disfruta tanto de construir como de explicar al lector los principios técnicos y los problemas de organización que intervienen en esas obras.

Cuando el personaje intenta elevarse a una reflexión más general, recurre a fórmulas gastadas. Entre ellas aparecen frases como “La hedionda y acre peste de la muerte acechaba en cada esquina”, “La misericordia era ahora la orden del día”, “La guerra, que yo había disfrutado tanto, había quedado marcada en el campo como una herida abierta” y “El poder nos convierte a todos en monstruos”.

De esa materia deliberadamente opaca emerge un retrato más complejo del hombre y de su tiempo. La novela ofrece una imagen convincente de una Roma exhausta por el conflicto civil, dominada por maniobras sinuosas entre gobernantes que se traicionan, reclutan ejércitos, casan a sus hijos entre sí y forman y rompen alianzas con rapidez.

Ilustración de hombres con túnicas moviendo bloques, moldeando ladrillos y limpiando una fuente, junto a templos, foro y un acueducto en construcción.
Agripa, según ese retrato, siente una pasión constante por los acueductos y por la infraestructura (Imagen Ilustrativa Infobae)

También insiste en otro rasgo del período: la juventud de quienes están redibujando el mapa del mundo y alterando el curso de la historia. En ese marco aparece además un giro argumental que, según el epílogo del propio Harris, forma parte de las especulaciones académicas desde 1937 y se refiere a la verdadera filiación del aparentemente plebeyo Agripa.

El borrado posterior del personaje es parte esencial de la tesis narrativa. Octavio, ya convertido en Augusto, habría hecho lo posible por dejarlo fuera de la historia, al punto de dedicarle solo dos menciones pasajeras en las Res Gestae Divi Augusti.

El monumento real más duradero asociado a Marco Agripa queda reducido, al final, a una inscripción de siete palabras sobre la entrada del Panteón: “M F AGRIPPA L F COS TERTIUM FECIT”. La traducción que recoge la reseña es precisa: “Marco Agripa, hijo de Lucio, en su tercer consulado, lo hizo”.

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