
“Quiero dormir el sueño de las manzanas, / alejarme del tumulto de los cementerios”. Como si supiera que faltaba poco, Federico García Lorca abría con esos versos una de las piezas más perturbadoras de su obra. Los escribió a lo largo de la primera mitad de la década de 1930. Dos años después, el 18 de agosto de 1936, fue ejecutado en un barranco a las afueras de Granada por las fuerzas del régimen de Francisco Franco. Este martes se cumplen 90 años de ese crimen.
El poema se llama “Gacela de la muerte oscura” y pertenece a Diván del Tamarit, la última colección que Lorca dejó encaminada antes de morir. La obra fue publicada en 1940, cuatro años después de su ejecución, primero por la Revista Hispánica Moderna de Nueva York, y unos meses tarde en Buenos Aires por la editorial Losada. En ella, el granadino tomó prestadas las formas de la poesía árabe clásica —la gacela y la casida— no por fidelidad métrica estricta, sino por la evocación de un mundo con el que se sentía profundamente identificado.
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La colección reúne 11 gacelas -poemas líricos breves- y nueve casidas -poemas más largos- compuestas entre 1931 y 1936. El propio título señala la encrucijada que el poemario explora: Granada, ciudad que Lorca amaba y en la que fue asesinado, había sido durante siglos un territorio de convivencia —y de tensión— entre la herencia árabe y la cristiana. La crítica Candelas Newton señaló que Diván del Tamarit convierte esa ambigüedad en principio estructural: el libro explora una subjetividad partida entre deseo y restricciones sociales, entre amor y tiempo, entre dos culturas que la historia obligó a separarse.
El poema redefine la muerte
El título ya fija el problema central. La gacela, heredera del ghazal persa, suele vincularse con el amor; al llamar a su texto “Gacela de la muerte oscura”, Lorca une desde el inicio dos campos que el poema no dejará de entrelazar.
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La primera imagen, “el sueño de las manzanas”, propone una ambigüedad: no es la muerte, pero tampoco la vigilia. La manzana remite al Edén y a la pérdida del paraíso al mismo tiempo, de modo que la imagen combina inocencia, tentación y caída.
El hablante pide alejarse del “tumulto de los cementerios”. Esa paradoja se aclara con una idea que el propio poeta desarrolló en su discurso de 1931 en Fuente Vaqueros: “existen millones de hombres que hablan, viven, miran, comen, pero están muertos. Más muertos que las piedras y más muertos que los verdaderos muertos que duermen su sueño bajo la tierra, porque tienen el alma muerta”.
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En esa lógica, la muerte que rechaza el poema no es solo la biológica. Es, sobre todo, una existencia sin alma, sin pasión, sin renovación interior.
En la segunda estrofa -“No quiero que me repitan/ que los muertos no pierden la sangre; / que la boca podrida sigue pidiendo agua”-., el yo poético niega una serie de imágenes de descomposición: muertos sin sangre, bocas corrompidas que piden agua, “martirios que da la hierba”. La hierba, en la obra de Lorca, se asocia a la decadencia.
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El tercer movimiento introduce un deseo de suspensión del tiempo: “un rato, / un rato, un minuto, un siglo”. Ese pasaje vuelve visible la conciencia del poema sobre su propia condición de lenguaje. Lorca no solo describe un estado interior: también se pregunta qué puede hacer la poesía frente a la muerte y qué alcance tiene la expresión verbal.
La cuarta estrofa pide un velo contra “los puñados de hormigas” del alba y “agua dura” para el “alacrán” del amanecer. Las imágenes parecen defensas frágiles e incluso insuficientes, pero insisten en la idea de que el alba, y no la noche, puede ser la zona de peligro.
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El poema regresa luego a su estribillo: “Porque quiero dormir el sueño de las manzanas”. La repetición convierte el deseo en lamento y prepara el verso decisivo: el hablante quiere “aprender un llanto que me limpie de tierra”.
El cierre ofrece el desplazamiento más marcado del texto. El hablante ya no quiere morir, sino “vivir con aquel niño oscuro / que quería cortarse el corazón en el mar”. La aparición del verbo “vivir” en el final redefine retrospectivamente todo el poema: el “sueño de las manzanas” no es una rendición ante la muerte, sino la búsqueda de una forma de vida atravesada por deseo, dolor y oscuridad.
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Noventa años después del crimen
La biografía del poeta vuelve aún más densas esas capas. Nacido en 1898 en Fuente Vaqueros, un pueblo andaluz cercano a Granada, Lorca creció entre la cultura popular del sur español, estudió en Granada y Madrid, trabó una relación decisiva con Salvador Dalí, alcanzó fama internacional con Romancero gitano en 1928 y atravesó una depresión en 1929, cuando vivió en el campus de la Universidad de Columbia en Nueva York, donde se inscribió para estudiar inglés pero abandonó las clases a la semana.
En los años treinta intentó renovar el teatro español mientras escribía su poesía más compleja, incluida la elegía por Ignacio Sánchez Mejías y los poemas de Diván del Tamarit. La crítica posterior estuvo durante décadas condicionada por su ejecución y por la censura del franquismo, que demoró una discusión abierta de su obra tardía en España.
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En este poema, las imágenes funcionan como un sistema de símbolos móviles en el que amor y muerte dejan de oponerse de manera estable. Noventa años después del asesinato, el poema sigue sin cerrar.
Gacela de la muerte oscura
Federico García Lorca
Quiero dormir el sueño de las manzanas,
alejarme del tumulto de los cementerios.
Quiero dormir el sueño de aquel niño
que quería cortarse el corazón en alta mar.
No quiero que me repitan
que los muertos no pierden la sangre;
que la boca podrida sigue pidiendo agua.
No quiero enterarme de los martirios que da la hierba,
ni de la luna con boca de serpiente
que trabaja antes del amanecer.
Quiero dormir un rato,
un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto;
que hay un establo de oro
en mis labios; que soy el pequeño amigo del viento Oeste;
que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.
Cúbreme por la aurora con un velo,
porque me arrojará puñados de hormigas,
y moja con agua dura mis zapatos
para que resbale la pinza de su alacrán.
Porque quiero dormir el sueño de las manzanas
para aprender un llanto que me limpie de tierra;
porque quiero vivir con aquel niño oscuro
que quería cortarse el corazón en alta mar.
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