
La neutralidad se convirtió en un lujo imposible. Cada clic, cada prenda de vestir que elegimos, el silencio que guardamos ante una pantalla o la marca de café que consumimos por la mañana son decodificados de inmediato bajo una lupa ideológica. Nos creemos soberanos pero estamos atrapados. Cuarenta años antes de que los algoritmos dictaran el pulso de nuestra indignación cotidiana, una mujer ya lo había entendido y diseccionado: Wisława Szymborska.
“Somos hijos de la época / la época es política” dice uno de sus poemas más célebres y funciona como un espejo incómodo de nuestro presente. Al escribirlo, la poeta no buscaba redactar un manifiesto, sino constatar una condena existencial de la que nadie puede escapar. La frase no es una arenga; es un diagnóstico clínico. Al afirmar que todo asunto diario o nocturno es político, expande los límites del poder tradicional —ese que se ejerce en los parlamentos o en las urnas— hacia el territorio de lo íntimo.
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El poema “Hijos de la época”, publicado en Gente en el puente (1986), empieza así: “Somos hijos de la época, / la época es política. / Todos tus, nuestros, vuestros asuntos diarios, / asuntos nocturnos / son asuntos políticos. / Quieras o no quieras, / tus genes tienen un pasado político, / la piel, un matiz político, / los ojos, un aspecto político”. Más adelante, la autora dice que “para adquirir un sentido político / ni siquiera necesitas ser humano. / Basta con que seas petróleo, / pienso concentrado o material reciclable”.
La genialidad del análisis radica en la deshumanización del concepto. Para la autora, la politización de la existencia es tan voraz que termina por diluir la condición humana. En los versos siguientes del poema, advierte que ni siquiera se necesita ser un sujeto para adquirir un sentido político. La frase resume la tragedia de la utilidad: en un mundo hiperpolitizado, las cosas y las personas pasan a valer por el bando o el interés económico al que sirven.
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Para entender el origen de esta lucidez, hay que viajar a la Polonia de 1986. El país del Este europeo se encontraba bajo el desgaste del régimen comunista de la República Popular de Polonia, que intentaba ahogar las protestas del sindicato independiente Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa. Era un contexto asfixiante donde el Estado pretendía fiscalizar desde el precio del pan hasta las metáforas de los artistas. En su juventud, Szymborska había escrito poemas de corte socialista-realista.
Pero llegó el desencanto con el dogmatismo totalitario, lo que la convirtió en una militante de la duda. Vivir en Cracovia en los años ochenta implicaba saber que el arte apolítico no existía para los censores: la propia negativa a aplaudir al régimen ya era una declaración de guerra. La frase es el pilar de Gente en el puente (Ludzie na moście), un poemario publicado en 1986 que la consolidó como una de las voces fundamentales de la literatura europea. Diez años después ganaría el Nobel de Literatura.
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La importancia de Gente en el puente radica en su estructura de resistencia pacífica e inteligente. Mientras otros poetas de la época respondían al régimen con poesía panfletaria de barricada —un estilo que la autora detestaba por considerarlo otra forma de propaganda—, Szymborska apostó por lo micro. El libro es un prodigio de observación donde conviven poemas dedicados a la ropa de los muertos, a los milagros cotidianos o a la pintura del maestro japonés Utagawa Hiroshige.
Al meter la lupa en lo aparentemente insignificante, el libro demostró que la mejor forma de combatir un sistema totalitario, monocromático y violento es recordar que la vida humana está hecha de matices, dudas y pequeñas bellezas individuales. La idea de que “la época es política” funciona como el reverso de su tesis fundamental, expuesta años después en el Discurso de aceptación del Premio Nobel: la defensa irrestricta de la ignorancia consciente, concentrada en la pequeña frase de dos palabras “No sé”.
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Para Szymborska, el gran problema no está en la política en sí, sino en los fanáticos que creen tener certezas absolutas sobre ella. Toda su obra poética, desde Llamada al Yeti hasta Instante, es un intento desesperado por rescatar al individuo de las garras de la masa. Al recordarnos que somos “hijos de la época”, la poeta nos recuerda que la política nos moldea y que nuestra única trinchera para no volvernos salvajes es aferrarnos a la curiosidad, a la ironía y a la libertad de no tener todas las respuestas.
¿Quién es Wisława Szymborska?
Wisława Szymborska nació el 2 de julio de 1923 en Bnin (hoy parte de Kórnik), Polonia, y pasó la mayor parte de su vida en Cracovia, donde estudió Lengua y Literatura Polaca, así como Sociología, en la Universidad Jaguelónica. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en los ferrocarriles para evitar ser deportada por los nazis, y en la posguerra atravesó una breve etapa de adhesión al realismo socialista, del cual se desencantó rápidamente para convertirse en una defensora del pensamiento crítico individual.
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Su consagración llegó en 1996, cuando la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura, un galardón que alteró su reservada rutina y al que ella misma bautizó humorísticamente como “la catástrofe de Cracovia”. A lo largo de su carrera publicó alrededor de 350 poemas distribuidos en libros fundamentales como Llamada al Yeti (1957), Sal (1962), Gran número (1976), Gente en el puente (1986) e Instante (2002), además de sus ensayos recopilados en Lecturas no obligatorias.
Más allá de las letras, fue una apasionada creadora de colages artísticos que solía enviar como postales a sus amigos más cercanos. Fumadora empedernida, falleció pacíficamente mientras dormía en su casa de Cracovia el 1 de febrero de 2012, a los 88 años, a causa de un cáncer de pulmón. Pasó sus últimos días trabajando activamente en los textos que integrarían su poemario póstumo Hasta aquí (Wystarczy), editado meses después. En su multitudinario funeral sonó su música favorita: el jazz de Ella Fitzgerald.
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