Madonna ha vuelto full electrónica con una apuesta por la pista de baile como “relato emocional”

‘Confessions II’ arroja 16 canciones sin cortes y su sonido responde a la tradición de los clubes de baile de Chicago, Detroit y Nueva York. Para la crítica global, es un elogiado regreso

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Madonna - I Feel So Free

Hay artistas que envejecen y hay artistas que se reinventan. Madonna pertenece a una tercera categoría, más escasa y más difícil de sostener: la de quienes regresan. El lanzamiento de Confessions II, su decimoquinto álbum de estudio, no es solo el disco del año para buena parte de la crítica especializada internacional. Es la confirmación de que, a los 67 años, la reina del pop sigue siendo una fuerza de la naturaleza musical.

La pregunta que sobrevuela cada reseña publicada en las últimas 48 horas —en The Guardian, en Rolling Stone, en Pitchfork, en Mojo— no es si el álbum es bueno. Es si Madonna tenía todavía algo genuino que decir. La respuesta, según el consenso crítico, es sí, y con una contundencia que no se esperaba. “La pista de baile no es solo un lugar. Es un umbral, un espacio ritual donde el movimiento reemplaza al lenguaje”, declara ella al inicio del disco, y esa frase funciona como el manifiesto de todo lo que viene después.

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Confessions II es, ante todo, un acto de memoria. La génesis del proyecto se remonta a la gira Celebration de 2024, en la que repasó cuatro décadas de carrera y salió de ese ejercicio con algo inesperado: las ganas de mirar hacia atrás sin nostalgia paralizante, sino con la lucidez de quien ya sabe lo que construyó. Grabado en el estudio londinense de Notting Hill del productor Stuart Price —el mismo arquitecto del Confessions on a Dance Floor original de 2005—, el álbum retoma el formato: 16 canciones encadenadas sin cortes, como una sesión de DJ que dura 64 minutos. Nueve de esos temas fueron escritos exclusivamente por Madonna y Price, una concentración creativa que la siempre caústica revista online Pitchfork lee como la prueba más clara de que la artista recuperó el control que perdió durante sus años bajo contrato con gigantes del negocio musical como Live Nation e Interscope, período que ella misma describió públicamente como el nadir de su carrera.

El disco no persigue las tendencias del momento. Donde sus últimas entregas —Rebel Heart (2015) y Madame X (2019)— intentaron asimilar el trap, el reggaeton y el pop latino con resultados desiguales y por momentos desconcertantes, Confessions II vuelve al house de Chicago, al techno de Detroit y al post-disco de los clubes de Nueva York de los años ochenta. The Guardian señaló que Madonna “parece mucho más cómoda que cuando incorporaba trap en Rebel Heart o cantaba con Maluma en los intentos de Madame X por pegarse al vogue latinoamericano”. Mojo le otorgó cuatro estrellas y subrayó que este regreso “parece haberle concentrado la mente”: menos experimentación global, más pulso electrónico.

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Esa decisión de volver al centro de gravedad de su obra no suena a rendición. La escritura del álbum surgió en paralelo al guión del biopic que Madonna desarrollaba para Universal Pictures y que finalmente fue cancelado por diferencias presupuestarias. Algo de esa energía autobiográfica quedó en las canciones. “Danceteria” es el ejemplo más celebrado: una pieza de spoken word —al modo del rap de “Vogue”— que reconstruye las noches de la joven Madonna en el club homónimo del Lower East Side, con menciones a Jean-Michel Basquiat, Keith Haring, Fab Five Freddie y al DJ Mark Kamins, el primero en poner su demo de “Everybody” en una cabina. Rolling Stone describió la canción como “saturada de distintas generaciones de glamour neoyorquino, traducido a la democracia sudorosa de la pista de baile”. El cierre del álbum, “L.E.S. Girl”, es el reverso exacto de esa escena: una balada de guitarra y caja de ritmos que retrata a la artista en sus años de penurias en la Avenida B, con una fragilidad que Pitchfork calificó de inédita en su discografía.

Esa vulnerabilidad atraviesa también los momentos más personales del disco. “Fragile” es una elegía a su hermano Christopher, con quien tuvo una relación turbulenta y finalmente se reconcilió antes de su muerte en 2024. “The Test”, dueto con su hija Lourdes Leon, es una disculpa materna que dialoga directamente con “Little Star”, la canción de cuna que le dedicó en Ray of Light en 1998. “No pediste todas esas luces de flash”, le canta al personaje de su hija, y la frase condensa décadas de una maternidad ejercida bajo el escrutinio público más implacable. The Guardian apuntó que ambas canciones son las más conmovedoras del álbum.

El promocionado dueto con Sabrina Carpenter, “Bring Your Love” —presentado en Coachella en abril—, opera en una frecuencia distinta: es provocación y juego generacional, con samples de “Good Life” de Inner City y una dinámica entre las dos artistas que Mojo leyó como un guiño a la misma estrategia con la que Madonna trazó el mapa del pop durante los años noventa. La colaboración con el rapero belga Stromae en “My Sins Are My Savior” y la presencia del productor puertorriqueño Tainy en “Read My Lips” completan un elenco de invitados que no busca capturar mercados sino ampliar el universo sonoro del disco.

Las únicas reservas aparecen en los márgenes. The Guardian observó que el álbum supera en casi diez minutos al original de 2005 y que algunos temas —“Love Sensation”, “School”— podrían prescindirse sin que el conjunto perdiera fuerza. Tampoco hay un single de la magnitud de “Hung Up”. Pero esas observaciones se formulan desde un contexto de valoración general alta: “La pista de baile no es solo un lugar de escape, sino de emociones más profundas”, le dijo Price a Mojo en mayo, y esa idea es la que sostiene el álbum de principio a fin.

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