
Pocas instituciones han acumulado tanto prestigio a lo largo de los siglos como la universidad y la Iglesia, y ambas siguen beneficiándose de una autoridad simbólica. Aun en la actualidad se las asocia, al menos en el imaginario colectivo, con formas elevadas de la vida intelectual y moral. Históricamente, la primera justificó su existencia en la búsqueda del conocimiento, mientras que la segunda lo hizo en la de determinada idea de virtud. Ambos ideales continúan siendo invocados con solemnidad. La distancia entre esos principios y las formas concretas que adoptan las instituciones contemporáneas fue uno de los puntos de partida de El camino de la santidad.
La novela transcurre en una universidad privada de inspiración religiosa habitada por autoridades, profesores, alumnos, investigadores y sacerdotes, una institución que no existe fuera de sus páginas, aunque el mundo humano que la habita probablemente le resulte familiar a muchos lectores, especialmente a quienes hayan pasado años transitando los pasillos de la academia. Un mundo donde conviven el prestigio económico, la respetabilidad social, la pretensión de excelencia y una relación con el conocimiento que, en ocasiones, resulta sorprendentemente tenue.
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Había algo intrínsecamente obsceno en ese universo académico: la ignorancia. Podría pensarse que la ignorancia es una condición humana perfectamente democrática, pero la coexistencia entre la autoridad intelectual y el desinterés por el conocimiento producía una incomodidad difícil de nombrar. Los rituales, jerarquías y credenciales seguían funcionando con normalidad mientras aquello que se suponía debían custodiar parecía haberse retirado discretamente de la escena. La universidad como institución confesional me producía una perplejidad semejante.
La fe en sí misma, como toda convicción auténtica, pertenece a una esfera que difícilmente admita observadores externos. Lo que capturaba mi atención era la extraordinaria capacidad de ciertas estructuras para conservar autoridad moral incluso cuando los principios que las legitiman parecen ocupar un lugar cada vez más marginal en la vida cotidiana de quienes las habitan. Había algo involuntariamente cómico en ciertas escenas, desde guardianes autoproclamados de la virtud cuya conducta cotidiana sugería preocupaciones bastante más terrenales, hasta universidades que proclamaban la excelencia mientras dependían económicamente de alumnos a quienes cualquier encuentro con una idea abstracta podía arruinarles la tarde. Entre los ideales fundacionales y las exigencias de la caja mediaba una distancia difícil de ignorar. Lo verdaderamente admirable era la naturalidad con que ambas podían convivir sin que casi nadie pareciera encontrar allí una contradicción.
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La comedia apareció allí donde los discursos grandilocuentes chocaban contra pequeñas miserias humanas como la vanidad, el resentimiento, la necesidad de reconocimiento, la autoindulgencia y esas ficciones privadas que las personas construyen para protegerse de la posibilidad de ser mucho más ordinarias de lo que desearían. En ese universo aparece Macedonia, una profesora universitaria, científica, amoral, elitista, soberbia y extraordinariamente hostil hacia buena parte de la humanidad. Si tuviera que buscarle un antecedente literario, pensaría antes en Ignatius J. Reilly que en cualquier heroína edificante. Ambos comparten la convicción de vivir rodeados de imbéciles, observan el mundo como una decadencia permanente, y son incapaces de advertir hasta qué punto forman parte de aquello que critican.

A diferencia de los personajes que emprenden búsquedas espirituales genuinas, Macedonia no cree en la santidad y es indiferente a Dios. Lo que sí cree es que las instituciones funcionan de acuerdo con reglas que pueden ser comprendidas, manipuladas y eventualmente explotadas. La historia comienza cuando realiza una apuesta con su becario. Él sueña con obtener un gran reconocimiento científico. Ella, para burlarse, responde que será canonizada antes de que eso ocurra. Lo que comienza como una fanfarronada termina convirtiéndose en un experimento cada vez más ambicioso: demostrar que la santidad puede perseguirse como cualquier otro sistema de prestigio.
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La apuesta de Macedonia me permitió explorar una pregunta que me interesaba especialmente: qué ocurre cuando una persona sigue juzgando el mundo con categorías que ya nadie comparte. Macedonia observa un universo que considera intelectualmente degradado y moralmente confuso. Las instituciones que la rodean siguen hablando el lenguaje de una cultura que, a sus ojos, ya nadie parece tomarse demasiado en serio. Su tragedia consiste en que ella misma forma parte de ese proceso. Quizás por eso me interesó escribirla. Porque, en última instancia, la novela trata de individuos que intentan encontrar sentido, prestigio o trascendencia entre las ruinas de los sistemas de significado que heredaron.
[Fotos: prensa Futurock]
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