
En la historia, las civilizaciones han sido condenadas al olvido por guerras, conquista y relatos hostiles, pero ¿es posible borrar un mundo entero? El imperio cartaginés, por siglos estigmatizado como sinónimo de decadencia y barbarie, fue en realidad una civilización tan avanzada como la romana, según la revisión histórica más reciente de Eve MacDonald, arqueóloga e historiadora de la Universidad de Cardiff.
Su libro Carthage: A New History of an Ancient Empire desmantela los mitos difundidos por la propaganda romana y la literatura del siglo XIX y revela la sofisticación política, tecnológica y cultural de un mundo casi eliminado tras la conquista de Roma en 146 a.C.
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Frente a la imagen construida por los historiadores clásicos, la obra de MacDonald resalta cómo Cartago, fundada en 814 a.C. y destruida casi siete siglos después, controlaba un extenso territorio sobre el norte de áfrica, el sur de España, Cerdeña y Sicilia. Aunque la percepción popular enfatiza historias como la supuesta masacre de 200 niños nobles durante un asedio siracusano, la autora subraya que las pruebas arqueológicas no respaldan esos relatos: se han hallado enterramientos individuales, pero no fosas comunes. La cifra de 50.000 sobrevivientes esclavizados tras la caída de Cartago, documentada por el cronista grecorromano Appiano de Alejandría, ilustra el trauma real de la derrota.
El análisis de restos metálicos –llevado a cabo por equipos de la Universidad de Cambridge– ha permitido identificar el destacado desarrollo cartaginés en la producción de hierro y acero, un hallazgo respaldado por recientes estudios arqueometalúrgicos.
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En el ámbito político, Cartago era una “oligarquía de corte republicano” desde el siglo VI a.C., con instituciones semejantes a las de Roma: existía un senado y magistrados con mandatos limitados. El historiador griego Polibio consideraba “democrático” el sistema, aunque para él aquello era un signo de populismo, en consonancia con los prejuicios de su época.
La supremacía marítima de Cartago también era ampliamente reconocida. En el siglo V a.C., el explorador Hannon habría bordeado la costa africana occidental con una tripulación de 30.000 personas, aunque los cronistas de la Antigüedad tendían a exagerar el tamaño de los contingentes, advierte MacDonald en su estudio.
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Sobre los orígenes de Cartago, la certeza absoluta escasea. De acuerdo al poeta romano clásico Virgilio en la Eneida, la princesa Dido se quitó la vida por amor a Eneas, pero los testimonios más antiguos sugieren que huyó tras el asesinato de su esposo y fundó Cartago en forma de rebeldía. La autora sostiene que su suicidio respondió a la presión de ceder el poder a un rey local y no al despecho amoroso, aportando una perspectiva renovada al papel de la mujer en los orígenes del imperio.
La rivalidad con Roma marcó los tres conflictos púnicos —entre 264 y 146 a.C.— durante los cuales Cartago se distinguió por su destreza militar y la figura de Aníbal Barca, cuya biografía ya había sido investigada por MacDonald. La Primera Guerra Púnica, la más extensa de la Antigüedad clásica, se libró principalmente en Sicilia durante 23 años y concluyó con la anexión romana de la isla y la posterior “Guerra de los Mercenarios”, en la que 70.000 se sumaron al motín por salarios adeudados.
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En el segundo conflicto, Aníbal sorteó la supremacía naval romana mediante la arriesgada travesía de los Alpes con un contingente reducido. Si bien la imagen de los elefantes cartagineses perdura, sólo 37 ejemplares participaron y únicamente uno sobrevivió hasta el valle del Po. La autora desmonta así las exageraciones de las fuentes antiguas. El mayor golpe de Aníbal fue la derrota de 50.000 romanos en la batalla de Cannas en un solo día, aunque este triunfo no bastó para someter a Roma por desgaste.
La confrontación final se libró en Zama (202 a.C.), donde Escipión el Africano impuso a Cartago la derrota definitiva y su conversión en estado vasallo, preparando el terreno para su destrucción.
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Medio siglo después de la caída política de Cartago, el senador Catón repetía su célebre exigencia “Carthago delenda est” en el Senado romano, mostrando higos frescos de territorios cartagineses para recordar el peligro que aún representaba el enemigo. La excusa de un supuesto ataque contra Numidia en 149 a.C. precipitó el asedio final, que se prolongó durante tres años y terminó con la destrucción completa de la ciudad, el incendio de las bibliotecas y la esclavización de 50.000 personas.
La casi total eliminación del legado material cartaginés fue una política calculada: los romanos destruyeron la literatura cartaginesa, salvo un compendio agrícola de Mago formado por 28 volúmenes. En palabras de MacDonald: “Uno imagina a los cartagineses mirando cómo las llamas devoraban sus hogares y bibliotecas, preguntándose quiénes eran los verdaderos bárbaros”.
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