
Otra, la nueva novela de Lorena Pronsky publicada hace días por el sello Vergara explora los dilemas internos de Carola, una mujer que enfrenta el agotamiento y el bloqueo creativo. Reconocida por sus conferencias en Argentina y el extranjero, Pronsky, licenciada en Psicología, ha escrito títulos muy leídos como Loca, Rota se camina igual, Cúrame y Despierta. Con esta historia abre una nueva puerta de ficción.
La trama presenta el proceso de transformación de la protagonista a partir de una noche de insomnio, cuando descubre que su aparente parálisis artística esconde un cambio vital profundo. Entre los principales ejes se encuentra el enfrentamiento de Carola con sus propios límites, a través de diálogos íntimos con su amiga Sofía, su hermana Julia, terapeutas y recuerdos de personas fallecidas.
En Otra, Pronsky narra un recorrido que permite a la protagonista cuestionar si necesita reinventarse completamente para alcanzar una existencia plena. Con su publicación, la autora ahonda en los desafíos emocionales, planteando si el camino hacia una vida auténtica requiere convertirse en alguien nuevo o crear espacios para ser fiel a uno mismo. A continuación, Infobae Cultura presenta un adelanto del libro:

Es la una y media de la mañana. Los chicos duermen hace rato. Allá afuera, el resto del mundo también. Yo no puedo. Otra vez no puedo. Me entretengo pensando, circulando una y otra vez por los mismos pasillos mentales de todas las noches hasta llegar a la conclusión de siempre: ninguna. El problema del insomnio es que las ideas no llegan para quedarse, sino que se posan apenas un segundo, como monos inquietos saltando de rama en rama. No hay forma de aferrase a una sola, de desarrollarla, de resolver nada. Solo una selva mental caótica, salvaje, donde el pensamiento brinca sin rumbo y la calma es un imposible. Uno se resigna ante esta enfermedad nocturna con bronca y esto lo complica mucho más. No es una entrega tranquila, ni una rendición zen. Acá no hay aceptación. Lo que hay es odio, frustración, impotencia. Una lucha interna cargada de agotamiento y desesperación. Piernas temblando. Ganas de romperlo todo.
Enciendo la luz del velador y me siento en la cama. El despertador dice que son las tres de la mañana. No puedo entender cómo perdí una hora y media en nada. Miro el cuaderno que descansa en la mesita de luz y lo traigo conmigo. Me digo mentalmente que es hermoso. Me quiero convencer. Me digo en voz alta: Supongo que estás acá porque sos hermoso. Acaricio la tapa de un cuero perfecto, sin arrugas, liso y suave como la piel de un bebé. Deslizo los dedos sobre su superficie, pero es como si tocara aire. No la siento. Me llevo el cuaderno a la nariz y lo inhalo con fuerza como si fuera la última pitada de un cigarrillo. Tampoco me llega el olor. Confirmo que se trata de otro rastro que no está.
Lo pruebo. Lo recorro con la lengua, lento, de abajo hacia arriba. De arriba hacia abajo. Paseo la mirada hacia los costados como si buscara algo o alguien que oficie de testigo de lo que acaba de pasar: ningún sabor. Ni sal. Ni dulzura. Ni siquiera la amargura del cuero recién curtido. Insisto en lamer la sombra de algo que no existe. No hay pulso. Solo el eco de lo que hoy se transformó en un recuerdo.
Lo abro en la primera hoja. Lo miro y me mira. Ninguno de los dos dice nada. Hace tiempo se rompió el diálogo entre nosotros. Solo hay vacío. Un cruel e inexplicable vacío. Apoyo la punta de la lapicera en el primer renglón, pero no se mueve. La sostengo hasta que me canso de hacer fuerza y la dejo caer. La observo de reojo con enojo y la tiro al suelo como castigo.
Me miro las manos como ayer. Y como antes de ayer. Siguen mudas. Desconectadas. No son mías. Algo de ellas no me pertenece. Hago fuerza para no llorar. No es angustia. Es ira. Bronca. Me atormenta no saber qué me pasa. No me queda claro si estoy perdiendo los sentidos o la memoria. No sé si no recuerdo cómo se escribe o si la falta de movimiento por estar tanto tiempo en la cama alteró mi sensibilidad.
La escritora que habita en mí está en coma.
Logro que una idea se asiente por un instante. Mierda. Justo este pensamiento que desearía que se fuera se queda más de cuatro segundos en una de mis ramas mentales. Basta resistirse para que persista. Es ley.
Recuerdo que hace un año (uno, dos, da igual) me tomé el cóctel de pastillas y siempre supuse que, a pesar de no haber muerto, esa ingesta debió haber dejado secuelas.
Me saco el pelo de la cara como si se tratara de una mosca. Quiero despabilar este pensamiento intrusivo, pero lo alimento al darle más atención. El muy choto se afianza. Se agarra con fuerza de la rama y de repente la idea se vuelve certeza: alguna bacteria desconocida me dejó mentalmente incapacitada y rompió el canal de inspiración que alguna vez tuve liberado. Dios mío. Lo que te pido es poco. Tan solo una palabra. Una letra. Un garabato. Lo que sea. Dame lo que sea.
Pero nada. La escritura, mi refugio, desapareció. Mi capacidad, mi pasión, mi identidad como escritora, o quizá mi identidad a secas, no existen más.
Apago la luz, me apoyo en el respaldo de la cama, con el cuaderno a upa. Me llevo la mano hacia la cabeza. Como una pinza, tomo un solo pelo entre el pulgar y el índice, y lo deslizo suavemente hacia arriba. Nunca fumé. Pero no me cabe ni una sola duda de que esta acción es mi cigarrillo. Es algo que, mientras empiezo a crear diferentes hipótesis, me calma.
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