Felipe Pigna explora el entramado de violencia política y crisis social que condujo a la dictadura militar

En ‘76′, su nuevo libro, el historiador invita a repensar los años previos al gobierno de Videla como un proceso gradual que ambientó la represión que sobrevino al golpe de Estado

Guardar
Felipe Pigna, hombre con barba y cabello castaño, viste camisa azul y saco oscuro, sentado y mirando a cámara, con la portada de su libro '76' a la derecha
El libro '76' de Felipe Pigna propone revisar la historia argentina analizando el periodo previo al golpe militar de 1976

Felipe Pigna abre su nuevo libro 76 con una escena mínima, doméstica que, leída con atención, contiene ya una de las líneas argumentativas más inquietantes del libro. Una mujer mira la televisión con los ojos llenos de lágrimas y aprieta una cruz; un hombre, a pocos metros, murmura “por fin se murió ese viejo de mierda”; un muchacho con overol repite “no puede ser” hasta que se le quiebra la voz. Afuera, la llovizna es persistente, incómoda, casi física. Es el 1 de julio de 1974. Juan Domingo Perón acaba de morir.

Pigna no necesita subrayar que lo que está describiendo no es solo un hecho político, sino un estado de ánimo colectivo, una sensibilidad contradictoria pero nunca indiferente. En esa descripción inicial yace una de las tesis más importantes de este nuevo y necesario libro sobre el golpe cívico militar del 76. El autor entiende y nos lleva de la mano con una claridad docente para que nosotros podamos también comprender, que el golpe de 1976 no nació de la noche a la mañana, que esos gestos frente a la muerte de Perón daban cuenta de lo fraccionada, partida que estaba la Argentina en julio de 1974.

Con ese gesto inicial, no necesita más preámbulos para representar una sociedad ya atravesada por afectos incompatibles, por lealtades irreconciliables, por una dependencia casi corporal respecto de un liderazgo que, como se verá demasiado pronto, no tenía reemplazo posible. El libro no comienza en 1976; comienza en esa intemperie, en el terreno baldío de un proyecto que se desmorona. Y desde sus primeras páginas instala una advertencia que atraviesa todo el libro: comprender lo que ocurrió a partir del golpe exige mirar antes, desplazarse hacia los años previos, hacia ese período “por demás conflictivo” que va de 1973 a 1975, donde, como bien señala, se consolidaron las prácticas, discursos y dispositivos que la dictadura no hará más que profundizar.

La muerte de Perón en 1974

76 es el resultado de una operación historiográfica deliberada y precisa. Pigna cita y adhiere explícitamente a la tesis de Marina Franco: la represión no comienza con el golpe, sino que tiene continuidad con el período democrático previo. La fijación del 24 de marzo como origen exclusivo de la violencia estatal, sugiere, fue también una forma de proteger responsabilidades políticas anteriores. Y esta idea que a priori suena técnica o académica define la narrativa del libro porque nos obliga a leer el evento no como una ruptura tajante entre democracia y dictadura sino como un proceso en el que la ilegalidad, el discurso del enemigo interno, la legitimación de la violencia ya estaban en funcionamiento.

La muerte de Juan Domingo Perón en 1974 dejó expuesta la imposibilidad de sostener un sistema político basado en un liderazgo personal
La muerte de Juan Domingo Perón en 1974 dejó expuesta la imposibilidad de sostener un sistema político basado en un liderazgo personal

Así las cosas, la muerte de Perón no es solo un final de ciclo sino una gran pantalla en la que se exhibe la imposibilidad de sostener un sistema político basado en una figura capaz de contener contradicciones extremas. Pigna lo sugiere con una frase que atraviesa varias páginas: en la Argentina, “todos eran peronistas”, incluso quienes se definían como antiperonistas.

Perón no había eliminado los conflictos; los había administrado. Bajo su liderazgo convivían sectores que, en cualquier otro contexto, habrían sido incompatibles: la izquierda revolucionaria, el sindicalismo tradicional, la derecha nacionalista, los cuadros burocráticos del Estado. Esa convivencia no era armónica; era funcional. Y con su muerte, esa funcionalidad se desmorona.

La escena que sigue —y que el libro narra con un detalle casi literario— tiene algo de alegoría. José López Rega, el “superministro”, intenta devolverle la vida al cuerpo de Perón mediante prácticas esotéricas, lo toma de los tobillos, murmura mantras, lo llama “Faraón”. Es difícil no leer ese episodio como algo más que una anécdota. El poder, sugiere el libro, comienza a desplazarse hacia formas ”irracionales, opacas, personalistas”, donde lo institucional pierde centralidad frente a lo clandestino y lo simbólico.

La violencia política 1973-1976

Uno de los hilos más tensos del libro es el que reconstruye la relación entre el líder y la llamada “juventud maravillosa”. Desde el exilio, había alentado a esos sectores, legitimando incluso la violencia política. Felipe Pigna recupera cartas, discursos, declaraciones: “si tuviera veinte años, las bombas las estaría poniendo yo”, llega a decir en un momento de su exilio. Pero ese vínculo estaba atravesado por una ambigüedad fundamental. Perón denomina a esas organizaciones “formaciones especiales”, tomando el concepto de Clausewitz en su tratado clásico de teoría militar De la guerra: unidades subordinadas, destinadas a cumplir una misión específica y luego desaparecer. Y esta definición es reveladora.

La juventud no era el núcleo del proyecto, sino su instrumento. Y, como todo instrumento, podía volverse prescindible, pero eso era difícil de aceptar. El libro muestra con claridad cómo esa relación se deteriora rápidamente. Lo que había sido celebrado como motor del cambio pasa a ser percibido como amenaza. La violencia deja de ser funcional y se convierte en problema. El enemigo ya no está afuera.

Asesinato de Rucci Perón Montoneros
Felipe Pigna detalla la convivencia conflictiva entre diversas fuerzas en el seno del peronismo, en la primera mitad de los años 70

El breve período democrático iniciado en 1973 aparece en 76 como una especie de primavera cargada de tensiones. Pigna describe con precisión ese clima: librerías que sacan de los sótanos libros prohibidos, revistas culturales que alcanzan tiradas masivas, un cine que “hablaba de nuestra historia sin tapujos”, el rock y el folklore que canalizan la experiencia colectiva. La lista de best-sellers de la época es, en sí misma, un documento: Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, o el famoso Para leer al Pato Donald de Ariel Dorfman y Armand Mattelart, textos de Marx, Marcuse, el Che.

La cultura se politiza, se vuelve campo de disputa, espacio de intervención. Pero esa expansión convive con otra dinámica. Mientras la sociedad se abre, la violencia se intensifica. Guerrillas, grupos parapoliciales, atentados, secuestros. La democracia no logra monopolizar la fuerza ni estabilizar el conflicto. Una frase del libro resume ese momento: “vientos que anuncian tempestades” y el año 1975 aparece como el punto de inflexión. Allí, la crisis deja de ser latente y se vuelve estructural. El libro describe con claridad dos procesos simultáneos: por un lado, la consolidación de la Triple A. Desde el Ministerio de Bienestar Social, López Rega organiza un aparato parapolicial que actúa con lógica propia: secuestros, asesinatos selectivos, persecución ideológica. La ilegalidad se vuelve práctica sistemática.

Por otro lado, el “Rodrigazo”. Las medidas económicas impulsadas por el ministro de Economía, Celestino Rodrigo -devaluación, aumento de tarifas, liberación de precios- producen un shock inmediato. Inflación, caída del salario, desorganización social. Pero el efecto más profundo no es económico. Es político. Por primera vez, la CGT se enfrenta abiertamente a un gobierno peronista. La alianza histórica entre el Estado y el movimiento obrero se rompe. Y este quiebre es silencioso pero decisivo y provoca que el peronismo pierda su base más sólida: su relación con la clase obrera.

Comienza la dictadura militar

Es en este contexto que las Fuerzas Armadas avanzan. El Operativo Independencia en Tucumán introduce una lógica que luego se generalizará: la del “aniquilamiento”. No se trata de controlar, sino de eliminar. Cuando el golpe finalmente ocurre, el 24 de marzo de 1976, el terreno ya está preparado. La Junta Militar no aparece como anomalía, sino como culminación. El propio libro lo sugiere cuando señala que la contraofensiva cívico-militar se dirige más contra una sociedad movilizada que contra una guerrilla ya debilitada. y a partir de allí, 76 describe lo que se denomina el “reformateo neoliberal” del país.

Pigna relaciona la instauración de un modelo económico neoliberal con la represión sistematizada de la dictadura
Pigna relaciona la instauración de un modelo económico neoliberal con la represión sistematizada de la dictadura

Bajo la conducción de Martínez de Hoz, se impulsa una transformación estructural: apertura económica, endeudamiento, destrucción de la industria nacional. Pero el punto central no es el programa en sí, sino su relación con la represión. Felipe Pigna es explícito: ese modelo solo puede imponerse mediante una “feroz represión centralizada y sistematizada”. Así, los centros clandestinos, la tortura, las desapariciones, el robo de bebés, no son excesos. Son parte de un sistema. La desaparición, en particular, aparece como un método político específico: elimina al sujeto y al mismo tiempo borra la evidencia. Produce miedo, incertidumbre, silencio.

El libro no se detiene solo en la dimensión represiva. Dedica también un espacio significativo a la cultura. Describe la censura -las “hogueras” donde ardían libros considerados “criminales”-, pero también aquello que persiste en las sombras: artistas, escritores, redes culturales que continúan produciendo. Hay una insistencia en mostrar que, incluso en las condiciones más adversas, la cultura no desaparece. Se desplaza, se transforma, resiste.

Hacia el final, retoma una idea que funciona como eje ético del libro. Cita a Yosef Yerushalmi: “El antónimo del olvido es la justicia”. La frase no aparece como cierre retórico, sino como advertencia. Comprender el pasado no es un ejercicio neutral. Implica revisar relatos, asumir continuidades, incomodar verdades aparentes. Entonces, 76 no es solo un libro sobre la dictadura. Es un libro sobre las condiciones que la hicieron posible. Sobre cómo una sociedad puede desplazarse, casi sin advertirlo, hacia formas de violencia que son inimaginables en principio y que se van cocinando en un caldo que aumenta su temperatura mientras cocina las atrocidades que luego será casi imposible frenar, tarde, a destiempo.

A través de este nuevo libro sobre la dictadura iniciada en 1976 Pigna nos recuerda pero también nos advierte algo queda flotando y es una sospecha: que la historia no se repite, pero sí deja “formas disponibles”. Y que entenderlas, recordarlas, analizarlas y ponerlas en cuestión no es solo un ejercicio intelectual, sino una forma -tal vez la única- de apagar el fuego de nuevos calderos antes de que sea demasiado tarde.

[Fotos: Alejandra López; EFE; Télam y archivo Infobae]