
Hay que vivir el presente. ¿Quién no oyó esta máxima con tufillo al viejo new age que se vende bajo la etiqueta de mindfullness?, ¿quién no vio, en algún reel, la importancia de habitar el hoy, de no pensar en el mañana, de dejar ir el pasado? Somos un instante y lo demás no importa nada.
Disfrazada detrás de algunos preceptos budista, este tipo de afirmación, de pensamiento, es desde hace un tiempo ya una commodity hecha bestseller, un subproducto que busca, a través de la soledad y la alienación, centrarse en el instante como experiencia vital.
Todo lo contrario es la obra de Sonia Ruíz (Bella Vista, Tucumán, 1984), quien en sus pinturas, que se presentan en Retratos, en galería Piedras, parece querer capturar, como en el filme dirigido por los Daniels, Todo en todas partes al mismo tiempo: somos presente, sí, pero también lo que fuimos, lo que seremos y, por qué no, una proyección, algo ilusorio, donde todo sucede en simultáneo.
Sus retratos ensayan una multiplicidad de perspectivas, a veces superpuestas en una sola imagen. Ruíz experimenta así con la combinación de diversas fotografías de una misma situación, componiendo escenas complejas.

“Cada parte de la foto me parece como que es rescatable. Entonces voy como juntándolas, haciendo una especie de collage”, dijo a Infobae Cultura, sobre el proceso que no es digital, sino manual, y alimenta el carácter fragmentario y múltiple de los cuadros.
Esta superposición de instantes, de momentos y miradas sobre el ser en la obra de Ruiz, generan, aún sin buscarlo, una mirada filosófica eternalista sobre la vida: el pasado, el presente y el futuro son igualmente reales y existen en simultáneo.
Pero, la artista no produce ese acercamiento desde una postura técnica-teórica, despojada de su propia identidad, sino a partir de las personas que la molderaron, su familia, generando así un vínculo profundo con los retratados que son, en varios sentidos, la propia Sonia.
En la obra teatral Los bienes visibles, con dramaturgia y dirección de Juan Pablo Gómez, de reciente paso por el CC Borges, uno de los personajes proclama que “dentro de una familia hay muchas familias”, enfatizando que la experiencia de cada individuo marca su mirada y que, de esa manera, cada uno tendría una opinión diferente sobre las relaciones. En las pinturas de Sonia Ruíz, sin dudas, pueden verse destellos de una narración personal: hay gestos protectores, de agobio, de curiosidad, de un amor a distancia y contemplativo.

Y es que lo íntimo nunca no deja de revelarse en la creación artística. En este caso, la pintora presenta a través de esa familia que quedó en su Bella Vista natal, de la que se marchó tras la pandemia, como lo cotidiano puede ser monstruoso y tierno, de apariencia sosegada e hiperquinético a la vez, como un átomo que vibra cada vez más impaciente a medida que el observador se acerca.
La serie, explica, comenzó en 2023 y estuvo inspirada por escenas de su infancia, pero evolucionó integrando nuevas perspectivas surgidas tras su mudanza a Buenos Aires y su paso por la Di Tella.
El traslado físico se tradujo, entonces, en un desplazamiento emocional: la memoria de su casa y las reuniones familiares se convirtieron en material pictórico donde la representación del padre, la hermana y una sobrina adquieren una mayor ambigüedad y profundidad psicológica.
Así, al inicio de la muestra, pueden observarse una serie de obras en mediano formato, las únicas en acrílico, en que se escenifican pequeños instantes más cercanos al costumbrismo, “reproducciones a partir de fotos”, para luego sí, comenzar un recorrido con piezas, muchas en gran formato en óleo, realizadas entre el año pasado y éste.

¿Cómo pasó Ruiz del costumbrismo de la siestas a estas piezas por momentos inquietantes, plenas de sentidos, en que lo temporal se rompe, en las que las imágenes se desdoblan en composiciones oscilantes?
Durante su beca en el Di Tella, cuenta, “tenía como otra carpeta, un lado B, digamos, como de dibujillos que hacía con lápiz y lapicera en hojas sueltas. Y eso era como algo menor”.
En ese momento, el desafío fue abandonar la reproducción literal para abrir un espacio de exploración dentro de su obra: eso “menor” fue ingresando primero en una serie de autorretratos -que pueden verse en la trastienda de la galería- y luego comenzaron a cohabitar dentro de su realismo, generando entonces la unión de dos mundos que ya convivían en su interior.
“Al principio yo pensaba con estas obras costumbristas que ya tenía como todo resuelto, como que era bastante simple, como encontrar imágenes y reproducirlas solamente por el hecho de ser imágenes que me interesaban. Pero después, cuando se me propuso un ”qué pasa cuando no copiás", qué más hay además de la copia directa, empecé a revolver en mi imaginación”, dijo.

La memoria, la distancia y el afecto tiñen la representación. Desde su traslado a Buenos Aires en 2021, pintar se volvió un medio para recomponer la cercanía: “Cada vez que lo pinto es como recordar los detalles. Sus caras, sus formas. Sí, como también tenerlos cerca. También siento a veces que también soy yo”.
Las fotografías espontáneas, convertidas en óleo, resultan en imágenes donde el gesto y la mirada insinúan vínculos complejos. En varios retratos, los ojos se cargan de una expresividad potente y parecen querer captarlo todo, con cierta familiaridad al anime, un signo que atraviesa a una generación de artistas como Flavia Da Rin o Fátima Pecci Carou, por ejemplo, y a Florencia Rodriguez Giles, a quien cita entre sus referencias contemporáneas.
“Claramente están influenciados por el manga y anime. Pero sí, hay de todo un poco, porque uno siempre está influenciado por muchas imágenes todo el tiempo. Al principio, cuando los empecé a hacer, era cuando todavía estaba en Tucumán, en pandemia y veía todo tipo de imágenes en Internet. Veía también a los dibujantes y pintores de Buenos Aires, en especial a Rodríguez Giles, quien también hace como monstruos extraños”, comentó.

En su figuración, Ruíz no escapa a las distorsiones, a dejar que las desproporciones se integren: aceptar lo anómalo como parte de la construcción del otro. No hay, en ese sentido, una búsqueda documental, sino reflejar una percepción imperfecta, desidealizada.
En la muestra, además, la artista presenta otra línea de trabajo, centrada en la experimentación de estas figuras monstruosas y otras donde las figuras humanas se presentan como síntesis formales, en tres piezas de estilo friso.
En su obra Sonia Ruíz no vive en el presente. Su familia, la familia, es una construcción variable, metamórfica; en su mirada el tiempo no se mide por relojes, sino por emociones y recuerdos, y construye a partir de la búsqueda deliberada y la aparición del accidente, un acercamiento a la experiencia personal que si bien escapa del realismo, es sumamente real, donde la vulnerabilidad, lo monstruoso y lo afectivo la constituyen. Y eso sucede Todo en todas partes al mismo tiempo.
*“Retratos” de Sonia Ruiz, en galería Piedras, Perú 1065, San Telmo, CABA. Hasta el 4 de abril, de miércoles a sábados, 14 a 19h. Entrada gratuita.
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