
El renacer de la cooperativa agrícola de Aiguamúrcia, situada en el Alt Camp de Tarragona, representa un avance para el patrimonio rural catalán.
A los pies del monasterio de Santes Creus, rodeada de viñas centenarias, se encuentra esta bodega, considerada una de las grandes Catedrales del Vino y diseñada por el arquitecto modernista Cèsar Martinell.
La recuperación de este edificio, impulsada por Pepe Raventós, el equipo de Can Sumoi y la historiadora del arte Judit Romeo, busca aunar la tradición cooperativista y el respeto arquitectónico, devolviendo actividad productiva a un símbolo del modernismo catalán. El proyecto, recogido por la Revista AD, subraya la importancia de reactivar la función original del edificio.

Construida a inicios del siglo XX, la cooperativa de Aiguamúrcia es un ejemplo singular de arquitectura modernista agraria. La nave principal, de 22,5 metros de longitud, presenta arcos parabólicos inspirados en Antoni Gaudí y una fachada de ladrillo ornamentada con cerámica vidriada.
La construcción, realizada en piedra local, ladrillo y hormigón, estaba dividida en dos áreas: una para la recepción y tratamiento de mosto, y otra para las tinas de fermentación del vino.
Martinell, discípulo de Gaudí, pensó en los pobladores en sus obras: “Adaptaba los edificios a las necesidades de la gente. Hablaba con los socios, observaba el entorno y construía un espacio funcional y estéticamente cuidado”, detalla Romeo en la Revista AD.

La permanencia de la cooperativa y su equipamiento, a pesar de la despoblación rural, se debe al compromiso de la comunidad de Aiguamúrcia, que hoy cuenta con apenas 40 habitantes. A lo largo de los años, los vecinos han preservado la maquinaria y el mobiliario original.
Romeo resalta: “Las cooperativas de alrededor sí eran famosas, pero esta se quedó estancada desde que cerró. Todo el mobiliario, las prensas y la maquinaria se conservaron intactos, lo que le da un valor añadido”.
Durante 45 vendimias, el edificio permaneció sin actividad. La llegada de Can Sumoi y Pepe Raventós supuso un punto de inflexión. Raventós, con trayectoria en el sector y antecedentes familiares vinculados a Codorníu, vio en Aiguamúrcia la oportunidad de impulsar un modelo de restauración productiva basada en la continuidad.

Romeo apunta: “No se trata de nostalgia, sino de continuidad. Preservamos la lógica estructural, la claridad espacial y la integridad material del diseño de Martinell mientras restituimos su propósito productivo”, según recoge la Revista AD.
El enfoque del proyecto se aleja de la explotación industrial y enfatiza la recuperación gradual del espíritu cooperativista. “Mi objetivo es recuperar el vino de esta zona”, afirma Raventós.
La reactivación agrícola se plantea con inversiones para restaurar el edificio y mejorar el paisaje. Los ingresos generados por la venta del vino se destinarán a la mejora continua tanto de la bodega como del entorno natural, fortaleciendo los lazos entre el producto, el territorio y la memoria colectiva.

La vitalidad colectiva fue siempre la esencia de la cooperativa. En sus inicios, cada socio contribuía con materiales, mano de obra o conocimientos, creando una estructura e institución verdaderamente comunitarias. “La cooperativa era infraestructura e institución colectiva al mismo tiempo”, explica Romeo, quien destaca el valor de este modelo para la vida rural.
Los libros de actas desde 1919, estudiados por Romeo, acreditan ese espíritu participativo y los datos históricos de capacidad: en su origen, la bodega podía albergar 4.000 cargas de vino, mientras que hoy la capacidad alcanza los 6.000 hectolitros.
Can Sumoi prevé instalar la prensa a lo largo de este año e iniciar la vinificación en la próxima vendimia, si los permisos de restauración llegan a tiempo. Si surgen retrasos administrativos, la primera cosecha se aplazaría a 2027.

El equipo continúa trabajando para evitar demoras en la reactivación productiva. Esta recuperación del patrimonio se plantea desde una lógica de reintegración pausada, donde el legado rural se prioriza sobre la inmediatez.
“Para mí, lo importante es que el vino que hagamos esté buenísimo, pero también que cuente esa historia de cooperativismo, de historia rural, de patrimonio”, señala Raventós, quien contempla incluso crear una etiqueta conmemorativa para el edificio restaurado.
La reactivación de la cooperativa no solo conserva un símbolo arquitectónico. También revitaliza la memoria y el sentido de pertenencia de una comunidad rural unida desde hace generaciones por la cultura del vino y el trabajo colectivo, como resalta la Revista AD al recoger el espíritu de sus impulsores.
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