
Vuelve Jaime Bayly. Jaime Bayly el mordaz, Jaime Bayly el provocador, Jaime Bayly el escritor. Todo junto. Vuelve con Los golpistas una novela que se lanza este miércoles 11 por Galaxia Gutenberg y donde reconstruye con su estilo los tres días de abril de 2002 en que Hugo Chávez perdió —y recuperó— el poder en Venezuela tras un golpe militar fallido. A partir de una investigación periodística y literaria, Bayly narra el desconcierto de los golpistas, la confusión en los cuarteles y el papel de Fidel Castro en la supervivencia del presidente.
La novela, de 240 páginas, retrata la lógica interna de un golpe descrito por el propio autor como “esperpéntico, chapucero, de aficionados, un golpe del que los propios conspiradores se arrepintieron al tercer día”. El relato alterna la reconstrucción de los hechos con episodios de la vida de Chávez, su ascenso militar, su pasión por el espectáculo.
El autor peruano explora la personalidad contradictoria de Chávez, un militar fascinado por la televisión: “Chávez fue un militar, pero también un animador de televisión. Era un militar atípico: le encantaban las cámaras, le gustaba hablar en público, era un comediante ocasional, vivía para salir en la televisión. Por eso tuvo tanto éxito en sus primeros años en el poder. Los pobres lo querían, no se perdían sus apariciones en la televisión, se reían con él. Para bien o para mal, era el gran animador del país y vivía obsesionado con los ratings de audiencia”, dijo a la prensa.

El libro recurre al humor y al realismo irónico. Bayly apunta: “El golpe fallido pudo cambiar la historia de Venezuela, de haber triunfado. Pero los jefes golpistas eran todos bastante cortos de miras”.
En la novela, los diálogos y las escenas cargadas de ironía permiten ver las motivaciones y contradicciones de los personajes: “—Tienes mi palabra. Serás mi embajador en Madrid. —Y si no te molesta, Efraín, a mi hermano lo nombrás embajador en Lisboa. —¿Y eso, por qué? —Porque me estoy cepillando a mi cuñada”.
Bayly, que entrevistó a Chávez en 1998, utiliza su experiencia como periodista para trazar el retrato de un líder que, según afirma, “era un dictador popular”: “El año mismo en que Chávez tomó posesión como presidente, el golpista fallido de 1992 reveló que seguía siendo un espadón camuflado en 1999, solo que ahora podía dinamitar la democracia desde las entrañas mismas del poder”.
Aquí, el comienzo de la novela:
Los golpistas (Fragmento)
Abril, 2002
–¡Firme su renuncia ahora mismo! –le gritó el general Efraín Velásquez, comandante general del Ejército, al presidente venezolano Hugo Chávez.
Sentado en el despacho presidencial del palacio de Miraflores, vestido con uniforme militar a pesar de que ya había pasado al retiro, Chávez, quien llevaba poco más de tres años ejerciendo la presidencia de la nación, desafió al general insubordinado mirándolo a los ojos, se arrepintió de haber confiado en él, desenfundó la pistola calibre nueve milímetros que llevaba en la cintura, la puso sobre la mesa, apuntando a Velásquez, y respondió, levantando la voz:
–¡No firmo nada, carajo! ¡No renuncio ni renunciaré! ¡Soy el presidente constitucional de este país!

Luego bebió agua, encendió un cigarrillo y buscó consuelo en la añosa mirada de José Vicente Rangel, su ministro de Defensa, quien, sentado a su lado, le dijo, alisándose un bigote crecio en canas:
–No firmes nada, Hugo. Si no firmas, es un golpe de Estado.
–¡No es un golpe de Estado! –rugió el general Velásquez, poniéndose de pie. Era gordo, sorprendentemente obeso para ser un general de división en actividad. Tenía la cara rechoncha, el hocico prominente, el morro abultado y un adefesio de pelusa sobre el labio superior. Miraba como miraría un jabalí ante el peligro.
A su lado, se apandillaban dos altos jefes militares: el general Manuel Rosado, todavía más gordo que el amotinado Velásquez, tan gordo que su rostro parecía un globo y su cuerpo embutido en el uniforme daba la impresión de estar a punto de reventar, y el general Lucas Rondón, de pelo negro y anteojos de intelectual, quienes, comandados por Velásquez, el jefe de la conspiración, habían llegado al palacio de Miraflores en un corto vuelo en helicóptero desde Fuerte Tiuna.

–¡No es una traición! –prosiguió, todavía de pie, golpeando la mesa, agitando sus mofletes, el general Velásquez–. ¡Es una posición de solidaridad con el pueblo venezolano! –bramó, y los generales sentados a su lado asintieron, moviendo dócilmente la cabeza.
El general Velásquez estaba indignado con el presidente Chávez. Se sentía humillado, desairado por el jefe del Estado.
Chávez le había pedido que sacara los tanques a la calle para reprimir una marcha pacífica de los opositores, quienes deseaban llegar al palacio de Miraflores, hartos de sus exabruptos autoritarios, para forzar su renuncia. Pero Velásquez se había negado a obedecerlo y dispuso que la marcha no se detuviera.
Acorralado, temeroso de que la multitud llegase hasta su despacho y lo linchase o quemase vivo, como él sabía que a veces morían los déspotas, Chávez había dado instrucciones para que sus brigadas paramilitares se apostaran en los techos de los edificios vecinos al recorrido y, desde allí, los francotiradores más avezados disparasen contra la multitud, en particular contra la vanguardia de aquella algarada. Al ver por televisión que el presidente Chávez había ordenado a sus francotiradores que disparasen a los opositores que se dirigían a la casa de gobierno, el general Velásquez y los jefes de la Armada, la Guardia Nacional y la Aviación decidieron, ardiendo en furia, sintiéndose traicionados, que Chávez, el felón, debía caer, que Chávez, el pérfido, debía ser desalojado del poder, que Chávez, el golpista, debía ser depuesto mediante un golpe de las fuerzas armadas.

–¡Le fui leal hasta hoy, señor presidente! –gritó el general
Velásquez, temeroso de que Chávez cogiese la pistola y se disparase un tiro en la cabeza–. ¡Le he perdido el respeto, señor!
¡Ni mis compañeros de armas ni yo toleramos las violaciones a los derechos humanos ni los crímenes que su gobierno ha cometido hoy, atacando a una marcha pacífica y matando a personas inocentes!
De pronto se puso de pie el general Lucas Rondón, miró fríamente al presidente y le dijo, las palabras ardiendo en las llamas del odio y la venganza:
–Si no firma su renuncia, señor presidente, yo anunciaré en la televisión que usted ha renunciado y la gente me creerá y habrá júbilo en las calles. Le ruego que firme. Porque si usted entra en razón y firma su renuncia, no irá a la cárcel y lo dejaremos salir al extranjero.
–Al país que usted elija –añadió el general Velásquez.
–¡No firmo nada, carajo! –rugió Chávez, y arrojó al piso el papel que Velásquez y Rondón habían redactado en Fuerte Tiuna, el acta de renuncia del jefe de Estado–. ¡A mí me eligió el pueblo, y solo el pueblo puede sacarme del poder! ¡Ustedes, miserables, no han sido elegidos por el pueblo! ¡Yo los he nombrado en los cargos que ocupan! ¡Me deben lealtad a mí, partida de escuálidos traidores!
El general Velásquez se acercó al presidente Chávez, lo cogió del pescuezo, como si quisiera estrangularlo, y le dijo, transfigurado en el hombre más poderoso del país:
–No es un golpe. Es un pronunciamiento institucional apegado a la Constitución.
Asustado, Chávez se resignó, bajando la voz:
–Estoy en sus manos, señores generales. Hagan conmigo lo que ustedes crean conveniente. Pero yo no voy a renunciar ni a firmar esos papeles apócrifos que me han traído.
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