
La capacidad de Catalina y Esteban Sarkany para reconstruir su vida tras sobrevivir a la Shoá marcó el origen de una de las firmas emblemáticas de la moda argentina. Tras experimentar el horror de Auschwitz-Birkenau y los trabajos forzados en Europa, ambos llegaron a Buenos Aires, donde encontraron en el oficio zapatero una manera de dejar memoria y afirmar el futuro. En ese marco, creció Ricky Sarkany, quien llevó el legado familiar a la cima del diseño nacional, enfrentando desafíos sociales y personales y consolidando una propuesta creativa con proyección internacional.
Esta historia personal se plasma en su autobiografía, donde el autor analiza los acontecimientos y aprendizajes que forjaron su identidad. El relato detalla el camino de Ricky Sarkany desde sus años iniciales, cuando la creación de objetos era para él tanto un arte como una forma de comunicación, hasta la pérdida de una hija, un hecho que definió su perspectiva sobre la trascendencia y el propósito. En su reflexión, Sarkany sostiene que “trascender no está en perpetuar un apellido, sino en dejar algo con propósito”.
Sarkany: memorias de un zapatero describe también la resistencia frente a las circunstancias adversas: Ricky Sarkany y su equipo sortearon sucesivas crisis argentinas, incluyendo etapas de hiperinflación y devaluaciones recurrentes, sorteando además el impacto de la pandemia de COVID, una etapa en la que, mientras la industria se paralizaba, lograr “sostener al equipo y seguir vendiendo” fue un desafío central. Sarkany narra sus travesías a Nueva York en búsqueda de inspiración, y cómo su regreso a los talleres de Buenos Aires consolidó un vínculo con sus raíces y con su equipo de trabajo.
Nacido en Buenos Aires en 1960, Ricky Sarkany fundó en 1985 la empresa que lleva su nombre y la posicionó hasta encabezar el segmento del calzado argentino. En 2011 sumó la línea Sofía, orientada tanto a calzado como a indumentaria, con la que ingresó a mercados globales. Es licenciado en Administración de Empresas y magister en Marketing y Administración Estratégica, y suma distinciones como los premios Tijera de Plata, los APSA al mejor local y el APSA de Oro. Ha sido reconocido por la Unión Industrial bonaerense y la Fundación Internacional de Jóvenes Líderes como Emprendedor Exitoso.
A continuación, Infobae Cultura comparte de forma exclusiva un capítulo del libro.
Una ausencia muy presente
Sofía siempre fue responsable y cuidadosa con su salud. Se revisaba todos los lunares y cualquier mínima señal que pudiera encender una alarma. Por eso, cuando comenzó a tener algunas pérdidas, no dudó.
—Te puedo pasar el teléfono de una ginecóloga excelente —le dijo una compañera de trabajo—. Es muy conocida, tiene buena reputación. Queda cerca de tu casa.
El primer estudio que le ordenó no mostró nada irregular. En la consulta de control, la médica le dijo:
—Debe ser una alteración en tu ciclo hormonal. Mientras lo observamos, te voy a hacer el pap anual.
Como las pérdidas continuaron, Sofía volvió al consultorio.
—Deben ser nervios. Recién te mudaste con tu novio, ¿no? El estrés puede causar estas irregularidades.
Sofía esperó una propuesta, un estudio adicional, pero la ginecóloga cerró la visita:
—Te controlo en un año.
Pasaron ocho meses.
Yo estaba en Rusia, en pleno Mundial 2018. Hacía videollamadas con las chicas para mostrarles la previa de cada partido y la alegría y la euforia de la gente. Después del último enfrentamiento de la fase de grupos, emprendí el regreso. Estaba en un avión rumbo a Londres, desde donde partiría hacia Miami para luego ir a Buenos Aires, cuando recibí un mensaje de Graciela: “Nuestro médico clínico quiere vernos de inmediato”.
Mientras esperaba el vuelo final a Buenos Aires, repasé lo que me había contado Graciela. Sofía no se había quedado conforme con la (no) respuesta de la ginecóloga y, como los síntomas persistían, había ido a ver a nuestro clínico. A él no le gustó nada el cuadro y la derivó de inmediato a una especialista en cuello de útero, que le hizo un estudio. Los resultados llegaron directo a nuestro médico, que llamó a casa en cuanto los vio.
Aterricé en Ezeiza a las siete de la mañana y a las nueve ya estaba en el consultorio de la especialista.
Sofía no sabía que ya estaba en Buenos Aires, pero casi no me miró. Estaba desencajada de la angustia, gritaba sin parar:
—¡No puede ser, no puede ser! Yo quería tener hijos con Tomi.
Me pusieron al tanto de todo: mi hija de veintiocho años tenía un cáncer de cuello de útero en fase tres, lo que indica un grado avanzado de la enfermedad. En ese momento, tuvimos acceso al informe del pap que le había hecho la ginecóloga ocho meses atrás. La especialista abrió el sobre y negó con la cabeza:
—La muestra era insuficiente. Se recomendaba repetir el estudio.
Nadie lo había hecho. Tal vez, si se hubiera repetido, Sofía estaría hoy con nosotros.
A veces me preguntan por qué no iniciamos acciones legales. Yo nunca podría mirar a la cara a esa médica. Imagino que vive con un gran peso en su conciencia: el caso tomó estado público, así que sin duda sabe lo que pasó. Quizá la espera latente de mi visita es un castigo peor que cualquier demanda.
—¿Qué podemos hacer? —le preguntamos a la especialista.
—Intervenir ya. Aquí hay buenos profesionales —respondió—, pero el mejor está en Estados Unidos.
Nos anotó su nombre en un papel: el doctor Pedro Ramírez.
De ahí mismo, sin turno, fuimos al Diagnóstico Maipú. Conocemos y confiamos mucho en Patricia Carrascosa, que ordenó una resonancia y una tomografía en el momento.
Los estudios confirmaron que el tumor se encontraba en el cuello del útero. Pero hacía falta un examen más profundo para descartar males mayores.
—Hay que hacer un PET para ver si alguna otra zona de su cuerpo está comprometida —explicó la doctora.
El resultado nos dio el primer alivio en días: el cáncer estaba localizado. Un dato clave dentro de tanta incertidumbre.
Fuimos al Hospital Italiano, donde podían operarla, pero Sofía ya le había escrito al médico de Houston que le había recomendado la especialista en matriz. En el email le decía que era argentina, que acababa de recibir ese diagnóstico y que necesitaba ayuda. El médico estaba casado con una argentina, por lo que la consulta le llamó la atención.
En menos de tres días, ya teníamos turno en el MD Anderson Cancer Center de la Universidad de Texas. Viajamos con Sofía, Tomi y Graciela. Nos instalamos en Houston y nos preparamos para la operación.

En Estados Unidos nunca muestran la menor expresión antes de dar un parte: ni alivio ni gravedad, nada que pueda condicionar a los familiares del paciente. Nos acompañó a una oficina, cerró la puerta y recién entonces lo vi sonreír.
—Primero revisamos el ganglio centinela —nos explicó. Se trata del primer ganglio linfático al que llega el drenaje desde el tumor, una suerte de filtro por donde pasan las células cancerosas si se están extendiendo—. Estaba perfecto —siguió—. Luego analizamos uno por uno los otros doce ganglios. Todos estaban limpios. Solo entonces decidimos avanzar y extirpar el útero completo para mandarlo a analizar. —Hizo una pausa—. En este momento, Sofía está curada.
Escuchar esa frase después de tantas horas de incertidumbre fue como volver a respirar. Nos concentramos en el final, “Sofía está curada”. El complemento circunstancial “en este momento” perdió fuerza ante la enorme alegría que nos cubrió.
El MD Anderson Cancer Center de la Universidad de Texas es una ciudad médica, casi un mundo en sí mismo. Desde 1990, ha ocupado el primer puesto del ránking mundial de oncología más de veinte veces, diez de ellas en años consecutivos. Cuenta con el mejor equipo, la mejor tecnología, pero también con un trato humano impecable. Por eso, antes de darle el alta, invitaron a Sofía a participar en un ritual del hospital.
Después de un posoperatorio fluido —al día siguiente ya la hicieron caminar—, la llevaron en silla de ruedas hasta una campana y le contaron:
—Cada paciente que supera una cirugía de cáncer la hace sonar. ¿Te gustaría?
Sofía agarró la soga, la sacudió con fuerza y todo el pasillo estalló en aplausos. Fue un instante de triunfo en medio de la tormenta.
La esperanza del alta
Creímos que lo peor había pasado. La operación había sido un éxito y el informe patológico de Houston fue minucioso, de varias carillas: cada ganglio revisado, cada tejido, cada célula analizada. En él se indicaba que Sofía estaba libre de cáncer y solo se llamaba la atención sobre una mínima filtración del tumor primario, algo que los médicos calculaban que era muy reciente. Eso significaba que una célula podría haber migrado y que había riesgo de que quedara algo latente. No les preocupaba en exceso e indicaron tratamiento preventivo:
—Hay que hacer rayos —nos explicaron— para asegurarse de eliminar cualquier resto de enfermedad.

Esa indicación abrió otro capítulo en la vida de Sofía. Como la radioterapia podía dañar sus ovarios y ella quería tener hijos propios, decidió congelar óvulos primero. Sofía cumplió con todas y salió convencida de que estaba curada. Nosotros también. Teníamos la ilusión y la necesidad de cerrar esa historia. Como si fuera un festejo de cumpleaños, la esperamos con globos en la vereda de la clínica.
Entonces comenzaron los controles. Primero cada tres meses, luego cada seis y después una vez al año. Parecía un horizonte largo y despejado. Sofía volvió a soñar en grande: comenzó a preparar un viaje largamente deseado a Japón. Retomó su vida con entusiasmo y pensó en proyectos. Parecía que la pesadilla había quedado atrás.
Hasta que apareció algo tan simple como inquietante: una tos rara. Estábamos en Punta del Este cuando Graciela la escuchó y se preocupó.
—Andá al médico antes de viajar.
El clínico la revisó, no le encontró nada y le dijo que tomara un antialérgico. Pero Sofía, que ya había aprendido a verificar cuando una respuesta no la convencía, decidió pedir una placa de tórax. En el Diagnóstico Maipú, la doctora Carrascosa, que sabía por todo lo que habíamos pasado, le propuso:
—Con tus antecedentes, mejor te hago una tomografía.
Esa decisión probablemente le ganó tiempo. Sin embargo, también le devolvió un golpe al mentón que ni ella ni nosotros esperábamos: la imagen mostró una lesión en el mediastino, la región central del tórax que contiene el corazón, los grandes vasos sanguíneos, la tráquea y el esófago.
En paralelo, nuestro médico clínico de toda la vida nos abandonó: ante la “desobediencia” de Sofía y de la doctora Carrascosa, tal vez avergonzado por no haber sido más exhaustivo, decidió que no nos atendería más. Ni a Sofía ni a mí ni a nadie de mi familia. Fue algo inesperado en un momento de tanta dificultad. Aprendimos que era mejor seguir con quienes estuvieran a la altura de la situación. Tomi nos recomendó al profesional que siempre lo había atendido a él y a sus padres: el doctor Roberto Reussi, y lo contactamos.
Una nueva batalla
El hallazgo nos desconcertó. El cáncer de cuello de útero suele hacer metástasis en la pelvis, pero ahí estaba esa nueva lesión en el pecho, acompañada de algunas manchas en el pulmón que había que examinar más a fondo. La doctora nos explicó que debíamos consultar con un oncólogo:
—Para atacar estas células que han resurgido, se suele indicar quimioterapia.
Nos pusimos en manos de un profesional del Hospital Italiano.
A los tres meses, la primera tomografía de control mostró que las manchas del pulmón ya no se veían y que el tamaño de la masa en el mediastino se había reducido. Fue un alivio enorme. Sentimos que íbamos por buen camino y que esta vez el tratamiento funcionaba.
Entonces cayó la pandemia sobre el planeta. Nosotros vivíamos en nuestro micromundo y, si bien como todos los seres humanos enfrentamos algo desconocido con temor, al menos no sentíamos que el encierro fuera una condena, algo que le pasó a mucha gente. Para nosotros fue una oportunidad para estar más cerca de Sofía. Podíamos llevarla y traerla a sus tratamientos, pasar días enteros juntos, tener charlas largas que, de otra manera, quizá no hubieran ocurrido. Ella comenzó a entrenar conmigo, como si ese esfuerzo compartido fuera también una manera de plantarle cara a la enfermedad.
Pensábamos que, si mis papás habían atravesado lo que atravesaron, nosotros como familia también podríamos con este desafío. Que debíamos seguir adelante con optimismo. Recordamos que siempre todo nos había costado, pero al final terminaba saliendo bien.
Sofía honraba esta idea. Se sostenía con una fortaleza admirable. Antes de que se le cayera el pelo por la quimioterapia, se mandó a hacer una peluca con su propio cabello y se hizo microblading en las cejas. No quería verse “enferma”. En cada sesión, se maquillaba y se ponía aros nuevos. Tenía un libro de gratitud al que cada día le dedicaba un tiempo para anotar cosas buenas que le iban pasando.
Un día me dijo:
—Papá, si me muero, hacé que Félix se acuerde de mí.
—Sofía, te vas a curar —le respondí.
Después de varias sesiones de quimioterapia, la pierna se le hinchó mucho y comenzó a dolerle. Le hicieron una resonancia y ahí apareció una nueva metástasis, esta vez en el hueso. El médico nos recomendó viajar a Houston para explorar nuevas alternativas.
En el MD Anderson Cancer Center nos propusieron un ensayo clínico. Para poder ingresar, Sofía debía cumplir con una serie de requisitos. Su buena intención chocó con los resultados del primer examen rutinario: un análisis de sangre, que reveló que sus enzimas hepáticas eran demasiado altas. Eso fue suficiente para que se considerara que Sofía no reunía las condiciones necesarias para comenzar. Lo sentimos como un baldazo de agua fría. Confiamos en que sería cosa de días, hasta que los valores bajaran. Quizá la medicación la había inflamado.

Mientras tanto, sus piernas seguían hinchadas y el dolor aumentaba. Le hicieron drenaje linfático y le propusieron la aplicación de rayos circunscriptos a la zona de la metástasis.
—Eso no te va a traer problemas adicionales —le aseguraron.
Lo cierto, sin embargo, es que Sofía comenzó a estar peor cada día.
La vida se abre paso
Nada de esto impidió que se cumpliera uno de sus grandes sueños: contrajo matrimonio con Tomi en una ceremonia muy íntima en Palm Beach. Pasaron la noche de bodas en el hotel The Breakers, un lugar que a ambos siempre les había encantado.
Y una semana después, el nacimiento de Félix marcó un punto de inflexión y la concreción del sueño mayor. Hasta entonces, todo había sido hospitales, diagnósticos, viajes urgentes, palabras terribles como “metástasis” o “resistente al tratamiento”. Pero aquel día, de pronto, la vida irrumpió con una fuerza inesperada y luminosa. En medio de tanta lucha, Félix llegó como un recordatorio de que todavía había futuro.
Sofía estaba durmiendo con nosotros y no con Tomi porque en cualquier momento podían llamarlo para decirle que el bebé había nacido y que tenía que salir corriendo a la clínica, que quedaba en Orlando. Ella dormía en una habitación al lado de la nuestra, con Clarita.
Aquella mañana se despertó a las seis diciendo:
—Está naciendo Félix. Está naciendo Félix.
—No, no tenemos ninguna noticia —le dijo Clarita—. ¿Lo soñaste?
—No, pero estoy segura: está naciendo Félix.
Aunque su certeza apabulló a su hermana, le insistió en que siguiera durmiendo para descansar un poco más. No quiso saber nada, buscó el celular para llamar a Tomi. Y entonces lo vio: un mensaje en el que le decía que estaba yendo a Orlando porque Félix estaba llegando. Era 21 de marzo.
Sofía pudo ver el nacimiento de Félix en una videollamada. Y yo tuve el reflejo —no sé de dónde saqué esa lucidez— de grabarla con mi teléfono mientras ella veía a su hijo venir al mundo en el suyo. Esas imágenes nos quedaron para siempre: su mirada fija en la pantalla, llorando de emoción, testigo del nacimiento de su hijo soñado. Un recuerdo que me va a acompañar toda la vida.
Los últimos días
Félix recibió el alta a las veinticuatro horas, por lo que a la tarde siguiente ya estaba en brazos de Sofía. Mientras lo tenía a upa, el bebé abrió los ojos y la miró. Un momento mágico. Al rato, se quedó dormido, y así, juntos, descansaron esa noche.
A la mañana siguiente, la llevamos a hacer rayos, como veníamos haciendo hasta que las enzimas bajaran y pudiera comenzar el ensayo clínico. Yo sabía que eran cuidados paliativos y a la vez no lo sabía; o no quería verlo, o no podía. Confiaba en que Sofía se iba a salvar. Lo creí hasta el último día.
Ella se aferraba a la misma idea: “Quiero un milagro”, repetía.
Pero su cuerpo ya comenzaba a apagarse. Le había colapsado un pulmón, tenía líquido en el corazón y le habían puesto un catéter para drenarlo. Yo me convencía de que con eso iba a mejorar. Y ella mantenía su fuerza de siempre. Les contaba a las enfermeras de la radioterapia sobre el nacimiento de su bebé y que acababa de inaugurar el local de Paseo Alcorta; ellas miraban las fotos con Sofía, se alegraban y hasta la aplaudían.
Al otro día volvimos para los rayos, pero como le faltaba el aire, quedó en observación. Intentamos conseguir un equipo de oxígeno con el cual volver al departamento, pero se había agotado el stock en pandemia. Preguntamos si Félix podía estar con ella en el hospital, pero tampoco fue posible, ya que suponía un riesgo para el bebé en tiempos de covid.
Sofía pasó horas enteras contemplando a Félix en su celular.
Ella tenía un libro de gratitud y cada día le dedicaba un tiempo a agradecer las cosas buenas de la vida. Fue entonces cuando escribió: “Ya está, Katy, tengo que continuar sola mi propio camino”. Yo también sentía que mi mamá la estaba cuidando.
El segundo pulmón también colapsó. Unos minutos antes de que sonaran todas las alarmas de la habitación, se sacó la máscara y nos dijo:
—Fui muy feliz, los amo.
Le respondí que estaba equivocada, que había sido, era y seguiría siendo feliz, que eso no terminaba ahí y que dejara de decir pavadas. Ella sonrió y se volvió a poner la máscara.
Comenzaron los pitidos de las máquinas, entraron los enfermeros y nos dijeron que debían llevarla a terapia intensiva. Llamamos a Tomi, que llegó enseguida. Cuando entró, se sentó con ella y le preguntó si tenía miedo. Sofía respondió que no.
Los médicos le explicaron que, si su corazón se detenía, podían intentar reanimarla. ¿Quería que lo hicieran? Contestó que sí. Entonces la sedaron y la intubaron.
Nos quedamos tres días enteros en la clínica. Aunque en Estados Unidos no es común que los familiares pasen la noche, nosotros no pensábamos movernos de ahí, así que nos habilitaron una sala que solía usarse para servir café y bebidas. Graciela y yo dormimos ahí, entre el piso y un sillón.
También estaban sus hermanas con sus novios, su tío Fernando y su mujer, mi hermana Hedy. Sus amigas de Buenos Aires, compañeras del colegio de toda la vida, habían llegado poco antes. Una de ellas vivía en Nueva York y, como tenía una infección de oído y no podía volar, había pasado más de treinta horas en el tren hasta Miami.
Cuando le comenzó a bajar la presión, nos dijeron que era momento de decir adiós.
Primero entramos Graciela y yo, cada uno por su lado. Tuvimos nuestro tiempo a solas. Y, cuando logramos despedirnos, nos sorprendió sentir una extraña paz.
Sus hermanas y Tomi se dedicaron a hablarle, le pusieron su canción preferida (“Forever Young” en la versión de Jay-Z), le hicieron caricias y la abrazaron. La enfermera que controlaba los signos vitales les dijo:
—No sé lo que están haciendo, pero sigan así porque la presión está mejorando.
Aunque estaba en coma inducido y se suponía que no podía escuchar nada, le cayó una lágrima.
Graciela y yo esperábamos al final del largo pasillo de la clínica cuando los vimos acercarse. No dejaban de repetir dos palabras incomprensibles: “Fue hermoso”. No decían que había fallecido, decían que había sido hermoso. ¿Qué podía tener de hermoso? Con el tiempo, comprendí que no hay nada más lindo que irse rodeado de tanto amor.
Era 29 de marzo. Sofía tenía treinta y un años y habían pasado tres desde el primer diagnóstico.
Los había cumplido cuatro meses antes, cuando ya la lucha contra la enfermedad se había complicado. Hicimos una fiesta en casa, vinieron todos sus amigos. En un momento ella le pidió al DJ que cortara la música. Leyó algo que terminaba así: “La vida me dio mucho más de lo que me sacó”.
El duelo puede ser luminoso
Uno pensaría que en ese instante termina todo. Pero la verdad es que no es así. Hay un después, se quiera o no. Y entonces empieza otro camino.

El final fue cruel y rápido, mientras nosotros seguíamos intentando cuidarla. Hoy acepto el modo en que sucedió, aunque su sufrimiento todavía me pesa. Después de su muerte, sentí un dolor tan profundo que muchas veces pensé que no tenía salida, que estaba atrapado en él. Hubo días en los que parecía más fácil saltar al vacío que tolerarlo, días en los que solo deseaba terminar con ese desgarro de un solo golpe. Pero no habría sido justo con la gente que me quiere, con Graciela y las chicas, que sentían ese mismo dolor y me necesitaban tanto como yo a ellas.
Aunque hasta entonces siempre habíamos enterrado a los familiares que se habían ido, a Sofía decidimos cremarla. Y esparcimos sus cenizas en el agua, donde más le gustaba estar. Fue una ceremonia íntima en un lugar muy especial al que llegamos con una embarcación. Desde entonces, cada vez que vemos el mar, en cualquier parte del mundo, sabemos que ahí está.
Cuando volvimos a la casa en esos primeros días en Miami después de su partida, encontramos un mensaje en la mesa de luz de Sofía. Un papel pequeño, con letra apretada, que decía: “Estoy bien y voy a estar mucho mejor”. Ese hallazgo, tan simple y tan enorme, todavía me acompaña. Ella era espiritual, única, llena de una fe que yo no entendía. Su historia con Tomi también tuvo esa chispa de azar y destino: un pedido de sal en medio de una mudanza bastó para que la vida los cruzara y le diera a Sofía el hijo que tanto deseaba. Hoy vemos seguido a Félix y en él late la presencia de mi hija, como si una parte de ella siguiera creciendo.
En ese tiempo, recibimos mensajes de personas que nunca habíamos visto, cada uno con palabras que intentaban sostenernos en medio de la pérdida. Siguió ese duelo encerrado, el encuentro fortuito con Gustavo en mi primera salida y el hallazgo de un puente invisible con Sofía. Y yo, que siempre fui escéptico, que acompañaba a Graciela a misa pero no me conmovía, empecé a aceptar que existen formas misteriosas de seguir en contacto.
El regreso a Buenos Aires fue traumático. Nos habíamos quedado tres meses más porque no sabíamos cómo seguir. Teníamos hasta miedo de regresar. Al mismo tiempo, y dado lo público que se había hecho todo, buscábamos evitar las miradas y comentarios de los desconocidos, que, aunque se acercaban con amor, nos abrumaban.
El día que finalmente llegamos a Buenos Aires y abrimos la puerta de casa, nos llevamos una sorpresa. Las chicas habían pegado post its hasta en el último rincón. Había unos cien mensajes escondidos en la heladera, los cajones, los roperos, que decían cosas como “los queremos”, “los extrañamos”, “abrir los ojos”, “sonreír”, “amar”, “por siempre seis” y nuestro “lo mejor está por venir”. Ahí descubrimos el refugio del amor. Y a partir de entonces, nos hicimos fuertes estando juntos.
Yo sé que Sofía sigue acá, entre nosotros. Está en nuestros corazones, en un papelito guardado, en la mirada achinada y la sonrisa de Félix, en las canciones que le gustaban y hasta en esas voces inesperadas que me recuerdan que el amor no muere, solo cambia de forma.
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