
Conviene recordar, cada tanto, que Groenlandia no siempre fue pensada como un objeto distante, un territorio abstracto en los mapas del poder. Hubo un tiempo en que fue un punto de partida. Desde allí, hace más de mil años, partieron barcos hacia el oeste y llegaron a una tierra que hoy llamamos América. Llegaron primero. Y aun así, no se quedaron.

La saga de Erik el Rojo
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Las sagas groenlandesas —La saga de Erik el Rojo y La saga de los groenlandeses— narran ese episodio temprano con una sobriedad que todavía incomoda. Aunque cuentan episodios anteriores, fueron escritas en los siglos XIII y XIV. No cuentan la fundación de un imperio ni el nacimiento de una nación, sino una exploración precaria, un ensayo de presencia que no logra fijarse.
“Bajaron a tierra y miraron en torno. Hacía muy buen tiempo y el rocío vestía la hierba, y lo primero que hicieron fue recoger unas gotas con sus manos y humedecerse con ellas los labios. Y aquel rocío les pareció la cosa más dulce que habían probado jamás. Volvieron luego al barco y navegaron por el estrecho que separaba la isla del cabo que apuntaba hacia el norte”, cuenta la saga de los groenlandeses, que, de otro modo, narra los mismos hechos que la saga de Erik el Rojo.
Erik el Rojo aparece como el fundador involuntario de Groenlandia. Había llegado a la isla expulsado de Islandia, arrastrando consigo una reputación de violencia y un talento particular para convencer. Había llamado “Tierra Verde” a un territorio severo, helado, poco hospitalario. El nombre no describe: seduce. Convoca colonos, promete futuro, instala una vida posible en condiciones extremas. Groenlandia nace así, sostenida más por el relato que por la tierra misma.

Desde ese asentamiento frágil parte su hijo, Leif Erikson. Navega más allá de lo conocido y alcanza Vinlandia, una costa fértil, con madera, uvas silvestres y un clima menos hostil, que se cree que es Terranova, en el actual Canadá. Fue alrededor del año 1000. Las sagas registran el hallazgo sin grandilocuencia. Hay observación, cálculo, una cautela constante. América entra en la historia europea casi de puntillas.
Los groenlandeses intentan quedarse. Construyen casas, pasan inviernos, exploran el territorio. Pero pronto aparecen los otros: los skrælings, los habitantes originarios. El encuentro no tiene nada de épico. Es confuso, tenso, violento. Los intercambios fracasan, la desconfianza se impone, los malentendidos se vuelven irreparables. “Hay skraelingar, con los que comercian con mucho provecho hasta que estos les atacan en tan gran número y con tan terribles armas que resuelven abandonar el país, a pesar de lo buena que era la tierra”
Al final, los vikingos se retiran. Vinlandia queda atrás como una promesa que no se cumple.
Las sagas no disimulan ese retroceso. No lo convierten en tragedia ni en gesta fallida. Simplemente lo cuentan. Llegar primero no alcanza. Tener mejores barcos no garantiza permanencia. Nombrar un lugar no implica comprenderlo. Groenlandia aprende esa lección antes que nadie.
El relato perdido
Durante siglos, estos relatos quedaron al margen del gran relato occidental. América prefirió fundarse en una llegada posterior, más definitiva, más violenta, más eficaz. Pero las sagas persisten, discretas, recordando que hubo un primer contacto que no derivó en dominio.

En ese sentido, Groenlandia ocupa un lugar extraño en la historia: no es centro ni periferia del todo. Es una estación, una frontera, un espacio intermedio desde el cual se puede partir, pero donde resulta difícil quedarse. Las propias colonias vikingas en la isla terminaron desapareciendo, absorbidas por el clima, el aislamiento y el desgaste. Groenlandia resiste incluso a quienes la habitan.
Quizás por eso estos textos siguen resultando actuales. No porque expliquen el presente, sino porque lo contradicen. Frente a la fantasía de la posesión total, las sagas ofrecen la memoria de un límite. Frente a la idea de que todo territorio puede ser integrado, comprado o administrado, recuerdan que hay tierras que se dejan recorrer pero no dominar.
Erik el Rojo creyó que un buen nombre bastaba: las tierras verdes. Vinlandia demostró que no. Groenlandia, a su modo silencioso, conserva esa enseñanza: el mundo no siempre responde al deseo del que llega con fuerza, ni al relato del que cree haber llegado para quedarse.
Las sagas no extraen conclusiones. No formulan advertencias. Se limitan a narrar. Y en esa prosa seca, sin moralejas, dejan flotando una certeza antigua: hay lugares que existen para poner a prueba la ambición humana, no para satisfacerla. Territorios que recuerdan —a quien quiera escuchar— que incluso el primero puede terminar volviendo sobre sus pasos.
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