Cover-Up, una novedad de los últimos días de 2025 en Netflix, deja en evidencia no solo las tensiones de la relación entre prensa y poder, sino también la permanente desconfianza que Seymour Hersh -un singular personaje del periodismo, protagonista de más de medio siglo en la realidad de los medios occidentales- siente hacia el aparato institucional de su profesión. El documental, dirigido por Laura Poitras y Mark Obenhaus, recupera la voz de personajes centrales para la historia contemporánea estadounidense y lo ubica en un lugar de figura incómoda también para quienes se suponía debían elogiarlo. Una frase lapidaria de Richard Nixon lo define: “Ese hijo de puta es un hijo de puta, pero suele tener razón, ¿no?”, afirma el presidente del caso Watergate a Henry Kissinger en una conversación privada desclasificada, incluida en la película.
La obsesión de Hersh por el secreto y la protección de sus fuentes se impuso a lo largo de su carrera y, según admite en cámara, le impidió durante años aceptar la propuesta de Poitras -relevante documentalista, ganadora de un Pulitzer y un Oscar-. Al referirse a esas dudas, se oye la voz en off de la directora en una de las entrevistas: “Nos encantaría hablar de fuentes”. Hersh, cortante, responde: “Vamos a decirlo así: ustedes querrían hablar de fuentes. Y yo no querría hablar de fuentes”. Fin de la conversación sobre el tema.
Hersh, con 88 lúcidos años y todavía en plena actividad, reitera en varias ocasiones su negativa a entrar en ese terreno, incluso frente a los intentos del equipo fílmico de explicar los métodos periodísticos detrás de sus investigaciones. El hombre que reveló uno de los más terribles crímenes de la guerra de Vietnam -conocido como la “Matanza de Mỹ Lai”, cometida por personal del Ejército de los Estados Unidos a civiles un pueblo de Vietnam del sur, de el 16 de marzo de 1968- deja en claro que nunca indagó demasiado en la psicología de quienes le facilitaban información: “Algunos me detestaban y aun así me hablaban. No psicoanalizo a la gente que me habla, igual que no me psicoanalizo a mí mismo, gracias a Dios. Eso es lo que quieren que haga, lo sé, pero no lo haré”, dice mientras mira fijo a sus entrevistadores, los dos directores del documental.

La referencia al pacto de confidencialidad es insistente, hasta el punto de incomodarlo frente a cámara: “Esto se suponía que era ‘después de mi muerte’”, se queja Hersh en relación con su acuerdo con las fuentes. Sin embargo, reconoce que entre sus contactos había “algunos del FBI, algunos de la CIA y muy pocos que lo hubieran llevado por mal camino” desde sus primeros grandes reportajes anteriores a la guerra de Vietnam. Hersh sentencia: “Es difícil saber en quién confiar. Apenas confío en ustedes”, suelta en tono ambiguo, pleno de ironía, a los directores mientras graban.
El documental expone la complejidad de esa relación profesional y el entorno caótico de Hersh: sus oficinas atiborradas de papeles, libretas y archivos, que resuenan como evidencia física de décadas investigando casos que oscilaron desde la matanza de My Lai y el espionaje doméstico de la CIA en el caso Watergate -hay un segmento del documental dedicado al impacto de la investigación de sus colegas Woodward y Bernstein a los que se unió desde el New York Times- hasta el escándalo de Abu Ghraib (fue él quien publicó la evidencia de los casos de tortura y abusos en una prisión de Irak, a principios de 2003) y su revelación sobre la responsabilidad de Estados Unidos en la voladura del gasoducto ruso Nord Stream, en septiembre de 2022. Sobre este (espinoso) punto es tal vez el único momento en que el trabajo de Poitras y Obenhaus, flaquea. Se lo menciona y Hersh reafirma su información: no revela la fuente, por supuesto, y acepta que se trata de un único testimonio, lo que en términos de práctica periodística deja algo endeble su denuncia, porque harían falta al menos otras dos citas que confirmen la noticia. No se profundiza al respecto.

Lejos de mostrarse como una hagiografía, el documental también aborda sin medias tintas los errores y tropezones del periodista. El más notorio de ellos, el de las cartas atribuidas a John F. Kennedy y Marilyn Monroe y que luego se comprobaron falsas, difundidas durante la investigación de su libro El lado oscuro de JFK. Hersh, sin evasivas, reconoce el costo de ese episodio: “No publiqué los documentos, pero el engaño se volvió una noticia embarazosa, algo que afectó a mi reputación”. Algo así también sucede con su cobertura sobre el conflicto en Siria, en donde admite “malinterpreté por completo la maldad de Bashar al-Assad” en referencia a no haber prestado atención a las denuncias de ataques con armas químicas por parte del gobierno del expresidente contra la población civil de su país.
Pese a su resistencia a la autocrítica, el hombre nunca intenta eludir estos hechos, aunque insiste en mantener privado el balance emocional: “Por si a alguien le interesa, esto cada vez me divierte menos”, ironiza en otro momento.
Además, muestra un escepticismo permanente hacia la estructura de los grandes consorcios mediáticos y por eso se cuenta su compleja relación con The New York Times, en donde fue periodista estrella y de donde se fue luego de querer publicar una historia sobre una corporación con la que el medio no quería enemistarse. Sin eufemismos, Seymour Hersh denuncia abiertamente la “autocensura” predominante y sus efectos en la omisión y el silencio ante historias incómodas. Tal como recuerda en uno de los pasajes más críticos del documental, tuvo que presionar a CBS News para que no descartara su reportaje sobre Abu Ghraib: “Tuve que amenazar a CBS News con exponerlos si no sacaban la historia”, afirma.
Con sencillez audiovisual y pericia, el documental pone de relieve tanto las equivocaciones de Seymour Hersh como su capacidad para admitirlas, lo que realza su dimensión humana. La producción reconoce sus méritos y sus fallos, y explora su constante determinación por alertar sobre asuntos críticos y mantener su método particular de acceder a la información. El retrato que ofrece resulta elocuente no solo sobre la figura de un periodista relevante, sino también sobre la profesión en sí.
[Fotos: prensa Netflix; Yara Nardi/Reuters]
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