Quienes hemos visto Harry Potter o El Señor de los Anillos y nos emocionamos con los animales fantásticos, los seres mitológicos y las luchas entre el bien y el mal, no lo sabemos, pero estamos a punto de caer en las redes de Homero.
Si además nos gusta el cine y seguimos los últimos estrenos, tal vez hayamos escuchado que Christopher Nolan tiene en el horno una nueva película, The Odyssey, basada en La Odisea, una de las más grandes epopeyas clásicas de la antigüedad.
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La historia que nos cuenta el periplo homérico está escrita en el siglo VIII a. e. c. Sin embargo, es más actual que nunca. Seguro que en algún momento hemos dicho o escuchado decir “el talón de Aquiles”, “¡qué odisea!”, “la esperanza es lo último que se pierde”. Pues bien, estas expresiones se originaron hace 3 000 años.
Cíclopes, hechizos y sirenas
Imaginemos a un héroe intentando volver a su casa, Ítaca, después de la guerra de Troya –la del famoso caballo– y enfrentándose a un largo viaje de… digamos diez años, para ser fieles al poema. Este héroe es Ulises (Odiseo), el mismo al que han hecho alusión autores contemporáneos –como el poeta griego Konstantínos Kavafis y el escritor irlandés James Joyce– y en el que bien podríamos encontrar similitudes con el mismísimo Frodo, de El Señor de los Anillos.
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Ulises parte a la guerra de Troya dejando a su esposa, Penélope, y su hogar al cuidado de su joven hijo Telémaco. En su (largo) camino de vuelta, comenzará un desfile de criaturas fantásticas y mitológicas que nos acompañará durante toda la obra.
Empieza enfrentándose al cíclope Polifemo, monstruo de un solo ojo que devora sin pensarlo a quien se ponga en su camino y al que consigue engañar gracias a su astucia. Después vence al insinuante, pero peligroso canto de las sirenas atándose al mástil de su embarcación para no sucumbir. Y desafía a las terribles Escila y Caribdis, monstruos marinos que se asientan a uno y otro lado del estrecho por el que tiene que pasar su nave. Además, también tenemos hechiceras como Circe, quien, mediante una poción mágica, convierte a Ulises y a sus hombres en cerdos.
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Por si fuera poco, todavía hay más tropiezos en el viaje de nuestro héroe. En esta ocasión, de la mano de la bella ninfa Calipso, que lo retiene durante siete años en la isla de Ogigia. Todo esto sin olvidar la ira de los dioses, con Poseidón, dios del mar, al frente. Este se encarga de hacerle el camino de vuelta a Ítaca más difícil todavía a fuerza de oleajes, naufragios y tifones –por cierto, Tifón también es un ser mitológico–.
Posiblemente a estas alturas ya tenemos claro de dónde viene la expresión “vaya odisea”.

El telar de Penélope
Y mientras Ulises lucha por volver a casa, ¿qué está ocurriendo en Ítaca?
Pues que, cuando ya parecía evidente que Odiseo no iba a volver y aprovechando que Telémaco había salido a buscar noticias de su padre, un puñado de pretendientes con intención de ocupar el palacio en su ausencia y aprovecharse de la vulnerabilidad de Penélope ha ocupado la escena. Ni más ni menos que 12 señores –de los 108 interesados inicialmente– se instalan en los aposentos del edificio, comiendo y bebiendo sin descanso esperando a tomar la mano de la mujer. Ella había dicho que elegiría una nueva pareja entre los interesados cuando acabara de tejer un sudario para su supuesto difunto marido.
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Lo que no podían intuir ellos era que Penélope tejía de día, pero deshacía el tejido de noche, confiando en que Ulises regresaría vivo.
Tres años estuvo Penélope tejiendo y destejiendo, hasta que una de las sirvientas descubrió el engaño. El enfado de los pretendientes fue mayúsculo. Le permitieron terminar de hilar el sudario, pero vigilándola día y noche para que no hiciera más trampas. Una vez terminado tendría que elegir nuevo esposo sin dilación.
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El amigo más fiel
En este punto de la obra, Ulises llega a Ítaca. Pero no como rey sino convertido en un mendigo por obra de la diosa Atenea, a la que el héroe había implorado ayuda para recuperar su casa. Es tal la transformación que ni Eumeo, su propio porquerizo, le reconoce.

Pero sí hay alguien que, simplemente viéndole los pies, sabe que ese mendigo es su amo. Y ese es Argos, su perro. Compañero fiel que esperó veinte años (los diez de la guerra de Troya más la década de regreso) a que su dueño regresara antes de morir. Argos le saluda agitando la cola, aunque Ulises sabe que no debe responder al saludo para no desvelar su identidad.
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El héroe es consciente de que no puede presentarse vestido de rey, porque entonces los pretendientes le matarían. Así que decide mantener su apariencia de mendigo e infiltrarse en el palacio para llevar a cabo un ataque sorpresa. Tan solo su hijo, Telémaco, sabe de sus intenciones.
Mientras tanto, Penélope, acosada por los hombres, decide ponerles a examen, exigiéndoles que superen una prueba consistente en tensar el arco de Odiseo y atravesar doce hachas alineadas con una única flecha; el que consiga pasarla será su nuevo esposo. Ninguno de los doce lo logra, pues el arma está forjada únicamente para las manos de su dueño y requiere, además de fuerza bruta, una técnica particular.
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Así pues, en un giro de los acontecimientos, quien sí lo consigue es el mendigo del que llevan un tiempo burlándose, el hombre que en ese momento desvela su verdadera identidad como Ulises, rey de Ítaca. Acaba uno a uno con todos ellos y recupera así su patria, su hogar y su familia después de veinte años de penurias y calamidades.

Para profundizar en la historia que acaba de leer, puede esperar al estreno de la película el verano de 2026. O, mejor aún, puede coger la obra de Homero y descubrir una auténtica novela de aventuras y el origen de muchos de los actuales seres mitológicos que conocemos. Una vez hecho, se preguntará por qué no la ha leído antes.
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* Es profesora de Literatura Antigua y Medieval. Área de Humanidades. Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad Internacional de La Rioja, UNIR - Universidad Internacional de La Rioja.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
Fotos:
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