Nunca busqué a Gardel; más bien, fue un ir y venir entre culturas -la francesa y la argentina- lo que nos terminó uniendo. Ese vaivén, que para muchos puede ser una dualidad incómoda, para mí siempre fue interesante. Desde pequeña, entendí que mi identidad no se definía por una sola pertenencia sino por un entrelazamiento constante entre lenguas, gestos, músicas y recuerdos familiares de ambos lados del océano. Crecer moviéndome entre dos mundos me enseñó a ver la identidad como un territorio en constante construcción. Desde ese lugar, empecé a interesarme por figuras que también habían vivido atravesadas por más de una raíz, y Gardel se volvió inevitable.
Cuando comencé a investigar su historia para un recital, descubrí su recorrido migratorio y su relación afectiva con Francia. Hablar del espectáculo Gardel en París –La conquista del Zorzal– es hablar de una metamorfosis. Comenzó allá por el 2008 con una sucesión de canciones y anécdotas y el disco Lejana Tierra Mía junto al pianista Pablo Fraguela; continuó en el 2015 y 2016 con presentaciones en Buenos Aires y Rosario, además del Honorable Senado de la Nación, y terminó convirtiéndose en una obra híbrida, de fuerte carga poética y emocional, en la que la narración y la música conviven como corrientes que se entrelazan.
¿Por qué elegir París como eje? Porque allí Gardel vivió un punto de inflexión decisivo. En septiembre de 1928 se presenta en el teatro Fémina. La ciudad era entonces uno de los centros culturales más importantes del mundo, un lugar donde se mezclaban artistas, músicos y productores en busca de nuevas propuestas. Para Gardel, actuar allí significaba medirse con un público exigente y, al mismo tiempo, abrir puertas que podían transformar su futuro profesional.
El impacto fue inmediato. Sus presentaciones despertaron un entusiasmo inesperado: el público parisino quedó fascinado por su presencia escénica y por un tango que les resultaba novedoso y atractivo. A partir de ese éxito, Gardel comenzó a establecer vínculos fundamentales para su desarrollo artístico. Entre ellos, el más decisivo fue su encuentro con Alfredo Le Pera, con quien formaría una dupla creativa que marcaría una etapa decisiva en su obra. Juntos construirían letras y canciones que se volverían emblemáticas y que ampliarían aún más el alcance del tango.

En París también se abrió para Gardel el camino del cine. El interés de productores europeos lo llevó a participar en sus primeras películas, experiencia que más tarde continuaría en Estados Unidos. La pantalla lo proyectó más allá de los escenarios y lo volvió un rostro reconocible en distintos países, reforzando su popularidad y transformándolo en una figura internacional.
El éxito obtenido en la capital francesa fue enorme y tuvo un efecto directo en la expansión global del tango. Gracias a la repercusión que logró allí —y a las películas que comenzaron a circular poco después—, el género dejó de ser exclusivamente rioplatense para convertirse en un fenómeno mundial.
Ese período, tan decisivo en la vida del cantor, se volvió un punto de partida para profundizar en su historia. La obra nace del encuentro entre Alejandro Cancela—coautor del guion y director— y yo. Llevábamos años trabajando juntos en el cruce entre técnica vocal e interpretación, una búsqueda que se plasmó en nuestro libro El Cantante Popular y la Interpretación (Melos Ediciones Musicales). Allí desarrollamos lo que llamamos “el decir del cantante”: un modo de abordar la escena desde la emoción despojada, sin artificio, confiando en la potencia del relato verdadero. Esta puesta es, en gran medida, la encarnación escénica de esa metodología: una banqueta, dos atriles y un chal que funciona como objeto poético. Y dos músicos maravillosos: Pedro Cecchi, en guitarra, y Bruno Ludueña, en bandoneón. No necesitamos más. Esa austeridad nos permitió trabajar desde la poética del espacio interior, una idea que encontramos en Gaston Bachelard.

Desde un principio supimos que no queríamos un retrato congelado del cantor. Queríamos vivirlo desde otro ángulo: íntimo, sensible, alejado de la masculinidad mítica que a veces lo cristaliza. En mi cuerpo de mujer, desde mi identidad franco-argentina, encontré una manera distinta de evocarlo: habitan en mí Gardel, su madre, sus amigos, los cronistas de su tiempo y ese mágico París de los años 30.
Una de las cosas más reveladoras en la construcción de la obra fue comprender que Gardel no era solo un ídolo: era un hijo. Un hijo de la inmigración. Nos conmovió profundamente la imagen de su madre, en Toulouse, que decidía partir con su pequeño Charles hacia Buenos Aires. Y entendimos que la tragedia que marcó el final de su vida solo podía leerse a la luz de ese primer viaje. Por eso la obra empieza y termina igual: una madre que se va, y la misma madre que regresa cuando ya ha perdido todo. Ese gesto circular es el corazón emocional del espectáculo.
La música, interpretada en francés y en castellano, traza un puente entre épocas y geografías. Los tangos se mezclan con la chanson francesa y con los paisajes sonoros que Gardel conoció en sus años parisinos.
Lo que más me conmueve cada vez que salgo a escena es el “viaje” del público. Algo se abre, algo se corre. Ya no ven al Zorzal de bronce ni al galán de sonrisa eterna: ven a un ser humano. Quizás esa sea, al final, la verdadera conquista del Zorzal: recordarnos que toda identidad es un viaje interior y ser, sin proponérselo, la memoria afectiva de dos continentes.
* Gardel en París –La conquista del Zorzal se presenta el viernes 28 de noviembre a las 20 hs. en el Teatro Payró (San Martín 766, C.A.B.A.).
[Fotos: prensa Gardel en París]
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