El calendario cósmico y el poema “Song of Myself” de Walt Whitman se combinan de manera inesperada en La vida de Chuck, el nuevo proyecto del cineasta Mike Flanagan basado en la prolífica obra de Stephen King.
Como lo plantea la premisa científica, nuestras vidas son apenas destellos imperceptibles dentro de la vasta línea temporal del universo. Sin embargo, el poema de Whitman sugiere que cada mente alberga un mundo propio, poblado por las personas, los recuerdos y las cicatrices que reunimos a lo largo de nuestra existencia finita. ¿Qué somos si no la suma de nuestras experiencias y nuestra imaginación?
Adaptada por Flanagan a partir de la novela corta publicada por King en 2020, esta reflexión sobre la belleza agridulce de la condición humana se muestra emotiva en su enfoque y precisa en su propósito. Flanagan invita al público a pensar en esos momentos de conexión que resultan significativos y en las pequeñas alegrías que le dan sentido a la vida.

Sin recurrir a lo sentimental, pero sí con un trasfondo sincero, La vida de Chuck alcanza una profundidad vital a partir de una combinación de elementos surrealistas y verdades humanistas. Esta película obtuvo el premio del público en el Festival Internacional de Cine de Toronto el pasado otoño.
Tom Hiddleston interpreta a Charles Krantz, un contador moribundo con una pasión dormida por el baile, aunque no se lo conoce realmente hasta la mitad de las tres “actos” que se despliegan en orden cronológico inverso. Sin embargo, en “Gracias, Chuck”, la primera parte, se observan destellos enigmáticos del personaje mientras se plantea un enigma que se resuelve con el tiempo. Incluso cuando el narrador interpretado por Nick Offerman pregunta en cierto momento “¿Las respuestas harían mejor algo bueno?”, la película no deja demasiados cabos sueltos.
En el primer acto se muestra un escenario de desastre ambiental. Internet, inestable desde hacía meses, parece haber desaparecido definitivamente. Incendios arrasan el Medio Oeste, inundaciones hunden Florida, terremotos sacuden California y un volcán habría entrado en erupción en Alemania.

Mientras tanto, el contador interpretado por Hiddleston aparece en carteles y transmisiones con el mismo mensaje: “¡Charles Krantz: 39 grandes años! ¡Gracias, Chuck!”. Nadie parece reconocerlo ni entender la razón del homenaje. Un funerario carismático (Carl Lumbly) comenta que es el “Oz del apocalipsis”.
Chiwetel Ejiofor encabeza este segmento inicial como un maestro retraído que vuelve a conectar con su exesposa (Karen Gillan), una enfermera en un hospital tan saturado que el personal se autodenomina “Escuadrón Suicida”. Ejiofor y Gillan logran transmitir la carga emocional de esta travesía mientras la música de Newton Brothers acompaña la narración y Flanagan recurre a imágenes fugaces de fantasía.
El segundo acto, “Buskers Forever”, ambientado nueve meses atrás, presenta a Chuck como un hombre amable con esposa e hijo adolescente y un tumor cerebral no detectado. Cuando Chuck pasa junto a un baterista callejero (Taylor Gordon), se despierta en él el deseo de bailar. Al invitar a participar a una transeúnte recién separada (Annalise Basso), el protagonista se entrega al ritmo en una explosión de alegría por vivir.

El modo en que este desvío vital regresa a la desesperanza existencial del comienzo constituye un trayecto abordado en un acto final que conviene no revelar. Centrado en un Chuck más joven —interpretado por Benjamin Pajak a los 10 años y Jacob Tremblay en la adolescencia—, “I Contain Multitudes” aborda el amor, el duelo y el toque sobrenatural, con participaciones destacadas de Mia Sara y un Mark Hamill irreconocible como sus abuelos. A lo largo del film, referencias y conexiones conducen hacia el núcleo emocional de la historia.
Si bien Flanagan es reconocido por explorar el lado oscuro de King —en las adaptaciones de Gerald’s Game y Doctor Sleep, y en una próxima serie basada en Carrie—, La vida de Chuck marca un claro cambio de registro. Al entregar una elegía en la línea de Stand By Me o The Shawshank Redemption, Flanagan demuestra su sintonía con el universo de King en todas sus facetas.
Fuente: The Washington Post
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