La paradoja central de J’accuse – El affaire Dreyfus emerge con fuerza en su desenlace: el protagonista real, Alfred Dreyfus, se diluye hasta convertirse en un símbolo, mientras la mirada de Roman Polanski domina el relato. Esta decisión narrativa, que desplaza al personaje histórico hacia la periferia, convierte la película en una alegoría sobre el propio director, según el análisis de The New York Times.
Así, la obra, que se estrena en Nueva York seis años después de su premiere en Francia y el resto del mundo, no solo revisita uno de los episodios más divisivos de la historia francesa, sino que también reabre el debate sobre la figura de Polanski en el contexto estadounidense.

La llegada de J’accuse a la sala de cine independiente Film Forum marca el primer estreno de una película nueva de Polanski en Estados Unidos desde 2014, cuando se proyectó La piel de Venus. Desde entonces el director polacó, que abandonó el país en 1978 tras declararse culpable de mantener relaciones sexuales ilícitas con una menor, ha sido considerado persona non grata en Estados Unidos. El propio Film Forum acompaña la programación con una nota en la que reconoce el delito y, al mismo tiempo, califica la película como “una representación dramática y bien realizada del caso Dreyfus” y “una contribución importante al papel crucial del cine en la narración histórica”.
La película, escrita por Polanski junto al novelista británico Robert Harris, adapta la novela homónima de este último y opta por un enfoque centrado en los personajes, en particular en el teniente Georges Picquart (interpretado por Jean Dujardin). Picquart, tras asumir la dirección de la agencia de inteligencia del ejército, se convierte en el motor de la investigación que busca demostrar la inocencia de Dreyfus. Aunque el propio Picquart admite que no siente simpatía por los judíos, se presenta como un hombre íntegro que percibe el trato a Dreyfus como una mancha en la institución militar. Dujardin aporta una presencia empática y cercana, en contraste con el Dreyfus de Louis Garrel, que se muestra sombrío y contenido.

El arranque de la película destaca por su fuerza visual: Dreyfus es despojado de su rango militar en una ceremonia de degradación en 1895, en el patio de la École Militaire, bajo la sombra de la Torre Eiffel. Este escenario, cargado de simbolismo, remite a los ideales de la Revolución Francesa —libertad, igualdad, fraternidad—, que en 1791 se extendieron a los judíos franceses, otorgándoles la ciudadanía plena. Sin embargo, la película expone cómo esos principios se ven traicionados en el caso Dreyfus, que es separado de su familia y enviado a la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa, donde permanece como único prisionero y se le prohíbe hablar con los guardias.
Polanski subraya la progresiva exclusión de Dreyfus mediante una serie de planos largos que muestran la isla alejándose hasta desaparecer, una metáfora visual de la deshumanización que recuerda a la que retrató en El pianista.

El caso Dreyfus, cuya magnitud resulta difícil de exagerar, dividió a Francia entre progresistas y reaccionarios y atrajo la atención internacional. La periodista Ida B. Wells observó que los estadounidenses blancos se indignaban pero no por los asesinatos de afroamericanos en su propio país. Theodor Herzl, uno de los fundadores del sionismo, afirmó que el juicio lo llevó a abrazar esa causa. El caso provocó disturbios antisemitas en Francia y en Argelia bajo control francés, y alimentó el antisemitismo del régimen de Vichy durante la Segunda Guerra Mundial. Además, aunque inspiró la célebre defensa de Émile Zola, pudo haberle costado la vida, ya que Zola murió en 1902 en circunstancias misteriosas.
El retrato de Dreyfus en la película se aleja de la imagen heroica y carismática que ofreció el cine de Hollywood en 1937 con The Life of Emile Zola. Aquí, Garrel lo interpreta con una contención que roza la opacidad, desprovisto de simpatía convencional. Esta elección, una de las más audaces de Polanski, transforma a Dreyfus en un mero catalizador de la acción, un hombre reducido a su identidad judía y a su papel en el conflicto. La película, según el análisis de The New York Times, se convierte así en una reflexión sobre la manipulación de la justicia y la construcción de chivos expiatorios, pero también en una declaración personal de su director, quien, a través de la historia, busca reivindicar su propia versión de los hechos.
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