Lucia Wilcox nació en 1899, en una geografía que, como muchos otros episodios de su vida, parece desdibujar los límites de la realidad y el mito. Anotada, según ella, como Lucia Anavi en Philippopolis —la actual Plovdiv, Bulgaria—, de padre libanés y madre francesa, la pintura prefería decir que era de Beirut. Tal vez intuía que el origen, más que un punto fijo, es un estado de ánimo, un territorio inestable del que se parte y al que nunca se regresa del todo.
Desde temprano, su biografía estuvo signada por los desplazamientos. En Beirut conoció al estadounidense Marshall Kabbaz, estudiante en el Syrian Protestant College. El matrimonio duró poco, pero le permitió adquirir nueva ciudadanía y, sobre todo, le dio a Alexander, su único hijo. Pronto, la joven madre y su niño se embarcaron hacia París. Era el año 1921, y la ciudad apenas salía de la guerra, convertida en epicentro de todas las vanguardias artísticas y espirituales. Era el lugar en el mundo para estar si se deseaba ser artista.
En aquellos años de bohemia parisina sobrevivía con oficios textiles mientras frecuentaba el Café de Flore, el Académie Ranson y los talleres de artistas mayores como Fernand Léger o Pablo Picasso y tuvo en André Derain, figura clave del fauvismo, a su mentor y referencia.
La capital francesa la arrojó de lleno al vértigo de la experimentación artística y la llevó también a los márgenes del surrealismo: su matrimonio con el pintor italiano Francesco Cristofanetti selló su entrada en ese círculo, donde comulgó con figuras como Jean Cocteau, Salvador Dalí y la diseñadora Elsa Schiaparelli, de quien se hizo amiga y colaboradora.
Cuando el avance de la guerra volvió la Europa continental un territorio inhóspito, reunió el coraje necesario para migrar una vez más. Gracias al apoyo de los mecenas Gerald y Sara Murphy, ambos habitués de la vida cultural neoyorquina, Lucía cruzó el Atlántico rumbo a Nueva York en 1938.
El desembarco en la ciudad marcó el comienzo de una etapa fecunda y transformadora. Encontró cobijo temporal en la residencia familiar de los Murphy en East Hampton, y luego levantó su propio refugio cerca del mar, en los Hamptons. Allí forjó una comunidad de expatriados que huían de la violencia europea y encontró un espacio propicio para empujar los límites de su pintura.
Convertida en una suerte de matriarca del arte, alternaba la creación plástica con generosos banquetes que fusionaban recetas libanesas y parisinas, y recibía en su mesa a figuras como Maria Motherwell, Dorothea Tanning y Max Ernst.
Los años cuarenta encapsularon la etapa de mayor plenitud e invención en su carrera. Conocida por entonces solo como “Lucia” —nombre que la protegía de los vaivenes de sus tres matrimonios—, pintó con intensidad escenas tan fantásticas como desbordantes de vida y placer: mujeres mitológicas, acróbatas, animales exóticos y bicicletas irrumpen en paisajes saturados de colores brillantes.
De estas obras brotan afinidades con Henri Rousseau, ecos del primitivismo de Matisse y, sobre todo, la huella de Marc Chagall, cuyas visiones folklóricas y circenses también habitaron el exilio neoyorquino.
Entre las piezas emblemáticas de la época figura Jungla (Jungle), una suerte de selva encantada atravesada por un sendero que invita a la travesía onírica, donde gatos-jaguares y tigres angelicales danzan suspendidos en el follaje. En Todas eran una iglesia dentro de sí mismo (Everyone was a Church Within Himself), Lucia imagina una catedral de aire, ocupada solo por mujeres: madres y núbiles, ángeles y músicos, todas libres de la opresión del mito masculino, insinuando una liturgia nueva.
Lucia Wilcox no solo pintó y expuso con regularidad —Sus muestras individuales en la galería Sidney Janis y Leo Castelli fueron celebradas por la crítica, que hablaba de un arte vibrante, fantástico y alegre—, sino que dedicó su vida a trazar puentes entre tradiciones e identidades. Casada más tarde con el artista e inventor Roger Wilcox, la casa que ambos rehabilitaron en Amagansett se convirtió en un nexo crucial entre los surrealistas exiliados y los emergentes expresionistas abstractos estadounidenses, como los De Kooning o Jackson Pollock.
En 1972, la ceguera la golpeó de lleno, pero Lucia declaró, con una lucidez provocadora: “Veo mejor que nadie. He eliminado todos los detalles. Mi mente está libre de estática. No tengo distracciones”. Su obra final fue acogida por Leo Castelli en Soho, consagrándola como la santa laica que iluminaba lo inadvertido, casi una versión terrenal de Santa Lucía, patrona de los ciegos, a quien debe su nombre.
Murió en 1974, cuando la historia, siempre presta al olvido, parecía disponer su aura para la desaparición. Sin embargo, su legado —un repertorio de color, desplazamiento, rebeldía y feminidad celebrada— retorna hoy para ocupar un lugar que se le había negado durante medio siglo en una muestra que recupera su legado.
La galería Berry Campbell, en Nueva York, recupera su figura esquiva en la exposición Lucia Wilcox: LUCIA, en la que se exhiben más de 20 obras realizadas en los años cuarenta, etapa determinante tras su llegada a Estados Unidos.
Son escenas de selvas, mujeres aladas, ciclistas, tigres y acrobacias suspendidas en atmósferas fulgurantes, que invitan a entrar en los pasajes y caminos del universo fantástico de una artista inusual, cuya vitalidad rompe el silencio y se impone a la invisibilidad del tiempo.
Fotos: Galería Berry Campbell
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