
El agua puede traer a la tierra sirenas bisexuales, al menos así lo canta el pop de Chappell Roan en ‘Casual’ (2023), pero también puede arrojar utopías acuáticas no binarias, como las que imagina Yol Segura, quien, entre ‘dildos’ de Sailor Moon y una presa contaminada en México, escribe su novela debut: Vimos casas hundirse.
“¿Cuándo no se nos escapan las utopías de las manos? Y es que echo de menos la idea de futuro, no la de progreso”, plantea Segura, de 35 años, quien fue “sacando recuerdos” de su juventud enraizada en los noventa; época en la que reinaba la música pop y la idea de “progreso”.
La segunda se traducía en obras como la presa Zimapán, construída en el estado mexicano de Querétaro por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el entonces grupo político en el poder.
En realidad, explica, el “progreso” se tradujo en aguas negras e inundaciones de las comunidades, como en la que crece Irene -la voz protagonista-, con el propósito de surtir electricidad a la Ciudad de México.
Utopías de agua
Con la intención de romper con “la promesa de una modernidad” -que no llega- y el “deber ser” -que manipula el cuerpo-, Segura, que se identifica como una “persona no binaria lesbiana”, explora, mediante el lenguaje inclusivo de la ‘x’ y la literatura de la “no persona”, la posibilidad de “descomponer el concepto de humanidad” a través de la idea casi “mágica” del agua.
Porque para que la utopía no se nos escape de las manos, hay que pensarla, y Yol la entrelaza con esa frase de Walter Benjamin (1892-1940): “Quizá las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia”.
“Para mí, esa sería la utopía: el momento en que nos detenemos y decimos: ‘No por ahí no era, nos vamos a descarrilar’. Esa idea de que estamos yendo hacia el vacío, pero todavía podemos frenar”, reflexiona.
Y es que, subraya, “parar” va en contra de lo que entendemos como “progreso”, ese que beneficia solo a pocas personas.

“Si renunciamos a eso podemos construir otra cosa que todavía no alcanzo a ver qué es y, supongo, que nadie o no del todo”, apunta.
Aunque, aclara, hay espacios que nos obligan a ir más “lento y contemplar”, como la literatura, ese arte que detiene la vida de las personas para escribir “500 o más páginas sobre algo”.
Literatura “disidente”
Ese “algo” también puede ser una ‘x’ que congela la mirada del lector, porque una palabra dice ‘nosotrxs’ en lugar de “nosotros”.
“Tengo esta sensación de que la ‘x’ siempre incomoda, como que te obliga a detenerte y decir: ‘Ash, otra vez’. Y creo que esa incomodidad -que cada vez va siendo menor- yo la disfruto, porque para mí tiene que ver con mostrar que hay algo que no está como bien en el sistema”, sentencia.

Entonces, detalla, esa “pausa chiquita” -que se lee casi como “un error”- se vincula con seguir insistiendo en “reconocer las identidades que no están siendo nombradas y borradas”.
En ese sentido, opina que la “tradición literaria más convencional” ha negado ciertos cuerpos e idealizado un tipo de perfección, cuando la realidad es que el “100 % de los cuerpos” distan de ese ideal.
Sin embargo, admite que, en los últimos 20 años con la “irrupción de mujeres y personas disidentes” en el escenario literario, cada vez hay más diversidad de voces.
Ya no se escribe en la “soledad”, comenta, sino a partir de redes, como cuando asistió en 2018 a un taller de la autora argentina Gabriela Cabezón Cámara, quien leyó una versión “muy renacuajo” de ‘Vimos casas hundirse’, ahora publicada por Planeta.
Fuente: EFE. Fotos: EFE/ José Méndez
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