
En 1893, Edvard Munch pintó El grito, una obra que destila la angustia humana de manera tan intensa que, más de un siglo después, se mantiene vigente como símbolo universal de la ansiedad.
La pintura, exhibida en el Museo Nacional de Oslo, ha capturado la atención tanto de especialistas como del público general, consolidándose como un paradigma del tormento existencial.
De acuerdo con National Geographic, la obra ha traspasado barreras, logrando comunicar emociones profundas que todavía conmueven a diferentes generaciones.
El trasfondo personal de Munch

La infancia de Munch estuvo marcada por la muerte y la enfermedad. Las pérdidas familiares dejaron heridas imborrables, traducidas en episodios recurrentes de depresión y ansiedad. El pintor noruego buscó consuelo en el alcohol, complicando aún más su salud emocional y física.
Sin embargo, volcó esta experiencia vital en su producción artística: “En mi arte he intentado explicarme la vida y su sentido”, declaró. Esta reflexión vital fue el impulso para que Munch rompiera con los modelos académicos tradicionales.
Su estadía en París y el contacto con las vanguardias lo orientaron hacia un estilo en el que la emoción era más importante que la forma tradicional. Los colores y las líneas de “El grito” manifiestan esa búsqueda radical, elevando la obra a un emblema de la crisis existencial ante la naturaleza e incertidumbre de la condición humana.
Las variantes de “El grito”

Contrario a la creencia común, Munch creó cuatro versiones de “El grito” entre 1893 y 1910. La original, sobre cartón y única firmada por el artista, permanece en Oslo. Ese año, realizó un boceto en pastel y cera, también sobre cartón.
En 1895, produjo otro boceto al pastel, la única pieza aún en manos privadas; adquirida en 2012 por el inversor Leon Black por aproximadamente 120 millones de euros. En 1910, Munch elaboró una versión más esquemática en témpera y óleo, actualmente en el Museo Munch. Existen, además, alrededor de treinta litografías basadas en la imagen, una de ellas coloreada a mano por el propio artista.
La potencia emocional de “El grito” se apoya en recursos plásticos mínimos: líneas ondulantes en cuerpo, cielo y agua, que generan una atmósfera inquietante y desordenada. Los trazos azules del agua refuerzan la sensación de confusión, mientras que los dos paseantes del fondo destacan por su definición apenas sugerida. Estos personajes han sido vistos como símbolos de indiferencia frente al drama del protagonista.

Munch relató que sintió “un gran grito en toda la naturaleza” durante un atardecer junto a los fiordos de Oslo. La figura principal se cubre los oídos ante un sonido abrumador, más que emitir un propio grito. El color rojo del cielo intensifica la sensación opresiva, contrastando con los tonos azules y verdes del resto de la escena. El rostro, despojado de detalles, refuerza la angustia universal.
“El grito” de 1893 destaca por estar realizado sobre cartón, un soporte poco habitual y frágil, quizás elegido por rapidez o falta de materiales convencionales. Esta condición ha favorecido la aparición de manchas y pérdida de superficie. Análisis recientes han identificado manchas de cera que hacía tiempo se creían excrementos de pájaro, probablemente resultado de una vela.
En tanto, en el cielo, Munch escribió con lápiz la frase “Solo puede haberlo pintado un loco”, mensaje atribuido al autor tras soportar críticas sobre su salud mental. Aunque en un primer momento negó su autoría, finalmente aceptó dejar la inscripción en la pintura. En la parte posterior del cartón original, el artista esbozó un primer acercamiento a la obra, pintado cabeza abajo, que se ha conservado en mejores condiciones por su escasa exposición.
Los secretos del paisaje e interpretaciones del cielo

El paisaje de “El grito” retrata Oslo desde la colina de Ekeberg, mostrando la ciudad y su catedral al fondo, junto a embarcaciones surcando el fiordo. Reducido a líneas elementales, el entorno corresponde de manera fidedigna a esta zona hoy urbanizada.
El célebre cielo ha generado teorías diversas: una alude a los colores anómalos que dejó la erupción del Krakatoa en 1883; otra, elaborada por científicos de Oxford y la Universidad de Londres, sugiere que las nubes nacaradas (un fenómeno que ocurre a -80℃ y grandes alturas) inspiraron el cromatismo de la escena.
La elección de cartón y pigmentos sintéticos ha convertido a “El grito” en una obra especialmente delicada. La versión de 1910 sufre por la degradación del amarillo, que se vuelve blanco debido al sulfuro de cadmio y la exposición a luz o cambios de humedad. Esto obliga a extremar las precauciones para preservar la imagen original.
Impacto cultural y vigencia

Tal como destaca National Geographic, la pintura ha superado su condición artística y se ha transformado en icono cultural, comparable a la Mona Lisa o La joven de la perla.
Se encuentra reproducida en camisetas, tazas y carteles, e inspira desde memes hasta sátiras políticas. Incluso posee un emoji propio, señal de su arraigo en el imaginario colectivo y su capacidad de transmitir sentimientos compartidos a escala global.
“El grito” provoca incomodidad y empatía en quienes lo observan, recordando el poder del arte para expresar los sentimientos más profundos. Su permanencia como icono y su continua presencia en la cultura popular confirman el legado de Munch: un grito silencioso, eterno y sin fronteras capaz de unir a generaciones ante la experiencia universal del desasosiego.
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