
Es curioso que el origen de las ideas más trascendentales para la vida, muchas veces provienen de las situaciones más comunes, simples, e insignificantes. ¿Quién hubiera dicho, que alguna vez con apenas unos escasos 16 o 17 años, revolviendo en la biblioteca de la casa de mi tía, iba encontrar un libro de Ernesto Sábato, titulado Cuentos que me apasionaron?, ¿Y que aquella misma noche se lo pidiera prestado, para no devolverlo jamás, y el último cuento de la serie, fuese: “Noches Blancas”, de Fedor Dostoievski?
Aquel título capturó mi atención de inmediato, porque lo primero que uno quiere averiguar cuando aún no conoce el texto original, es, ¿qué significan esas “noches blancas”? Dado que para quien no sabe de la cultura rusa, lo primero que se intuye es que podría tratarse de un oxímoron, o sea, la combinación en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que juntas originan un nuevo sentido, como, por ejemplo: “oscuridad luminosa”.
Pero la realidad, es que el título de la obra hace alusión a un fenómeno que se da en la ciudad de San Petersburgo durante el solsticio de verano, en que la noche nunca termina de oscurecer del todo, y la ciudad se tiñe de un resplandor blanquecino que la gente vive con gran emoción, son días festivos, de eventos culturales, propicios para el encuentro de los amantes, y del arte.

Por aquellos días de juventud, me sentía profundamente identificado con el personaje del soñador, de hecho, suelo ser una persona solitaria… Fidel Araujo, el actor de la obra, siempre me dice, en tono jocoso, pero con un toque de verdad, que soy medio autista. ¿Quién sabe? Tal vez lo sea en un grado moderado, o sencillamente sólo sea una forma de percibir el mundo. Pero lo concreto es que, de esa identificación, de la riqueza de los textos y de los diálogos, surgió la necesidad de representarla.
Con los años me convertí en actor, luego apareció el director, más tarde el dramaturgo, después el productor; más todas esas facetas que de las que lamentablemente no me puedo evadir, y de allí emergieron las ganas de adaptarla y realizar esta versión sobre esa primera fantasía que tuve al leerla de adolescente. De hecho, la puesta en escena es una clásica noche estrellada con una luna enorme. La misma es una pantalla circular al estilo Pink Floyd, donde se proyectan animaciones creadas en stop motion, bajo la técnica de óleo sobre vidrio, bien a la antigua, como las que pasaban en el programa de Caloi en Su Tinta. En definitiva, en cuanto a las Noches Blancas de San Petersburgo, desde la puesta en escena, no es fiel al original, sí, desde el texto. A Dostoievski, lo respeté… y lo respeto.
No obstante, cuando uno toma una obra literaria y la transmuta a teatro, aparece una nueva autoría, y ahí es donde uno debe hacerse cargo de sus delirios para no distanciarse del verdadero espíritu de la obra, sino reinterpretarlo, yuxtaponer la mirada propia, y crear una nueva lectura que trate de condensar al máximo todo lo que uno percibe de la obra original, para crear una nueva idea. En definitiva, hacer de la obra de otro una obra propia, es una traición que pretende ser autentica, como la verdad del actor, que es en sí una mentira. De eso se trata el arte. De mentir con verdad.

La idea siempre tuvo que ver con contar esta historia como si fuese “un cuento para chicos”, lleno de imágenes, ilustraciones, y recursos plásticos, utilizando ese recurso hasta su punto máximo, sin respetar absolutamente nada de lo que había estudiado como director de teatro, formado en una escuela realista, e ir un poquito más allá, haciendo de estas Noches Blancas, una especie de sueño onírico para el espectador, que por momentos se sienta atrapado como un chico o una chica, pero a quién están contando una historia que solo puede ser para grandes.
No se puede llegar a su verdadera profundidad, sin antes haber cortado una rosa negra, como decía el viejo Hegel, y aunque sea una comedia romántica no tiene ninguna ingenuidad, nos parte el alma al medio. Esta obra tiene que ver con la soledad, con el tiempo que avanza en un lento devenir para cuestionarnos desde lo más profundo de nuestro ser, si realmente alguna vez hemos sido verdaderamente felices, aunque sea por un instante, y ese momento, ser lo suficiente como para llenar una vida.

Ese es el resultado del encuentro personal entre El Soñador y Nastenka, ella lo hace tomar conciencia de una realidad que el se negaba a aceptar, una realidad dura, pesada, y tal vez, hasta un poco vulgar. Pero lo que ella despierta en él, es el deseo de sacrificar hasta lo más profundo de su ser, para aceptar que el verdadero amor radica en la pérdida, y no en la ganancia, en resignar aun a costa de su propia voluntad, a la mujer amada, solo para que ella sea feliz… Y eso es un acto de amor incondicional, que luego lo devolverá a su mundo, para escapar de lo vano y absurdo, pero transformado desde su interior. El Soñador hace un sacrificio, y como producto de esa perdida, nace su verdadero yo.
Considerando las circunstancias actuales, yo creo que es una obra necesaria para salir del estado yoico e individualista que domina a nuestra sociedad. La humanidad jamás se vio tan enajenada como en nuestros tiempos, hay una necesidad constante de negar la soledad, bajo el disfraz atroz de un individualismo hedonista, y nos hemos vuelto incapaces de tolerar un solo momento de vacío, a tal punto, que ya somos indolentes ante la miseria y el sufrimiento del otro, la muerte y el horror de la guerra, la posverdad, y la falta de criterio para cuestionar la realidad, llenando esos huecos abismales con las evasiones que el mismo sistema nos ofrece, disimulando un mundo lleno de odio y de rencores.
Esta obra trata sobre el amor, del amor de verdadero… Fidel Araujo y Susana Giannone, están a cargo de realizar esta tarea, nos enamoran, se aman, y nos destrozan el corazón, en tan solo 55 minutos.
*Noches blancas se pone en escena los viernes a las 23.15 hs. en Timbre 4 (Boedo 640, C.A.B.A.)
[Fotos: Tommy Pashkus prensa]
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