
El realizador argentino habló con Infobae sobre su experiencia al convertir su película Aterrados en novela, sus sensaciones al explorar la literatura, y cómo el terror sigue enfrentando prejuicios pese a su relevancia cultural.
La novela como expansión de un universo oscuro
Publicada por la editorial Minotauro y enriquecida con ilustraciones de la directora de arte de la película Laura Aguerrebehere, Aterrados marca una nueva faceta literaria de Rugna.
Lejos de tratarse de una simple transcripción del guion, la novela funciona como una expansión del mundo presentado en la película: se profundiza en la psicología de los personajes, se amplían escenas y se revelan capas que el lenguaje cinematográfico apenas insinúa. “El libro me dio la posibilidad de explayarme y que el lector me conozca mucho más en profundidad a mí como artista”, comentó el director.
“La historia ya la tenía tatuada. Lo que hice fue desmenuzar detalles, agregar cosas que en el guion quedaban sugeridas. Fue una experiencia completamente distinta.”
A diferencia del cine, donde el montaje, la música y los silencios construyen el clima, en la novela Rugna encontró el desafío de sostener el terror solo con palabras: “El libro es más fuerte que la peli. Porque en el papel estás más solo, no tenés distracciones. Todo ocurre en tu cabeza.”
“Me encantaría estar en sus cabezas. Vivir con ellos la historia desde cero. Es otro tipo de terror, más íntimo, más mental”, remarcó.
Para Rugna, el terror no es solo un género más: es una forma de ver el mundo. Y tanto la literatura como el cine ofrecen maneras diferentes de experimentar esa visión. El director celebra que el terror puede producir tanto repulsión como fascinación, y que más allá de los sustos, es una herramienta potente para hablar de lo humano, de lo social, y de lo espiritual.
“La sangre en la tapa puede intimidar, sí. Pero si te animás, es un viaje. El terror bien hecho es revelador. Nos enfrenta con nuestros límites, con lo que no entendemos, con lo que nos duele”.
Rugna escribió cuatro meses, luego dejó el proyecto un año, y finalmente retomó para terminarlo. “Fueron cuatro meses iniciales, después un año de pausa, y otros cuatro meses más para terminarla. Tranquilamente podrían haber sido tres años”.

El origen de Aterrados: una historia guardada que casi no se cuenta
Hoy puede parecer obvio que Aterrados iba a ser un éxito, pero durante años fue un proyecto trabado, sin financiamiento ni productores interesados. Rugna escribió el guión en sus primeros años como realizador, con entusiasmo pero sin certezas. Sin embargo, la falta de apoyo lo obligó a dejarlo archivado.
“Aterrados fue un proyecto que tuve guardado por años. Aunque fue uno de mis primeros guiones, costó mucho encontrar un productor que lo apoyara”, comentó en una anterior entrevista con Infobae.
Durante ese tiempo, el panorama del cine argentino no era favorable para el género. Rugna incluso llegó a rodar No sabés con quién estás hablando, una parodia al cine de terror, como vía alternativa para canalizar su pasión por lo macabro desde un enfoque más viable comercialmente.
Todo cambió cuando apareció el concurso Blood Window, una iniciativa del INCAA enfocada específicamente en cine de terror, ciencia ficción y fantasía. Fue ahí donde Aterrados encontró su oportunidad.
El estigma histórico del terror: de “género menor” a herramienta expresiva
A lo largo de su carrera, Demian Rugna insistió en desarmar una de las ideas más persistentes en el mundo del cine: la creencia de que el terror es un género menor. Durante décadas, tanto la crítica como ciertos sectores de la industria trataron al horror como un simple entretenimiento comercial, sin explorar su potencial expresivo, emocional y narrativo. Rugna considera que este menosprecio tiene raíces culturales profundas. El terror, por su vínculo con lo macabro, lo grotesco o lo simbólicamente “impuro”, fue relegado a los márgenes del prestigio artístico.
Según el director, esto responde en parte a una falta de comprensión sobre cómo funciona realmente el género. Existe todavía la idea de que hacer una película de terror consiste únicamente en generar sobresaltos, incluir criaturas deformes o jugar con el susto fácil.
Pero para él, el verdadero terror no opera solo sobre lo visible: trabaja en lo invisible, en lo que no se dice, en lo que se insinúa. Es el terror psicológico, existencial, el que realmente perdura y afecta al espectador.
Lejos de ser simple, el género requiere un dominio preciso del lenguaje cinematográfico: el ritmo, los silencios, el fuera de campo, la atmósfera y la sugestión. Y también, una conexión con los miedos más profundos y universales.
Un nuevo protagonismo: el auge del terror latinoamericano
Dentro de este escenario, el cine de terror latinoamericano logró destacarse con una propuesta distinta. Rugna fue protagonista central de ese ascenso, no solo con Aterrados y Cuando acecha la maldad, sino también con su participación en proyectos colectivos como Satanic Hispanics. Estas producciones llamaron la atención del público y la crítica internacional por su enfoque particular: un terror que no copia moldes estadounidenses ni responde a fórmulas previsibles.
Lo que diferencia al horror latino, según Rugna, es su autenticidad. Las historias surgen de contextos reales, de traumas sociales, de mitologías propias y de una crudeza que no busca ser decorativa. Es un cine de terror que incomoda, que no está pulido ni estilizado para agradar. En lugar de adaptar los miedos al mercado global, propone su propia oscuridad, sin concesiones.
Este enfoque captó la atención de festivales como Sitges, Fantasia, Fantastic Fest y Mórbido, donde el trabajo de Rugna fue premiado repetidamente. Pero más allá de los galardones, el verdadero valor del terror latinoamericano reside en su capacidad para representar realidades silenciadas a través del lenguaje del horror.
Así, Demian Rugna no solo representa una nueva generación de cineastas del género. También es una voz que reivindica el terror como una herramienta artística legítima, y al mismo tiempo, como una forma de mirar lo que muchas veces no se quiere ver.
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