
Dos grandes pasiones, escribir y volar, guiaron la vida de Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito. Su mensaje “humanista” sigue de actualidad en el 125° aniversario de su nacimiento, que se cumple este domingo, aunque él, según su familia, vería con disgusto la semejanza entre el mundo de hoy y los años treinta del siglo pasado.
“Estaría muy triste porque vería que hemos vuelto casi a su época, con los mismos problemas. No hemos avanzado mucho y creo que estaría muy triste de verlo”, explica Olivier d’Agay, sobrino nieto de Saint-Exupéry, quien falleció en 1944 mientras piloteaba un avión aliado en la Segunda Guerra Mundial.

D’Agay, director de la sucesión de Saint-Exupéry, cree también que el sentimiento de su tío abuelo sería agridulce al constatar el “éxito increíble” de su Principito del Asteroide B-612, que con sus 640 versiones es el libro más traducido del mundo a excepción de la Biblia. El fervor por su pequeña novela le sorprendería, aventura su sobrino nieto, ya que aunque escribía “para hablarle a la humanidad”, era alguien “muy modesto”. “Estaría muy contento de ver que no trabajó para nada”, resume.
Si bien cada 29 de junio se celebra el Día internacional de El Principito, los sucesores de Saint-Exupéry no han planeado nada concreto para este cumpleaños 125. Vienen de celebrar el 80° aniversario de la publicación de ese icónico relato en inglés (la edición original). El próximo año será su equivalente de la edición francesa.
Pero tampoco hacen falta efemérides para que el escritor esté presente en todo el mundo, ya sea en museos -como el que abrirá en noviembre en la localidad suiza de Soleure con más de 10 mil libros, discos, cintas y documentos de El Principito de la Fundación Jean-Marc Probst-, en el cine, con cintas como Saint-Ex (2024), o en teatros, como en el musical barcelonés de El principito.

La misión de Saint-Exupéry
Saint-Exupéry nació en Lyon, en el seno de una familia de la antigua nobleza, y con tan solo cuatro años perdió a su padre, Jean, un exoficial de caballería que hizo después carrera en la compañía aseguradora de su padre.
Le enseñó a leer su madre, Marie de Saint-Exupéry, quien también lo introdujo desde muy pequeño en la literatura contándole junto a sus cuatro hermanos cuentos e historias de santos antes de dormir. Más tarde descubriría a novelistas como Dostoievski o la poesía de Baudelaire, así como el teatro.
Sus primeras tentativas literarias fueron pequeños poemas que escribió estando aún en el colegio, pero su amor por la literatura discurrirá en paralelo a su otra gran pasión: la aviación. Su bautismo en los cielos, a pesar de no tener el permiso de su madre, le llegaría con tan solo 12 años, al acompañar al piloto Gabriel Wroblewki en una avioneta durante las vacaciones de verano.

Ya en el servicio militar se haría oficialmente piloto y después empezó a transportar correo en los inicios de la aviación comercial. Con base en Buenos Aires, se encargó de organizar las líneas de América del Sur de la compañía francesa transatlántica Aéropostale.
“Era una aventura completamente increíble y la gente podía morir transportando el correo. Era también algo fuera de lo ordinario porque ¿valía la pena verdaderamente asumir tantos riesgos? Sí, para ellos era muy importante. Para él era muy importante porque tenía en el alma la misión de acercar a los hombres, de crear vínculos transportando ese correo”, explica D’Agay.
Como piloto sobrevivió a varios accidentes graves, pero en paralelo tampoco dejó de escribir. Ganó el prestigioso premio Femina por Vuelo nocturno en 1930 y fue en esa década cuando más se dedicó a la escritura, incluido al periodismo, hasta la Segunda Guerra Mundial, en la que sirvió como piloto.

Con la ocupación nazi de Francia se instaló en Nueva York y fue allí donde se publicó por primera vez El principito, el 6 de abril de 1943, de la mano de la editorial Reynal & Hitchcock.
Es una obra “mágica”, define su sobrino nieto, que muestra bien por qué Saint-Exupéry es un clásico: es un libro humanista que resulta aún “muy moderno” porque en él encontramos “muchos de los problemas que seguimos teniendo hoy”, como las guerras, el totalitarismo y el combate por la protección del planeta.
Saint-Exupéry desapareció sobre el mar el 31 de julio de 1944, cerca de Marsella, mientras piloteaba un Lightning P-38 en una misión de reconocimiento. Se recuperó su brazalete y partes de la nave y, según la familia, la hipótesis más probable es que fuera abatido por los alemanes.
Fuente: EFE
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