
Un bodegón del pintor español Francisco de Goya y un retrato inédito de Pablo Picasso oculto bajo sus trazos desde hace más de un siglo se codean con obras artistas impresionistas en una nueva exposición del Instituto de Arte Courtauld de Londres, que abrió sus puertas al público la semana pasada.
La muestra De Goya al Impresionismo presenta una selección de pinturas impresionistas y postimpresionistas provenientes del museo del coleccionista Oscar Reinhart en Winterthur (Suiza) que pueden verse por primera vez en la historia, y hasta el próximo 26 de mayo, fuera del país helvético.
El recorrido inicia con los artistas que precedieron al impresionismo, en concreto con el cuadro ‘Naturaleza muerta con tres filetes de salmón’ (1808-12) de Goya, que con sus marcadas vetas y sus realistas gotas de sangre, se presenta como una contraposición al luminoso estilo pictórico.

Según explica el subdirector del Instituto de Arte Courtauld, Barnaby Wright, esta obra “es la imagen perfecta” para dar comienzo a la exposición porque, para el coleccionista suizo, Goya fue “el verdadero primer artista moderno” e inspiró a artistas posteriores como Cézanne o Manet.
El “inquebrantable realismo” de Goya y su percepción “de lo que una pintura puede realmente hacer para describir la naturaleza y la realidad” era lo realmente inspiracional para los pintores impresionistas, cuenta Wright.
Por eso sorprende ver la pieza del artista aragonés a escasos metros del florido ‘Naturaleza muerta con jarra de loza y frutas’ (1900) pintada por Paul Cézanne un siglo después, aunque el subdirector del Courtauld apunta que lo que realmente une a ambos pintores es su acercamiento al género de los bodegones y cómo lo utilizaban para “comunicar emociones muy profundas”.

También es curiosa la representación de ‘Don Quijote y Sancho Panza’ (1865-70) del pintor Honoré Daumier, que muestra a los míticos personajes de la novela de Miguel de Cervantes con unos trazos difuminados que casi rozan el cubismo.
La muestra ocupa apenas dos salas contiguas, y consiste en una treintena de pinturas, entre las que se encuentran obras de figuras impresionistas como Claude Monet, Henri de Toulouse-Lautrec o Edgar Degas; y postimpresionistas como van Gogh, con dos cuadros de su serie del hospital de Arlés (Francia).
Un tesoro oculto
Aunque, como escribió el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry en El Principito, “lo esencial es invisible a los ojos”, y el gran tesoro de esta exposición apenas se puede percibir a simple vista, porque se encuentra bajo el Retrato de Mateu Fernández de Soto (1901) de Picasso, una de las más emblemáticas de su llamado “periodo Azul”.

Wright explica que, al preparar la exposición, miraron con atención esta pieza de arte, convencidos de que sus “texturas, marcas y algunas pequeñas manchas de color sobre el predominante tono azulado de la pintura final” sugerían que escondía algo bajo la superficie.
La tecnología de rayos X e infrarrojos del Courtauld fue la encargada de revelar de forma clara que el cuadro se creó sobre los trazos de una figura femenina en la que se podía distinguir la forma de la cabeza, el cabello recogido en un moño, los hombros curvados y los dedos.

Aunque, a juicio de Wright, la presencia de esta misteriosa mujer, de la que se desconoce su identidad, “no está solo en las imágenes técnicas, sino que también se puede ver en la pintura superficial si sabes dónde mirar”.
El subdirector del instituto añade que este reciente descubrimiento no solo ayuda a comprender mejor la etapa inicial de Picasso, sino que además aporta más conocimiento de su proceso creativo y de cómo reutilizaba sus lienzos para pintar en este tiempo, algo que puede impulsar a que otros museos e instituciones mundiales escudriñen las obras tempranas del malagueño en busca de más obras ocultas.
Fuente: EFE
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