
En el año 2014, Sofía Wiñazki recibió un mail de su hermana. En el asunto decía: “Quiero escribir un libro que se llame Así duermen los delfines”. “Era una forma de avisarle que si un día iba a escribir ese libro, ella lo iba a tener que pintar”, dice ahora, del otro lado del teléfono, Verónica Wiñazki. A su lado está Sofía. Pasaron diez años de aquel mail. En el medio, de todo: idas, venidas, divagues, hijos, pandemia, estrés, trabajo. Acaba de publicarse por el sello Ralenti. “Es un libro de una particular elegancia —escribió Liniers—. Los dibujos y el texto se deslizan con una fluidez y belleza que pareciera que van nadando. ¿Es un sueño? ¿O los delfines están soñando con nosotros?” En principio, las ilustraciones, que son todas al óleo, nos muestran el fondo del océano. ¿Cómo se vive ahí abajo? ¿Quién vive ahí abajo?
Desde aquel 2014, la idea quedó flotando. Verónica ya era madre, pero Sofía, su hermana menor, todavía no. Y le tocó serlo en pandemia. “Empecé de a poco a hacer unos bocetos, pero no tenía tiempo porque tenía una bebé recién nacida, porque no dormía, porque mi novio era esencial y salía a trabajar y yo estaba todo el día sola sin nadie que la cuide”, cuenta. Es Licenciada en Artes Visuales, artista y docente pero no suele hacer ilustraciones para chicos. Era un mundo nuevo. “Hice pruebas en el iPad, con acuarela, con pasteles, con gouache. Yo le decía a mi hermana: ‘No me sale, no me gusta, no es lo que yo hago. Ya está, no lo hagamos’. Y ella me seguía alentando. También Joana [D´Alessio] y Violeta [Noetinger] de la editorial. Yo les mandaba pruebas, les gustaban, pero a mí no, entonces seguía buscando”.

Un día llegó el ultimátum. “Si lo quieren hacer, el 10 de septiembre lo tienen que entregar y sale a fin de año”. Hija del rigor, y con la pandemia en el espejo retrovisor, Sofía se armó una nueva rutina. “Me encerré en mi taller durante quince días y me puse a pintar con óleo, que no es algo muy común para un libro para chicos porque tiene una textura diferente y además lleva un montón de tiempo de secado. Pero ahí, finalmente, sentí que lo que estaba haciendo tenía que ver con lo que yo hago con mis pinturas, con mi proceso más artístico. Me encerré e hice todas las pinturas de nuevo, que eran quince”, cuenta. En esos días, cada tanto, las llamadas del padre: “No quiere salir de la bañadera”; “volvé que te extraña”. Ella, con la culpa estallada, le explicaba que era unos días y listo. Y listo: terminó.

Verónica, que es psicóloga y desde hace dieciocho años se dedica a la comunicación, tenía este libro en la cabeza hace mucho. “En realidad lo que tenía era la imagen de un delfín con un ojo abierto y otro cerrado abajo del mar. En ese momento hacía once meses que había nacido mi primera hija y yo estaba sin dormir. Buscaba cosas en internet ridículas, como cuánto tiempo puede sobrevivir una persona sin dormir. Y porque además soy hipocondríaca. Y buscando me apareció esa imagen del delfín, porque los delfines duermen así, con un ojo abierto y otro cerrado, porque mantienen la mitad del cerebro despierto, que es el que tiene que mandar la orden para seguir respirando. Si cierran los dos ojos se mueren. Y así también se mantienen alertas”, explica.
“Es un poema para leerle a los chicos antes de dormir”, dice sobre el texto que empieza así: “Los delfines duermen con un ojo / abierto y el otro cerrado. / Se ponen de costado / y el mar / parece plateado. / Cierran un ojo para soñar / y abren el otro para espiar”. Para leerle a los chicos, “y para leerse a uno mismo, a los adultos, en ese momento, que es muy íntimo, muy tierno, y a la vez muy desesperante para los que somos mamás y papás. Yo creo que es una especie de arrorró desesperado. Y las ilustraciones de Sofi transmiten eso: la ternura y también lo profundo, el fondo del mar. Porque vivimos en una mezcla de amor y desesperación porque finalmente se duerman. Es algo muy difícil de explicar para la gente que no tiene hijos: esa sensación de no poder dormir, de que los chicos tarden en dormirse”.

La imagen del delfín con un ojo abierto y otro cerrado es también la de un bebé —o ya no tan bebé— que no se quiere dormir porque quiere seguir despierto, quiere seguir jugando, quiere que el día no se termine nunca, y a la vez porque acecha la noche, la oscuridad, los fantasmas, las pesadillas. Y el libro, de pronto, rompe la vigilia, y empiezan a aparecer otros animales, jirafas, cerdos, y recuerda que “es un sueño, ¡no me olvido!” Con plácidas y coloridas ilustraciones, y unos versos suaves y afectuosos, la historia homenajea solapadamente los intrépidos malabares que tiene que hacer un padre, una madre, un tutor, quien sea, para que esa bendita criatura llena de brío y entusiasmo apague un rato el motor y así el mundo se aquiete, las aguas se templen, arribe el silencio y la vida se pueda renovar un día más.
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