La primera clase del rock argentino que formatea la cultura popular desde hace 60 años, tiene un origen geográfico que determinó, también, algunos de sus intereses estéticos y discursivos. Almendra y Manal se formaron en centros sociales y económicos de la ciudad de Buenos Aires (Belgrano-Nuñez en el caso de la banda de Luis Alberto Spinetta, plenamente beatle en sonido y poesía; el centro bohemio de la Avenida Corrientes y alrededores para el trío de Javier Martínez, con el primer blues porteño que resonaba a tango).
En esa camada, hubo otras dos bandas que publicaron sus primeros discos más o menos al mismo tiempo, en un intenso período de tiempo entre 1969 y 1970, y que también dejaron huella. Arco Iris -donde brillaba un jovencito Gustavo Santaolalla- venía del Oeste del Gran Buenos Aires (Ciudad Jardín, El Palomar) con la onda hippie-comunitaria y folk para sus canciones e ideología. Y Vox Dei, desde el Sur del conurbano (Quilmes), con un tipo de rock duro que sintonizaba con el sentimiento de la clase trabajadora en esos años de agitación social en Argentina, una subcultura hecha de jeans, asfalto y trenes para llegar al centro de la gran ciudad. Ahí estaba Willy Quiroga.

Vox Dei representó esa estética, ese sonido y un mensaje de libertad, con el acento puesto en las pequeñas cosas del barrio. Y un contenido espiritual-religioso presente desde su nombre (Vox Dei, en latín “la voz de Dios”). Willy Quiroga tocaba el bajo y cantaba, Ricardo Soulé brillaba en la guitarra y voz, y Rubén Basoalto era la pared percusiva que sostenía la potencia de ese rock suburbano de pocas sonrisas y mucha actitud. Así se presentó Vox Dei en la incipiente escena del rock argentino de aquellos años fundacionales.
La anécdota de la formación de Vox Dei es ilustrativa al respecto. Quiroga conoció a Soulé en un club de barrio de Berazategui, donde el guitarrista ya se hacía notar por la calidad de su interpretación en guitarra y voz. Para ese tiempo, Quiroga tenía un dúo de lo que entonces se daba en llamar “folclore moderno” (muy de moda en esos momentos): eran Los Chúcaros e interpretaban zambas y chacareras. “Cuando empecé a tocar, todavía no existía el rock”, recordó en una entrevista.
De su formación inicial, como Mach 4 hasta el bautismo definitivo como Vox Dei (por iniciativa de Quiroga), queda el recuerdo de una primera grabación versionando al cantante soul Percy Sledge y el consejo-pedido de Luis Alberto Spinetta luego de un show en el Teatro Payró, para que dejaran de cantar en inglés y pasaran al castellano. Los primeros simples “Azúcar amarga”, “Quiero ser” y “Presente” (un clásico del rock argentino de todos los tiempos) los trajeron al centro de Buenos Aires, a participar del Festival Beat de la Canción y en 1970, a publicar su álbum debut, Caliente, un tratado de rock pleno de búsqueda espiritual y postales suburbanas.

El sonido-Vox Dei era rock y blues en esencia, liso y llano, palo y a la bolsa. Bajo, batería y guitarra, a todo volumen y cantado por hombres de voz grave, pero con el toque lírico que se transmitía en ciertas armonías vocales y una mirada particular del mundo, en plena etapa de utopías y sueños de convivencia pacífica. El siguiente paso, hacer un álbum conceptual y titularlo La Biblia, los hizo notar. El proyecto enfrentó críticas iniciales, pero también contó con el respaldo del Arzobispado argentino, que recomendó a los jóvenes escuchar el disco. La obra marcó un antes y un después para la banda. Todavía suena en la radio.
Willy Quiroga era el bajista de pelo largo y barba negros, con sombrero y lentes, el hombre que mantenía firme la base rítmica junto a Rubén Basoalto. Al costado, Ricardo Soulé a cargo de la guitarra y la voz principal, aportaba el color y la estética del héroe rockero. Juntos, hicieron historia. Hoy, una parte de esa historia parte a la inmortalidad del rock argentino de todos los tiempos.
[Fotos: Carlos Brigo/Télam; archivo personal VAP]
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