
Hace ya tiempo que Florencia Canale visita Europa. Intenta hacerlo todos los años. Desde 2019 convirtió esos viajes de placer en trabajo. Es escritora: escritora de novela histórica y bestseller. En 2019 comenzó a presentar sus libros allá. Acaba de hacerlo en Londres, en el Instituto Sanmartiniano. “Aunque te parezca mentira, hay un Instituto Sanmartiniano en Londres. Imaginate lo importante que es San Martín en el mundo. No es el mismo instituto que hay en Buenos Aires; de cualquier manera San Martín es el héroe que convoca a estos institutos”, dice del otro lado del teléfono. Viajó el 17 de octubre, llegó el 18 y se quedó en la capital británica hasta ayer. Hoy amaneció en París, de allí habla con Infobae Cultura. “No es que se me paga Cancillería, yo me pago mis viajes. Son mis viajes que hago todos los años y me pareció que era pertinente que la historia argentina sea divulgada y comunicada en el mundo, sobre todo en las embajadas y en los consulados”, explica.
La noche del martes 22 de octubre ocurrió el evento. Canale presentó tres novelas —Pasión y traición, Bastarda y El diablo— donde San Martín aparece, a veces como protagonista, otras de forma lateral. La acompañaron Juan Francisco Dávila y Verdin (argentino, miembro del instituto), el agregado cultural de la Embajada Argentina Gonzalo Ortiz de Zárate y la Baronesa Gloria Hooper, que es patrona del instituto, y del cual la propia Canale forma parte. “Con ella nos queremos mucho. Me invitó a tomar el té al Parlamento, ella es miembro de la casa de los Lords. Es una señora que además tiene lazos con Latinoamérica muy profundos. Además es una amiga”, dice y agrega: “A la presentación vino, por supuesto, la comunidad argentina, aunque había algunos ingleses. Me llamó mucho la atención cómo les gusta demostrar que saben hablar en castellano, pidiendo perdón incluso por hablar mal. A mí no me resultaba tan común que se esforzaran por hablar en castellano”.

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Esa noche, y hasta tarde, los fantasmas de José de San Martín, Remedios de Escalada y Manuela Sáenz acecharon en la Embajada Argentina en Inglaterra, entre empanadas y vino. El 29 de octubre, cuenta la autora argentina, irá con estos espíritus a Roma. “Para las personas que viven allí hace tanto tiempo, la literatura argentina es un lazo emocional y nutritivo, una forma de seguir unido a Argentina de algún modo. Además, la historia, al cocinarla con ficción, abre posibilidades menos solemnes y menos aterradoras de acercarse al pasado. Hay mucha gente que por prejuicio dice que no entiende nada de historia, que no entiende, que no puede leer nada de historia. Las novelas permiten ablandar un poco el discurso del ego. Eso es lo que hace la novela histórica y por eso tiene tanta preponderancia y tantos seguidores”, dice Canale, con casi una veintena de libros publicados, consagrada en los rankings de venta como una referente del género.
“Antes de la presentación me fui al Victoria and Albert Museum, que tiene un acervo histórico muy importante. Me llamó la atención la cantidad de varones. Lo digo, sobre todo, porque uno siente que no sucede. Tal vez sea prejuicio mío. Eran varones jóvenes, adolescentes, recorriendo las salas, recorriendo la historia de su país, de su continente, lo que fuere, y no con el colegio, no eran contingentes escolares obligados a recorrer las salas de un museo. Es un museo importante, grande y laberíntico: hay que tener ganas e interés de recorrerlo. ¿Viste que también está el prejuicio de que la novela histórica es un género para chicas, con el que yo me peleo? Eran muchachos jovencitos, no llegaban a los 18 años, recorriendo en grupo y mirando esto y lo otro y comentándose. Y ahí me dije: ‘Entre tanta pavada de inteligencia artificial y ridiculez, hoy el mundo está salvado’. Porque el mundo debe registrar el pasado, sino es la anarquía y la muerte”, sostiene.

Damasita Boedo, Madame Périchon, Bernardo de Monteagudo, Encarnación Ezcurra, Juan Manuel de Rosas, Manuel Belgrano y Camila O’Gorman son algunos de los personajes que Canale retrata en sus libros. “Son espejos en los cuales mirarnos”, dice. “Espejos de una enorme pasión, de mucha vitalidad. Son nuestros orígenes. Hay que buscar allí respuestas. Es en el pasado que uno va a encontrar respuestas; o es en el futuro. Es ahí donde hay que mirar el futuro. Y no en toda esta paparruchada, que lo único que trae es superficialidad y disparate”, agrega en referencia a este extraño presente donde no solo la cultura sufre recortes, también la educación y la salud, y el debate de ideas se reduce a lo que ella llama un “griterío de loros”. “Cada uno puede hacer lo que quiera, y bienvenido sea, pero a mí no me interesa demasiado entrar en la arena pública porque no tengo ganas de discutir con loros a los gritos. No, no me interesa”, sostiene.
“Yo hablo y opino de mis temas; me interesa tantísimo escuchar y nutrirme en diálogos suaves. A mí no me interesa ni el griterío, ni la violencia, ni la disputa. Por supuesto que voy a defender la cultura y la educación porque es lo que a mí me interesa. Claro que sí. Y además soy una consumidora, ¡mirá la palabra que uso!, sí, una consumidora de cultura: voy al cine, voy al teatro, leo. No es que yo hablo y critico y no vi la película de la que está hablando tal o cual. En fin, yo voy a defender siempre a la cultura, porque a todos nos constituye”, dice y, sobre el final de esta conversación, asegura que su apuesta por la literatura es sumamente personal: “Escribo para pelearle a la muerte. Esto lo hago por mí. Es un gesto de vitalismo absoluto. No concibo la vida sin palabras escritas, sin palabras leídas. La palabra para mí es fundamental. Si no hay palabra, no hay vida. Este es mi modo de pelearle a la muerte: escribiendo y leyendo”.
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