
Los libros despiertan la imaginación, apelan a los sentidos, a los sentimientos, hacen pensar. En algún punto, nos hacen libres. Tal vez por ello es que en momentos en los que la libertad está condicionada, los libros y las lecturas son puestos bajo tela de juicio, y considerados peligrosos.
Entonces, “mejor sea” esconderlos, confiscarlos, prohibirlos y hasta quemarlos. El 26 de junio de 1980, la dictadura que gobernaba en la Argentina desde cuatro años antes quemó cerca de 24 toneladas de libros del Centro Editor de América Latina –alrededor de más de 1.300.000 ejemplares– en un galpón de Sarandí, Avellaneda, en la Provincia de Buenos Aires.
Este hecho ocurrido cuarenta y cuatro años atrás es el tema central de una obra de teatro reestrenada en agosto. No se trata de una obra de teatro más, es una pieza original, por el público destinatario –las infancias–, pero también por su tratamiento, por su dramaturgia y puesta en escena.
Con músicos en vivo, que acompañan el ingreso a la sala, el escenario con una escenografía despojada –que sugiere movimientos circenses– capta la atención de chicos y grandes con una pantalla al fondo a la derecha, bultos de libros, unos andamios y unos elásticos. Poco se intuye, si no se conocen los sucesos o si no se ha leído la sinopsis.

La audiencia está expectante y atenta de principio a fin: los cincuenta minutos que dura la obra pasarán volando. La Compañía de Payasos del Matute sabe cómo hacerlo: con humor, emoción y destreza deleitan sin caer en chistes tontos, movimientos ridículos ni groserías, todo lo contrario. Saben dar en el blanco con ternura y una dramaturgia que se sostiene.
Los adultos captarán guiños discursivos en los parlamentos, mientras los niños y las niñas se reirán o enojarán con los personajes. Por medio de juegos actorales, acrobacias y retahílas se mencionarán géneros literarios, libros y autores que fueron prohibidos para introducirnos de a poco en el pasado y hacer memoria.
Con un final que trae un plus de regalo, 24 toneladas, sin intención, como aclaran desde la Compañía, constituye un recurso didáctico para enseñar a no olvidar.
¿Por qué 24 toneladas?
Al finalizar la obra, los actores y las actrices saludan al público, se sacan fotos e invitan a ver algunos de los libros prohibidos que fueron quemados en 1980. Ese compromiso por parte de la Compañía invitó a preguntar cómo y por qué había surgido la idea de crear esta obra.

Mariano Bragan, actor y coautor de la pieza, cuenta que se gestó durante la pandemia, mientras que junto con Paula Sánchez, directora de 24 toneladas, y otros compañeros sostenían un comedor en la escuela donde trabajaban. “Entre cebollas, donaciones y tampers empezamos a escribir esta historia, que había ocurrido a tres cuadras de donde estábamos. Es una historia que vive en el barrio, que los vecinos mayores recuerdan, que nuestros padres nos habían contado. En Avellaneda se suele recordar como efemérides, y descubrimos después que artistas plásticos locales también habían abordado la temática. Nos movía por todos lados, era de nuestro barrio, era uno de los hechos más torpe de la dictadura y fundamentalmente había que contar una de las tantas pequeñas resistencias barriales contra el régimen”.
Desde ese lugar, y convencidos de que el teatro debe contar es que trataron, sin abandonar el humor, de comunicar parte de la historia.
Lo bien que hicieron, y se agradece.
Actúan: Mariano Bragan, Carolina Ghigliazza, Alejandra Robles, Guido Sotomayor, Marcelo Vega, Lucía Viera; músicos: Lara Bragan, Nicolás López; puesta en escena y dirección: Paula Sánchez.
* 24 toneladas: funciones los domingos a las 17 horas, hasta el 29 de septiembre en Beckett Teatro (Guardia Vieja 3556, C.A.B.A.)
[Fotos: Prensa 24 toneladas]
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