
Cuando alguien le sugirió a Gabo Ferro que podía tomar clases de canto con el propósito de encarar un proyecto operístico para el que no se sentía suficientemente capacitado, el docente elegido consideró que el alumno no necesitaba ninguna lección: tenía (producía) su propia voz, la voz que ese cuerpo requería para expresarse de modo certero. Esa soberana singularidad no suponía, sin embargo, el ocultamiento de los ecos de otras voces, las que seguramente Gabo había escuchado con la pasión que lo guió a lo largo de su vida. En su constante búsqueda identitaria, la brújula de su sensibilidad popular y exquisita se fue orientando hacia diversos caminos de la música y sus letras. El camino trazado por el primer rock argentino. Los caminos de Yupanqui y Cafrune. Los de Raphael y Paco Ibáñez. Los de Chavela Vargas y Rufus Wainwright. Y las influencias de tantísimos espectros sin nombre, anónimos, suspendidos en el aire. Todas las cosas que no tienen nombre / vienen a nombrarse en mí, cantó en su último disco, Su reflejo es el lobo del hombre.
En torno a su voz caudalosa y penetrante, Gabo desplegó una constelación de acciones artísticas: autoría, composición, escritura y performance a través de la música. También abordó la investigación histórica desde la bizarra temática de antiguos vampiros nacionales, allí donde dos de sus obsesiones, la sangre y los monstruos, corrían enigmáticamente, acaso pre anunciando futuras pasiones por fuera de la norma. Con este y otros temas –el amor, siempre presente, polimorfo y cautivante–, Gabo fue creando un mundo poético único y diverso al mismo tiempo.
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Parte fundamental de una generación de nuevos cantautores argentinos gestada en torno al cambio de siglo, Gabo fue hijo de una genealogía rockera, pero su gesto parricida –”matemos a nuestros padres”, solía decir, no sin aclarar que hablaba en término figurado– pareció dirigirse también a ese género musical del que provenía desde la época del grupo Porco. Acaso en sintonía con el manifiesto “Asesinato del rock” de Pablo Dacal, el giro acústico que Gabo dio tras su autoexilio de los escenarios lo llevó a explorar otras formas de canción, desde la apasionada juglería a la manera de Jacques Brel hasta –en el capítulo final de su vida– el rescate de las voces femeninas del tango de los años veinte y treinta.
En el arco iridiscente que fue su poética a lo largo del tiempo, encontramos posicionamientos desafiantes, en los que cabían la expresión del deseo (El beso urgente), los dilemas del amor (Cuando el amor no entra), las historias cotidianas de la gente común (La cabeza de la novia cayó sin su velo), las formas reales e imaginarias de la paternidad (Dios me ha pedido un techo) y la interrogación metafísica como sostén filosófico de su arte (La silla de pensar). Tenemos derecho a sospechar que aún no hemos leído sus letras con la debida atención.
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Gabo Ferro fue un creador popular “serio”, pero nutrido en igual medida de alta cultura y cultura camp: había leído a Antonin Artaud (lo revisitó junto al artista interdisciplinario Emilio García Wehbi en Artaud, lengua ∞ madre) y cantó en la ópera del compositor y ensayista Abel Gilbert El astrólogo (un cuadro), al mismo tiempo que reivindicaba al Leonardo Favio cantor y recordaba con amor los sobreagudos con los que Ginamaría Hidalgo perforaba el techo del Luna Park. Lo que en otros podía sonar a pose posmoderna, en Gabo estas afinidades eran honestas, en ellas estaba inscrita su propia biografía. Hijo de familia trabajadora de Mataderos, el intérprete de discos como La primera noche del fantasma y El lapsus del jinete ciego supo dibujar una parábola entrañablemente argentina.

No fue un artista de fusión en el sentido de hacer de cada canción un posible esperanto. Prefería en cambio moverse con libertad por el rasguido folk, el vals criollo o cualquier otra referencia que se le cruzara por el camino, en la medida que con ello pudiera verter los interrogantes que lo acuciaban. Fue, al decir de Martín Graziano, un artista en estado de riesgo, especialmente cuando, a partir de 2010, exploró la colaboración autoral con el escritor Pablo Ramos y más tarde el dueto con Luciana Jury. Gabo se alejó de la idea de que debe cantarse dentro de un estilo popular determinado, como quien debe fidelidad eterna a una familia de sangre.
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Su transgresión –si es que vale este término; no era un provocador en el sentido punk del término– se extendió también a la cuestión de género. “No hay modelo –decía–. Así es el mundo, así es el sujeto contemporáneo. El sujeto ya no se define por lo masculino o lo femenino. Intento incluir en mundo a ese sujeto”.

Lalo Ugarte y Sergio Sánchez han escrito un libro fundamental para entender las decisiones intelectuales y emocionales que hicieron de Gabo Ferro un cantautor clave en el tembladeral social y político de la Argentina contemporánea. Mediante un coro de voces de gente que lo conoció y lo quiso, los biógrafos exploraron todos los recovecos de una personalidad fascinante y en algún sentido desmedida, que se movía siempre por fuera de las expectativas habituales de aquello que, ayer nomás, llamábamos “cultura joven”.
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Sin saltearse ninguna de las estaciones en las que Gabo brilló, Ugarte y Sánchez evitaron caer en eso que Pierre Bourdieu críticamente llamaba “ilusión biográfica”: suponer que una vida responde a un único hilo conductor que, más allá de las peripecias ocasionales, conduce a un destino inexorable. En el caso de Gabo, las secuencias de su vida fueron tan sorprendentes como inconvenientes en relación con lo que la economía política de la música suele aguardar de sus actores.
Este libro, riguroso y emotivo, nos permite conocer en detalle la aventura de un artista insumiso cuya obra, a no dudarlo, no dejará de crecer en importancia con el transcurso de los años.
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[Fotos: Daniel Martínez / gentileza prensa Marea Editorial]
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