
Nadie podrá decirle a Andrea Robin Skinner: “¿Por qué no lo contaste antes?” Aunque nosotros, el gran público, nos hayamos enterado hace unos días de que su padrastro abusó de ella en 1976, cuando ella tenía 9 años, y su madre -la Premio Nobel Alice Munro- se quedó con él.
No podremos decir que no lo dijo justamente porque la chica, tan chiquita, tomó coraje y lo dijo. No a Alice Munro: se ve que no confió en tener éxito. Se lo dijo a Carole Sabiston, que por entonces era la mujer de su padre y con quien ella vivía la mayor parte del año. Carole se lo dijo a Jim Munro. Jim Munro guardó silencio.
“(Mi padre) no quería contarle a mi madre lo que me había pasado”, dice Andrea ahora, según consigna el Toronto Star. “Consideraba que las necesidades de ella eran mayores que las de su hija. Y nunca vino a preguntarme cómo habían sido mis experiencias... ni a hacer un seguimiento después de los veranos”.

Desde hace unos días, cuando esto se hizo público, el nombre de la escritora Alice Munro corre por los medios del mundo y muchos lectores toman distancia. La madre, la madre la abandonó y eligió al agresor. La madre la dejó sola. Y es cierto. Horrible y cierto. Pero permítanme ampliar la foto: la madre supo qué había pasado cuando Andrea tenía 25 años. Y el padre, en el momento. ¿Por qué no actuó? ¿Por qué no la defendió? ¿Por qué la siguió mandando a que se las arreglara sola con un abusador?
Vamos un poquito para atrás.
La historia
Jim y Alice se habían conocido en la Universidad de Western Ontario, donde ella creció, se casaron en 1951 y se mudaron a Vancouver y más tarde a Victoria, donde abrieron una librería, Munro Books, que con el tiempo se volvió un lugar de referencia. Tuvieron cuatro hijas, de las cuales una murió el mismo día en que nació. La menor, Andrea, nació en 1966 y la pareja se divorció en 1973.
Alice, que ya había iniciado una carrera como escritora, contó en entrevistas que se había dedicado a los cuentos cortos simplemente porque antes de los 30 años criaba a dos nenas. Tras el divorcio, acordaron que Andrea viviría con Jim durante el año y con Alice en las vacaciones.

Alice se mudó lejos, de vuelta a Western Ontario, a unos 4000 kilómetros de las casa donde vivía Andrea. En 1976 se casó con Gerald Fremlin, un geógrafo que había conocido en la universidad 20 años antes. En 2004 contó a la prensa que se había enamorado de él la primera vez que lo vio y que sí, era el amor de su vida. Ya había pasado todo y ya se sabía todo, por eso eriza la piel pensar en esas palabras cariñosas y en Andrea leyéndolas en los medios.
Pero vamos despacio.
Lo que sabemos ahora: en la primera visita a su madre desde que se casó con Fremlin, Andrea tuvo que quedarse una noche sola con él y le pidió pasar la noche en la cama de su mamá, que estaba separada de la de Fremlin pero al lado. El Toronto Star, el diario donde ahora Andrea contó su historia al mundo, dice en otro artículo que entonces Fremlin “se metió en la cama con Skinner y empezó a frotarle los genitales y a presionarle la mano sobre el pene mientras Skinner fingía dormir”. En palabras de Andrea, “intentó que le tomara el pene. Sin embargo, mi mano seguía flácida mientras fingía con todas mis fuerzas que estaba dormida”, dice el diario canadiense.

Eso fue lo que la nena se aguantó hasta el fin de la estadía y lo que le contró a su madrastra al volver a casa. Eso fue lo que Carole le dijo a Jim. Eso fue lo que no hizo que Jim se tomara un avión para poner algo en su lugar. Ni nada.
El verano siguiente, le sugirieron a Andrea que no fuera. Pero ella, dice Carole, quería ver a su mamá. Entonces Jim propuso que viajara también Sheila, la hermana mayor de Andrea. Y que intentara que la nena no estuviera sola con Gerald.
Él no volvió a tocarla pero sí a exhibirse y hacerle propuestas. Ella miraba para otro lado y pensaba: “Abuso evitado”.
La adolescencia fue difícil y cuando la chica llegó a los 25 años le escribió esa carta a su madre: “Querida mamá. “Por favor, encuentra un sitio a solas antes de leer esto... Llevo 16 años guardando un terrible secreto, Gerry abusó sexualmente de mí cuando tenía nueve años. He temido toda mi vida que me culpara por lo que pasó”.

Ahora, Andrea dice que no creía que otros pudieran ayudarla. “Cada vez estaba más claro que dependía completamente de mí”, cuenta. Y así fue. Lo sabía la madrastra, el padre y, un poco, la hermana mayor. Luego lo sabía la madre, los jueces que condenaron a Fremlin cuando finalmente ella lo llevó a juicio, el biógrafo de la madre que decidió no incluir el detalle en su libro.
Y nada.
En 2014, después de 51 años de llevar adelante su librería, Jim Munro se retiró y les dejó el negocio a sus empleados, a quienes consideraba parte de la familia. En 2016 murió de repente. “Todo el mundo sabía”, dice ahora Carole, su viuda. Eso es lo que más indigna.
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