
“Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas”. A partir de 1966, esta sentencia de Santa Teresa perseguiría al escritor Truman Capote como una premonición. Tras el éxito de A Sangre Fría –una consagración que era su particular “plegaria atendida”–, el autor estadounidense estaba en el centro del foco mediático, que esperaba expectante su próxima obra.
No obstante, tras seis años dedicados a un proyecto que lo absorbió intelectual y emocionalmente, Capote se hallaba sumido en una “resaca” creativa. Confiando una vez más en que la realidad supera la ficción, se embarcó en un arriesgado proyecto: retratar a la jet-set neoyorquina revelando las confidencias de su círculo social más íntimo, un grupo de adineradas socialités a la que él llamaba “sus cisnes”.
Así se gestó Plegarias atendidas, la única obra póstuma de Truman Capote y la más controvertida. Concebida para sacarlo de su crisis literaria, esta novela inacabada acabaría conduciéndolo a una crisis personal y finalmente, a su muerte. Es lo que retrata la serie Feud: Capote vs. The Swans.
Capote y la verdad como ficción
Plegarias atendidas sería la culminación de toda una carrera dedicada a desdibujar el límite entre la realidad y la ficción. El mismo Capote estuvo atrapado en ese lindar durante años. Había trabado amistad con los criminales reales que protagonizaban A Sangre Fría, Dick y Perry, pero no podía escribir el desenlace de su novela, ni por tanto rematarla, hasta que estos fueran ejecutados. Rezó por la muerte de sus amigos y, tras presenciar, a petición de ellos, su ahorcamiento, pagó sus tumbas. Durante meses, sus manos quedaron paralizadas por la culpa. No podía escribir.
Por sus humildes orígenes, la obra de Capote siempre se había concentrado en los personajes marginales de la sociedad estadounidense. Pero, tras haberse acercado demasiado a esta realidad, en 1966 decidió enfocarse en aquellos cuyas plegarias sí eran atendidas: la clase alta, quienes también lloraban, pues, como quería demostrar Capote, “sin su dinero, estaban igual de perdidos”.

El canto de los “cisnes”
Culto, encantador y divertido, Truman Capote supo aunar su don literario con una efervescente vida social, que incluía a personalidades como Andy Warhol, Frank Sinatra o los Kennedy. Su popularidad, cuya culminación fue en el ahora mítico “Black and White Ball” en el Hotel Plaza, tenía un claro centro de gravedad: sus “cisnes”.
Tras abandonar Alabama por Nueva York en los cuarenta, Capote se fue convirtiendo en el protegido y confidente de un núcleo de socialités de las clases altas neoyorquinas. El selecto grupo estaba compuesto por iconos de estilo, filántropas y esposas de magnates como C. Z. Guest, Slim Keith o Babe Paley.
Capote se reunía con ellas constantemente para compartir su pasión compartida: las historias. Dotado con una memoria prodigiosa para recordar conversaciones enteras, Capote escuchaba las intimidades de sus “cisnes”, les aconsejaba y, a su vez, las entretenía con anécdotas y cotilleos. Pero, al contrario que ellas, Capote no sólo buscaba entretenimiento y comprensión, sino también inspiración literaria.

Ya desde la aparición de Desayuno con Diamantes, en 1958, Capote había comenzado a concebir un retrato no-ficcional sobre la élite neoyorquina. Con este propósito confeccionó, durante una década, un archivo detallado de los secretos que le confiaban sus “cisnes”. Tras finalizar A Sangre Fría, Capote retomó su proyecto en 1966. Durante 1975, dos de los capítulos de Plegarias Atendidas se publicaron en la revista Esquire.
Plegarias Atendidas se desvelaba como una “novela en clave”, es decir, una novela que parecía ser ficción pero narraba la realidad, protagonizada por P. B. Jones, un joven escritor y gigoló bisexual que se codea con la alta sociedad y atesora sus confidencias para escribir su propia obra, de título homónimo a la real: Plegarias Atendidas.
Los fragmentos publicados relataban los encuentros de Jones con sus poderosas amigas, quienes, caricaturizadas como frívolas, le hacían partícipe de infidelidades, fraudes e incluso un asesinato. De nuevo, Capote retrataba el choque entre dos clases sociales irreconciliables. Si P. B. Jones era un evidente alter ego del autor, las demás “claves” de la novela tampoco tardaron en ser desveladas. El segundo capítulo publicado, “La Côte Basque” –nombre del restaurante donde el escritor se reunía con sus “cisnes”–, dejaba claras las identidades reales tras los personajes.
Capote había imaginado Plegarias Atendidas como una pistola apuntando a la jet-set, pero aquel número de Esquire funcionó como una bomba. Las traicionadas “cisnes” se reconocieron en sus caricaturas y acordaron castigar al autor con el más absoluto ostracismo social. Refugiado en California, Capote respondió al escándalo diciendo: “¿Qué se esperaban? Soy escritor”.

El declive de un genio
Pero Capote conocía el riesgo de entrañaba Plegarias Atendidas. En un programa de entrevistas en 1971 ya se refería a la novela como una “póstuma”, asegurando que “o la acabo o ella acabará conmigo”.
Efectivamente, tras el escándalo de Esquire, sus “cisnes” y toda Nueva York lo vetaron. Aislado, el novelista se ocultó tras el personaje público que se había creado: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Pero desde 1975, un declive creativo y personal causado por el rechazo aplacó su genialidad.
De cara al mundo, Capote seguía inmerso en Plegarias Atendidas, pero su creciente alcoholismo le impidió publicarla, y nueve años después, le impidió seguir viviendo. Tras un suicidio progresivo, Capote murió a los 59 años en California. Sus “cisnes” nunca le perdonaron. Antes de su muerte, entregó a una amiga la llave de una caja fuerte que, supuestamente, contenía el manuscrito de Plegarias Atendidas. No le dijo el paradero de la caja, sólo que “la novela se encontrará cuando quiera ser encontrada”, como consta en el prólogo que su editor, Joseph M. Fox, escribió para el libro inacabado.
Cuarenta años después, todavía ignoramos si el manuscrito existe, si Capote continuó trabajando en él o si, asolado por el escándalo, lo destruyó enteramente.
Fuente: The Conversation
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